Los políticos que no amaban el valenciano
Asistimos, impertérritos, a un espectáculo televisado en que se vuelve a hablar de nombres, de símbolos y de banderas, pero eso sí, en castellano, no vaya a ser que en Madrid no se enteren de nuestras batallitas identitarias


Nací un 10 de agosto de 1998 en el hospital Lluís Alcanyís de Xàtiva. Desde antes de tener uso de razón viví en Enguera, donde mis familias paterna y materna se establecieron hace varias generaciones. Pese a que mi madre —maestra de la escuela pública— y mi padre —funcionario en un pueblo valencianoparlante de La Ribera— siempre me transmitieron su amor por el valenciano, hice vida íntegramente en castellano durante los primeros años de mi vida. Fueron los dibujos de Doraemon en Canal 9, la vocación y la paciencia de mis profesoras de valenciano Empar y Mati y las canciones de Al Tall o de Pep Botifarra que sonaban en casa las que despertaron mi fascinación por esta lengua nuestra. Una fascinación que siempre estuvo acompañada, eso sí, de cierta impotencia, ya que no encontraba espacios en los que hablar en valenciano. En aquellos años de insti, me daban mucha pena aquellos compañeros que decidían pedir la exención y repetían cual papagayos aquello de que “el valenciano no sirve para nada”.
Entonces empecé la universidad en Madrid y, por primera vez, me enamoré de una chica valencianoparlante. Casualidades de la vida. Y llegaron mis primeros festivales, mis primeros artículos en valenciano en la revista Mirall, mis primeros grupos de amigos valencianoparlantes y las canciones de La Gossa Sorda que tanto me marcaron. Al poco, también reabrió nuestra radiotelevisión pública À Punt, y yo me alegré enormemente por todos los valencianos y valencianas. Incluso tuve la suerte de participar en alguna de las tertulias jóvenes que organizaron en el programa A la Ventura. Fueron años bonitos, en los que aquella mujer que años atrás salía en la tele enseñando sus camisetas combativas se había convertido en vicepresidenta de la Generalitat, y en los que, por primera vez en mucho tiempo, teníamos un gobierno progresista encabezado por Ximo Puig. Aquellos también fueron años en los que conocí, gracias a la revista que dirigía, a muchos colectivos y a muchas personas que aportaban su granito de arena para dignificar el valenciano. Personas que, como hicieron en su día Sorolla, Estellés o Vicente Blasco Ibáñez, aspiraban con mucha ilusión a engrandecer el nombre de València y llevarlo por todo el mundo con orgullo. Entrevisté a cantantes, escritores, movimientos sociales como el de Salvem el Cabanyal, entidades en defensa del valenciano y a muchas personas que habían dado la cara y alzado su voz cuando todo era más oscuro y difícil.
Casi nueve años después de aquel 2015 en que todo cambió, tenemos un gobierno que no ama ni utiliza el valenciano. Vivimos en una tierra donde funcionarios como mi padre tienen que ser competentes en valenciano, pero tenemos un president que no sabe hablarlo. Asistimos, impertérritos, a un espectáculo televisado en que se vuelve a hablar de nombres, de símbolos y de banderas, pero eso sí, en castellano, no vaya a ser que en Madrid no se enteren de nuestras batallitas identitarias. Cuando al fin parecía que, como sociedad, habíamos avanzado y creado grandes consensos, como la Acadèmia Valenciana de la Llengua (que, para más inri, creó el PP), algunos parecen obstinados en volver a repetir los errores del pasado e inventarse una nueva (y ficticia) batalla de València. Y yo, como castellanoparlante que se enamoró del valenciano, miro apenado a unos políticos quijotescos que ven en el acento de València un gigante al que hacer frente. Y se olvidan de uno de nuestros mayores patrimonios como Pueblo: nuestra lengua. Y no dejo de pensar que, por más que saquen a pasear la senyera, el azul, el amarillo y el rojo parecen haberse difuminado en un gris inexpresivo.
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