La Malvarrosa quiere ser un barrio sin gueto, sin drogas, sin el estigma de las Casitas Rosas

El Ayuntamiento de Valencia, la asociación de vecinos y urbanistas buscan soluciones para regenerar la zona y acabar con el punto de venta y delincuencia de tres bloques degradados desde hace décadas

Las llamadas popularmente Casitas Rosas son unos bloques de viviendas construidas en 1957 por el entonces Ministerio de Vivienda como una solución para las familias que habían perdido sus casas en la riada de ese año. En la imagen, dos personas del barrio atraviesan una de sus calles.
Las llamadas popularmente Casitas Rosas son unos bloques de viviendas construidas en 1957 por el entonces Ministerio de Vivienda como una solución para las familias que habían perdido sus casas en la riada de ese año. En la imagen, dos personas del barrio atraviesan una de sus calles.Mònica Torres

La Malvarrosa de Valencia, un barrio con 14.000 vecinos, es mucho más que las Casitas Rosas, uno de los puntos mas calientes de compra-venta de droga de la ciudad, que enturbia desde hace décadas la convivencia de este enclave marinero, continuación del mejorado Cabanyal-Canyamelar, y donde el siglo pasado se establecieron andaluces, extremeños y castellano-manchegos en busca de trabajo y una vida mejor. El contraste entre su fachada marítima, con una playa urbana envidiable, el museo dedicado al escritor y político Vicente Blasco Ibáñez, y adosados y chalés remozados a solo unos metros del paseo marítimo, y las calles del interior es brutal.

Los vecinos defienden con ahínco que el barrio no son las Casitas Rosas para no estigmatizar más la Malva, como se conoce popularmente, fuera de sus límites. Las Casitas Rosas estaban formadas originariamente por cuatro bloques de viviendas, erigidos tras la riada de 1957 para albergar a los que perdieron todo por el desbordamiento del Turia. Se derribó un bloque, pero siguió siendo un gueto. Cuando cae la tarde se convierte en un lugar de trapicheo de drogas, donde los toxicómanos se pinchan en cualquier rincón, sin importarles si es a las puertas de un colegio, en un parque infantil o en los portales de los edificios. Alrededor hay suciedad, en ocasiones reyertas y música a todo volumen hasta la madrugada, haciendo imposible la convivencia con el resto de vecinos.

En Noruega, la exitosa novela de Rafa Lahuerta sobre Valencia, las casitas son el lugar donde la gente iba en los 80 a pillar droga. “Esto no se ha erradicado nunca. Es una zona tan degradada que degrada todos los alrededores. Ha sido un caballo de batalla al que ningún equipo de gobierno se ha atrevido a meter mano. Y sabemos que es un trabajo complicado, eso lo reconocemos todos, pero hay que hacer algo”. apunta Esther Concepción, presidenta de la asociación vecinal Amics de la Malva, heredera de las entidades vecinales que en octubre de 1991 salieron a la calle a manifestarse contra la droga, hartos ya del problema.

La Malvarrosa tiene “la parte golosa de la playa”, subraya la dirigente vecinal, pero luego es un barrio periférico donde históricamente los sucesivos gobiernos municipales no han invertido en el interior lo que sí han destinado a la fachada marítima. Es un enclave con muchos descampados, donde a menudo se acumula la suciedad, faltan zonas verdes, no hay carriles bici, y es el único o de los pocos barrios de Valencia que carecen de una biblioteca pública. “Son pequeñas cosas pero si las unes todas, al final el barrio se degrada cada vez más”, añade Concepción. Un informe del Síndic de Greuges reconoció en 2021 los años de inacción pública en el barrio y lo declaró en situación de vulnerabilidad.

El Gobierno local y, en concreto, la Concejalía de Urbanismo, al frente de la cual está la socialista Sandra Gómez, esbozó en 2021 un plan integral de actuación para regenerar la Malvarrosa y que la asociación vecinal opinase, pero la actuación sobre las Casitas Rosas iba aparte. Los vecinos replicaron que no habría solución integral si no se incluían medidas de choque contra los polémicos bloques de pisos. Urbanismo encargó al Observatorio 3R, de ámbito estatal y especializado en regeneración urbana, un plan de actuación en estas manzanas degradadas. “Nos pidieron conocer qué habían hecho otros sitios con problemas similares en España y que les diéramos una primera receta. Es como una primera consulta al especialista”, explica Juan Rubio del Val, director de 3R y arquitecto-urbanista con más de 30 años de experiencia en la sociedad pública de vivienda de Zaragoza.

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El Observatorio organizó una jornada de escucha con los vecinos de la Malvarrosa donde se expusieron las luces y las sombras de intervenciones en otras capitales españolas. El arquitecto catalán Sebastià Jornet expuso el caso del barrio de La Mina, en Sant Adrià del Bessós, que fue galardonada con el Premio nacional de Urbanismo. Pero también salieron los casos de Santa Adela, en Granada, o El Puche en Almería. Las recetas son variadas, ad hoc, y plantean desde el derribo de infraviviendas, a más rehabilitación, o la creación de nuevos espacios de centralidad donde todos los vecinos se reconozcan. “Buscamos una solución ambiciosa que cierre una herida abierta desde hace mucho tiempo”, reconoció en la jornada la vicealcaldesa ante una amplia representación vecinal.

Descampado donde presuntamente se instalará la nueva biblioteca del barrio.
Descampado donde presuntamente se instalará la nueva biblioteca del barrio.Mònica Torres

“Hablar de problemas en la Malvarrosa sería una exageración porque no hay asuntos graves en el barrio, hay un problema perfectamente localizado en unos bloques con 400 viviendas”, según Rubio. Este experto propone, en primer lugar, hacer un análisis sociológico de los residentes, el uso que se hace de las viviendas, si son de propiedad o de alquiler, y un estudio técnico de cómo están los edificios “porque, aparentemente están bien, pero no conocemos sus condiciones de habitabilidad”, señala el arquitecto.

Rubio plantea la posibilidad de un convenio entre el Ayuntamiento de Valencia y la Generalitat para declarar ese área de especial vulnerabilidad. También la creación de una oficina de rehabilitación, de una comisión mixta entre el Ayuntamiento y las entidades vecinales, o la constitución de una mancomunidad de propietarios de las Casitas Rosas, donde se estima que menos del 10% de los residentes se dedican al trapicheo de drogas. “Es el conjunto del barrio el que tiene que revitalizarse. Porque haríamos muy poco si en uno o dos años pudiéramos arreglar el problema de los bloques pero el resto del barrio no fortalece algunas de sus debilidades: mejorar la calidad de los espacios públicos o priorizar ejes peatonales que favorezcan la actividad comercial”, pone de ejemplo el urbanista. Ese plan inicial encargado por Urbanismo estará listo en unas semanas.

Los vecinos de este marinero barrio con solera tienen sobre la mesa muchas promesas: parques, plazas, una biblioteca pública o la conexión con la avenida de Tarongers, al lado del antiguo hospital de Valencia al mar, hoy propiedad de la Generalitat. Uno de los descampados que siempre se inunda —todavía hay un gran charco de agua después del último episodio de lluvias— debía ser una plaza desde hace décadas, cuenta la asociación. Hoy es un gran solar que sirve de aparcamiento a los coches pero Urbanismo se ha comprometido a reurbanizarlo este mandato. Elena, Manola y Vicent, tres vecinos del barrio, hacen repaso y concluyen que la única inversión reciente se ha hecho en la plaza de Músico Moreno Gans, que se urbanizó “en el primer mandato progresista”, explican, y fue porque se ganó en los presupuestos participativos. La Malvarrosa necesita inversión urbanística, sanitaria, social y educativa porque policía hay mucha pero no puede solucionar todos los problemas de convivencia, opinan.

Mientras se discute la mejora inaplazable de la Malvarrosa, la plaza de las Casitas Rosas —surgida de la demolición de uno de los bloques— apenas tiene movimiento a mediodía. Es pronto y los trapicheos empiezan a partir de las seis o siete de la tarde y se prolongan hasta la madrugada. Las Casitas Rosas no es el único problema del barrio pero sí el más acuciante. Elena muestra la plaza de Hugo Zárate, en recuerdo de un histórico del movimiento vecinal, y apunta que se ha abierto para evitar que los toxicómanos se refugien en lo que todavía es un solar para pincharse. “Recibimos todo lo malo y migajas de lo bueno”, se lamentan. Manola imagina un barrio amable, con relaciones de aprecio, estima y solidaridad y vecindad: “Donde dispongamos de recursos públicos y servicios adecuados y suficientes”. “Siempre hemos sido un barrio acogedor”, añade Vicent, “y queremos que se mantenga de esa manera, y se frene la especulación de la vivienda y la proliferación de pisos turísticos”.

El contraste entre su fachada marítima y las calles del interior es notable. En la imagen, una vista de la Malvarrosa desde la azotea de uno de los edificios de la calle Cavite.
El contraste entre su fachada marítima y las calles del interior es notable. En la imagen, una vista de la Malvarrosa desde la azotea de uno de los edificios de la calle Cavite.Mònica Torres

La presidenta de Amics insiste en que no quieren que se derriben todos los bloques y ya está. “Si la conclusión del estudio es esa, pues será, pero habrá que darle una respuesta al resto de personas que viven normalizadamente en las casitas. Tampoco queremos que ahora derrumben una finca, hagan otra y vuelvan los fondos buitre a especular con las viviendas del barrio, porque disparan los precios y expulsan a los residentes de siempre”.

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Sobre la firma

Cristina Vázquez

Periodista del diario EL PAÍS en la Comunitat Valenciana. Se ha ocupado a lo largo de su carrera profesional de la cobertura de información económica, política y local y el grueso de su trayectoria está ligada a EL PAÍS. Antes trabajó en la Agencia Efe y ha colaborado con otros medios de comunicación como RNE o la televisión valenciana À Punt.

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