FERIA DE CASTELLÓN

Mucho ruido y escasas nueces

Noble corrida de la casa Matilla, no del todo aprovechada

Ponce, en su faena de Castellón.
Ponce, en su faena de Castellón.MATEO/TAUROIMAGEN

Fácil, con recursos de veterano, Ponce lidió al primero con la facilidad que dan los años. El toro, sin clase pero obediente, no opuso resistencia alguna. La faena fue vistosa, variada, sin obligar a un toro que, a su aire y encogido, colaboró en todo momento. Toros así, para Ponce, son pan comido…aunque demasiado blando. El cuarto duró lo que Ponce quiso, y quiso que la faena fuera de metraje largo. A placer, a pleno rendimiento, hasta descarado, Ponce se lo montó a su gusto. De trabajo tan largo, la disposición fue notable mientras que los muletazos salían a borbotones. El toro, noble y obediente sin condiciones, fue exprimido por un Ponce insaciable. Un dato: hasta cuatro vueltas le dio la banda a “Concha flamenca” durante la faena. Ahí queda eso.

En medio de un batiburrillo de pases, una serie al natural, casi al principio de faena, sobresalió entre tanta acumulación. Fue el momento de lucidez de un Fandi que atendió y entendió a su primer y buen toro a su manera. Con su conocida soltura con el capote, su solvencia demostrada en banderillas, con la muleta amontonó pases y gestos hacia la galería. Harto ya de estar harto, el buen toro sacó su lado oscuro y se fue en busca de las tablas, en terrenos de toriles, mientras El Fandi seguía en su tenaz y estéril empeño. La oreja concedida fue regalo de la casa y no muy bien acogida por el personal. En el quinto, otro animalito que no ofreció resistencia, todo lo contrario, El Fandi se superó a sí mismo. El tercio de banderillas y la faena fueron un calco del toro anterior, solo que en esta ocasión no hubo un solo momento de lucidez. Sin estructura, con un planteamiento sobre la marcha, la cosa acabó siendo como un relato sin argumento.

Una hermosa estampa la del tercero: colorado ojo de perdiz y bien armado. Y un buen toro, que dio juego hasta que también giró grupas hacia los adentros cuando la faena de Ureña estaba clausurada. El murciano, fiel siempre a su estilo y concepto, se entregó desde el racimo de lances de a pies juntos, hasta sus ya clásicos y expresivos naturales a compás abierto. La faena siempre tuvo sentido y sensibilidad, con un toro que tomaba la muleta con celo y se rendía sometido a la mano baja de Ureña. Lástima de espada, que no funcionó como debía. También fue larga la faena de Ureña al hermoso sexto. De ataque frontal, de mano baja, pero no siempre saldada a favor del torero. A la distancia corta, el toro se entregaba, a le media distancia le costaba más e incluso en algún trance llegó a protestar. En cualquier caso, Ureña vació el depósito de la voluntad y hasta se permitió el lujo de encontrarse a gusto por momentos. La espada, otra vez, no fue su aliada.

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