Un espejo en el Ártico
Es el marco europeo el que ofrece mayor protección a los derechos de los inuits, incluso los que más les acercan a una futura independencia


Siempre ha funcionado el síndrome del espejo. La búsqueda de modelos en los que inspirarse es una constante en el catalanismo. Es larga la lista de modelos, mimetizados con resultados desiguales. Al final, todos se remiten a uno solo, de improbable encaje en nuestro caso, como es la implosión de un imperio, normalmente como resultado de una guerra, caliente como las dos grandes guerras europeas, o fría, como la que terminó con la desaparición de la Unión Soviética.
Ahora la disrupción trumpista pretende trastocar la ecuación. Se trata de que una pequeña nación como Dinamarca otorgue la independencia a una enorme región insular como Groenlandia, para que sus 50.000 habitantes, debidamente convencidos o comprados, decidan a su vez entregar la soberanía a Estados Unidos. Trump se acoge al derecho del más fuerte, la arcaica ley imperial por excelencia, disfrazada del derecho a la autodeterminación que tienen reconocidos los groenlandeses, ejercido doblemente, para separarse primero y luego para rendirse ante Washington.
Si prospera, incluida la compraventa, se tratará de una desvergonzada conquista imperial, que desposeerá de derechos en vez de reconocerlos y permitir su ejercicio. Los groenlandeses perderían la soberanía sobre su tierra, recursos minerales y marítimos e incluso sobre la preservación de su lengua, costumbres y relación con la naturaleza, además del derecho a la salud y a la enseñanza que tienen mejor garantizados de lo que pudieran estar en Estados Unidos. Ninguna compra o indemnización podría compensar una pérdida que tiene como punto final la asimilación y desaparición del pueblo inuit, y así lo han denunciado sus representantes políticos.
No hay originalidad en las peligrosas ocurrencias de Trump. Es parte de la vieja historia colonial. Ha sucedido hasta épocas muy recientes, tal como ha contado Philip Sands en su libro ‘La última colonia’, sobre el pleito alrededor de la isla de Diego García. Cedida por Reino Unido en 1973 a Estados Unidos, allí está radicada la mayor base aeronaval del Índico, construida tras la expulsión sin explicaciones ni consultas de sus 1.500 habitantes. No es casualidad que sea precisamente ahora cuando Trump ha reprochado a Londres el reconocimiento de la soberanía de la isla a la república de Mauricio, aunque pasarán 99 años antes de que la base se clausure y la devolución sea efectiva.
También la perversión neoimperial de Trump es un espejo en el que mirarse desde Cataluña. Hace solo una década contábamos con un secesionismo ultraliberal que quería separarnos de España para convertirnos en un Singapur del Mediterráneo. En un sueño húmedo y delirante algunos llegaron a imaginar la adhesión a Estados Unidos tras la secesión, exactamente el plan de Trump para hacerse con Groenlandia. Del conflicto sobre esta isla ártica y gracias a la Constitución de Dinamarca, miembro de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica, se deduce bien claramente que es el marco europeo el que ofrece mayor protección a los derechos de los inuits, incluso los que más les acercan a una futura independencia.
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