primavera sound
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Cuando se vaya el Primavera Sound

Un macroevento deslocalizado en el que hay más turistas que autóctonos es cada vez más extemporáneo

Público en el concierto de The Strokes, en el Primavera Sound de Barcelona. Foto: ALEJANDRO GARCíA (EFE) | Vídeo: EPV

En el pasado sentí algo parecido a euforia gracias al Primavera Sound, de modo que, aunque este año no iba, recuerdo la punzada cuando se supo lo de la doble sede con Madrid. Después empezaron a circular las declaraciones del director, Gaby Ruiz, un tipo siniestro que con cada intervención chantajeaba más torpemente a la ciudad. Luego han venido los fracasos organizativos, la guirización desbocada, y una sensación de difuminado por culpa de la repetición en dos fines de semana. Hoy no queda ni rastro del entusiasmo pesado que otras veces había convertido a los fans del Primavera en insoportables. Del miedo por perder el festival, poca cosa.

La mística vagamente contracultural que envolvía al Primavera Sound se ha ido agotando con los años, conjuntamente con la forma de ver el mundo que representaba. Musicalmente, la idea original era encontrar la dulce intersección entre el mainstream y el cultureta, eso que en un tiempo sintomáticamente lejano llamamos hipster. Políticamente, era una oda al maragallismo tardío, la Barcelona que se pone guapa, las clases creativas del 22@ y el progresismo lavando la cara a la economía de mercado. De tan cosmopolita y desarraigado, a nadie le extrañó que el acontecimiento migrara del Poble Espanyol al Fòrum de les Cultures.

Los mileniales y la socialdemocracia se encuentran hoy en la bancarrota cultural, vistos como cacharros de una época equivocada, a dos telediarios que un joven (de los de verdad) diga “OK, millenial”. De entrada, las nuevas generaciones prefieren el appeal de la extrema derecha o la extrema izquierda, ideologías fuertes que prometen victorias donde el liberalismo del centro ha fracasado. Por otro lado, la retórica del postureo y la acumulación de experiencias auténticas va totalmente a la baja. El sentir contemporáneo consiste en comisariar identidades digitales mucho más holgadas y discretas, cuya palabra fetiche es “normal”.

Y después está la cuestión del carbono en la atmósfera. En 2017, Coldplay anunció que dejarían de hacer giras (el último tour se había saldado con 122 conciertos distribuidos por los cinco continentes) y, en la noche de los American Music Awards que la consagraron, Billy Eilish, el icono musical de la Generación Z, llevaba una camiseta donde se leía “No music on a dead planet”. Nadie quiere condenar a los festivales a la hoguera ecológica, pero un macroevento deslocalizado en el que hay más turistas que autóctonos es cada vez más extemporáneo.

Ahora que la decadencia es evidente y se puede casi vislumbrar el fin, podemos compararlo todo con el mayor festival de todos los tiempos. Si el summer of love de Woodstock ha quedado en la memoria es porque fue un ritual en el que el utopismo político de los años sesenta encontró su esplendor. El Primavera Sound nunca despertará una nostalgia semejante porque es el producto de una época pospolítica en la que la cultura se rindió a una visión absurdamente neoliberal. Si lo típico de Woodstock es que mucha gente que no fue mienta diciendo que sí, con el Primavera Sound pasará al revés.


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