Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Menores migrantes: el gobierno del miedo

Muchos países son incapaces de asumir la emergencia humanitaria y delegan en Estados autoritarios fronterizos que, a cambio de dinero, dejan vía libre a mafias explotadoras que tratan sin piedad a los débiles

Migrantes haitianos cruzan el lunes el río Grande, en Texas, camino de México.
Migrantes haitianos cruzan el lunes el río Grande, en Texas, camino de México.Félix Márquez (AP)

El pasado jueves la columna de salida de la portada de EL PAÍS estaba encabezada por un titular que decía: “Marlaska se impone a Escrivá y para la reforma de extranjería”. Y en las páginas interiores, una información —que daba pie al editorial— explicaba que “Texas había enviado vehículos policiales a la frontera para crear un muro de acero frente a los migrantes”. Son dos ejemplos de la cruel realidad de las migraciones que generalmente sólo son noticia cuando el nivel de las atrocidades en esta guerra contra los parias —los perdedores de los conflictos políticos, económicos, sociales y raciales de este mundo— adquiere tal dimensión que rompen el silencio que impone la impotencia de los Estados para atender el destino de los que buscan migrar para sobrevivir a la miseria, a la guerra, al desprecio y al odio.

La expectativa de la llegada de Biden a la presidencia de los Estados Unidos va camino directo a la frustración

La hipocresía de los gobernantes, siempre con el miedo al qué dirán, escudándose en el patético discurso de la cuestión de oportunidad (Félix Bolaños), favorece la criminalización de la inmigración, con la que la extrema derecha y parte de la derecha pretenden atraer a la ciudadanía. El hecho es que los gobiernos de nuestros países, más allá de algunas buenas palabras, son incapaces de asumir la emergencia humanitaria y delegan hipócritamente en Estados autoritarios fronterizos que, a cambio de dinero, dejan vía libre a las mafias explotadoras y tratan a los más débiles sin piedad. Nadie es capaz de cambiar el ritmo de las cosas, y la expectativa de la llegada de Biden a la presidencia de los Estados Unidos, después de que Trump hiciera de la carga al migrante su principal bandera, va camino directo a la frustración.

El contraste entre las dos noticias es a la vez interesante y desolador. Interesante porque la primera de ellas se refiere a una idea integradora emanada de una parte del Gobierno español para encauzar la vida de unos niños sin amparo que al llegar a los 18 años son condenados a la intemperie sin reconocimiento legal alguno. Es decir, la voluntad de avanzar poco a poco por la vía de la resolución de cuestiones concretas en un problema global para el que es evidente que no hay soluciones mágicas y que nos recuerda que por mucho que fantaseemos “la humanidad que no está constituida como tal” (Edgar Morin). Lo cual no justifica el uso que hacen, no sólo los extremistas sino también gobernantes con apariencia de respetables, de la suerte de estas personas como chivo expiatorio de las miserias de nuestras sociedades.

La suma de acciones concretas es imprescindible para ir construyendo una manera distinta de afrontar el problema. Y este es el valor y el sentido de buscar vías que favorezcan la suerte de los menores que llegan a nuestras costas y a nuestras calles, que es el terreno en que se sitúa la iniciativa que ahora mismo divide al gobierno español: dar papeles a los jóvenes, como base para encuadrar su futuro, y facilitar una integración educativa y laboral. Es triste que se tenga que llegar a la conclusión de que ni siquiera un gobierno progresista de un país que no se puede considerar desbordado por la inmigración se pueda poner de acuerdo para conseguir avances reales que rescaten a estos jóvenes a los que se niega rumbo. Según datos de Eurostat, el número de demandantes de asilo en Europa entre 2014 y 2020 fue de un 1,1% de la población. El 0,7% en el caso español. ¿De verdad justifica el desdén de unos y el odio de otros?

El número de demandantes de asilo en Europa entre 2014 y 2020 fue de un 1,1% de la población. En España, un 0,7%

Y no perdamos de vista el desolador horizonte al que lleva el desatino. En los Estados Unidos, el rechazo a la inmigración (sobre la textura de un racismo profundamente instalado y presente de manera recurrente en los conflictos constitutivos de aquella nación) es tema permanente en la confrontación política. El republicanismo ha hecho bandera de ella con el convencimiento de que es un arma irrenunciable de su éxito y el partido demócrata no osa presentar batalla, temeroso de que le pase factura a la hora de ir a las urnas. Y así el gobernador de Texas, desatado, va a por los inmigrantes sin miramientos, convencido de que si Biden cayera en la trampa de desafiarle sería el primer gran triunfo republicano después de la caída de Trump.

Si ni siquiera un gesto como el que propone Escrivá es asumible, ¿qué esperanzas puede haber de poner coto a este fracaso moral de la humanidad que es el empeño en dejar a los que migran en la desesperación a su suerte, mientras mafias y poderes autoritarios se consolidan a su costa?

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