Opinión
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Esperando en el campo base independentista

La consolidación de un voto netamente independentista a partir de 2012 no ha hecho más que reforzar la idea de que el estado no es la consecución de una aspiración, sino algo que corresponde a Cataluña

Acto de la ANC de la Diada de 2020 en la plaza Letamendi de Barcelona.
Acto de la ANC de la Diada de 2020 en la plaza Letamendi de Barcelona.

Estado español, estamos dando un mensaje a nuestros electos, a los diputados independentistas, que tienen un reto muy complejo, y somos conscientes, que es culminar el proceso de independencia”. La presidenta de la Assemblea Nacional Catalana (ANC), Elisenda Paluzie, anunciaba así el sábado en Europa Press el objeto de la movilización del próximo 11 de setiembre, día nacional de Cataluña.

Cualquiera que no se mantenga al corriente de la política catalana o no haya sido testigo de lo ocurrido en el último lustro podría pensar que el independentismo está en el campo base, pertrechado con su equipo alpino, a la espera que mejoren las condiciones meteorológicas para alcanzar la cima. El “estado propio”, se entiende.

Los diputados secesionistas saben que no están en condiciones de culminar un estado propio

Incluso los apelados, los diputados independentistas, al escuchar a Paluzie deben pensar que si supiesen cómo “culminar el proceso” ya lo habrían hecho. Sin oxígeno, si fuese menester. En realidad saben que, hoy por hoy, ni están en el campo base, ni con posibilidades de lanzar un ataque a la cima. ¿Y entonces qué motiva las declaraciones de la presidenta de la ANC? ¿En qué tradición se incardinan?

Desde la aparición del catalanismo político a finales del siglo XIX y, en particular, desde la asunción que Cataluña era una nación con la teorización de Enric Prat de la Riba, el nacionalismo catalán asumió que le correspondía encuadrarse en un estado —independiente, federado o confederado—. Una parte del catalanismo lo vivió como una aspiración política, mientras otro segmento —difícil de calibrar numéricamente— lo asumió como una interpretación teleológica: sería así.

Por ejemplo, si Cataluña es una nación con unas características diferenciales ¿por qué no se convirtió en estado después de la Primera Guerra Mundial como otras naciones europeas?, preguntó este segmento del catalanismo. Si asume que tiene un marcador, la lengua, que distingue la nación incluso más que Irlanda de Inglaterra, ¿por qué no consiguió el Estado mientras los irlandeses se separaban del Reino Unido?

Una parte del catalanismo se pregunta: “¿por qué Cataluña no se independizó tras la Primera Guerra Mundial?”

Bajo el régimen franquista, en la etapa final de la Segunda Guerra Mundial, no era fácil hacerse las mismas preguntas, pero una vez recobrada la democracia sí. Entonces, ¿si Cataluña era incluso más nación que las repúblicas bálticas porqué no conseguía cuajar un estado como ellas? Y si, echando una ojeada a los libros de historia, Cataluña tenía más pedigrí que Quebec, ¿por qué no lograba tan siquiera que se planteara la posibilidad de optar a negociar convertirse en Estado?

La última pregunta se ha hecho con respecto a Escocia y, en los próximos meses, se volverá a hacer. Si somos una nación y no un invento dependiente del petróleo del mar del Norte, ¿porqué no somos capaces de certificar que queremos un Estado? A cada nueva oleada de aparición de estados o de opciones de crearlos, el catalanismo ha planteado una pregunta y ha obtenido una respuesta de frustración.

Entre estos estadios se han intercalado picos de exaltación que han proyectado en el movimiento la sensación que, por fin, había llegado el momento de realizar aquello que su propio discurso finalista anunciaba: la campaña autonomista de 1919, la proclamación de la República catalana de 1931, la del Estado Catalán de 1934, la de la Cataluña cuasi-estado de 1936/37, la de 2017… y a todos ellos ha seguido un período de desconcierto.

El destino teleológico decanta el discurso catalanista hacia aquello que debería corresponder a Cataluña por el hecho de considerarla nación y ciega la mirada a su alrededor para tratar de entender las limitaciones que impone su propia composición identitaria, política, económica y social. La consolidación de un voto netamente independentista a partir de 2012 no ha hecho más que reforzar la idea de que el estado no es la consecución de una aspiración, sino algo que corresponde a Cataluña.

Es por eso que una parte del independentismo se ve en el campo base, a la espera de culminar aquello que el nacionalismo catalán asumió que un día le depararía la historia. Es esta perspectiva la que da sentido a las declaraciones de Paluzie. No hace falta indagar en los motivos internos catalanes que frustran los ataques a la cima. Como otros territorios antes, el turno de Cataluña llegará. Está escrito. Lo demás no importa.

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