Los enigmáticos meteoritos de Herzog cierran un Kosmopolis estelar

La fiesta literaria del CCCB, centrada en la ciencia-ficción, convoca a más de 6.200 personas y 1.700 visualizaciones

Werner Herzog, en la pantalla, dialoga con el vulcanólogo Clive Oppenheimer, en el marco del festival Kosmopolis, del CCCB, sobre el documental 'Fireball: Visitors from Darker Worlds'.
Werner Herzog, en la pantalla, dialoga con el vulcanólogo Clive Oppenheimer, en el marco del festival Kosmopolis, del CCCB, sobre el documental 'Fireball: Visitors from Darker Worlds'.miquel taverna

En una danza ancestral, los indígenas del Yucatán se pasan bolas de fuego, quizá representación, aunque ellos no estaban, del meteorito que hace unos 65 millones de años impactó ahí y generó el cráter de Chicxulub, una de las más grandes cicatrices de la Tierra. Con ese enigma y esas bolas rojas saltarinas en la noche arranca Fireball: Visitors from Darker Worlds, el documental con el que Werner Herzog alimentará su fama de cineasta excéntrico y un punto megalómano: persigue en casi hora y media el rastro y pregunta sobre posibles significados de los cuerpos celestes desplomados en el planeta. “No sabemos qué vendrá del futuro”, afirmó ayer tras el pase de su documental con el que Kosmopolis, el festival literario del Centro de Cultura Contemporáneo de Barcelona (CCCB), cerró una espectacular convocatoria basada en la ciencia-ficción. Y lo hizo con cifras nada despreciables para ser la primera parcialmente presencial tras la pandemia: más de 6.200 personas, la mitad de una convocatoria AdC (antes de la Covid) y 1.700 visualizaciones por Internet.

Desde Los Ángeles, en escorzo y “bajo ciertos efectos del jet-lag”, como reconoció, el cineasta dialogó, moderado por la crítica cinematográfica Vileta Kovacsis, con el vulcanólogo Clive Oppenheimer (éste sí en Barcelona), el particular presentador del documental. Herzog pone la dirección y su voz profunda en el off para un viaje que tiene algo de la obsesión (y la fascinación) innata que ya reflejan las tramas de Fitzcarraldo y de Aguirre o la cólera de Dios. “Siempre he tenido la capacidad de maravillarme, desde niño”, dijo ayer a preguntas de un auditorio compuesto por 190 personas. “Uno de mis primeros recuerdos de infancia es mi madre arrancándonos de la cama y diciéndonos: ‘Mirad la ciudad, está en llamas’. Estábamos al final de la Segunda Guerra Mundial. Desde lejos, veíamos unos tonos amarillos, naranjas y rojos... Hay un peligro que me interesa y que es bonito... Mi curiosidad empezó allí: están hablando con la misma persona de cuando tenía dos años y medio”, dijo quien hoy cuenta 78.

De uno a otro confín, Herzog y Oppenheimer buscan todo rastro posible. En Oslo, por ejemplo, hablan con Jon Larsen, que captura micrometeoritos con un imán en la azotea de un gigantesco complejo deportivo y que luego estudia aumentándolos 3.800 veces. Tiene 2.500 distintos. “No son partículas industriales”, se defiende. Y hace bien en matizarlo porque , aunque los entrevistados no pueden oírle, Herzog pespuntea la narración con cierta ironía y distancia (”a pesar de ser quienes son, se toman la ciencia seriamente”, dice, por ejemplo, cuando entrevistan en el parque Castel Gandolfo, residencia del Papa, al jesuita de uno de los observatorios más importantes del mundo, con una colección de más de un millar de fragmentos de meteoritos).

Lo hace también Herzog para quitar tensión ante los enigmas y los resquemores que genera el tema, como cuando visitan el telescopio Maui, en Hawai, donde cada noche una pareja de especialistas hacen guardia para vigilar que un meteorito no pueda sorprender a la Humanidad. De detectarse uno, “quizá no sería necesario destruirlo como vemos en las películas sino sólo tocarlo ligeramente para empujarle y hacerle cambiar de dirección”, apunta la experta de la Coordinación de Defensa Planetaria de la NASA.

Aspecto del festival Kosmopolis, en el CCCB, durante la intervención telemática de cineasta Werner Herzog.
Aspecto del festival Kosmopolis, en el CCCB, durante la intervención telemática de cineasta Werner Herzog.MIQUEL TAVERNA (CCCB)

El peregrinaje (India, Francia, Irán, una isla entre Nueva Zelanda y Australia donde, con rituales, los viejos indígenas hacen viajar las almas de los muertos a nuevas vidas a través de las estelas de los cometas...), llegan a la Antártida, la zona donde más caen de todo el planeta. Puro azar, durante su estancia Oppenheimer acabará encontrando el fragmento de meteorito más grande de la temporada.

“Todos somos polvo de estrellas”, concluye una científica sobre el posible origen de la vida en la Tierra a partir de un meteorito. En la única vez que interviene Herzog en la grabación, suelta desde detrás de la cámara: “Yo no, yo soy bavarés”. Genio galáctico.

Sobre la firma

Carles Geli

Es periodista de la sección de Cultura en Barcelona, especializado en el sector editorial. Coordina el suplemento ‘Quadern’ del diario. Es coautor de los libros ‘Las tres vidas de Destino’, ‘Mirador, la Catalunya impossible’ y ‘El mundo según Manuel Vázquez Montalbán’. Profesor de periodismo, trabajó en ‘Diari de Barcelona’ y ‘El Periódico’.

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