Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Educación en la clase política catalana

Entre los actuales 135 diputados del Parlament asombra la magra presencia de oficios como carpinteros, albañiles, transportistas, policías o camareras. También la falta de profesiones científicas o tecnológicas

Un pleno del Parlament el pasado junio.
Un pleno del Parlament el pasado junio.Job Vermeulen

En la clase política de este país, por su educación formal, la mayor parte de los 135 diputados del nuevo Parlament se parecen muchísimo entre ellos: abogados, economistas, graduados en Administración de Empresas, profesores, periodistas, sociólogos, historiadores, filólogos, gentes de bachillerato social. Muchos menos provienen de profesiones científicas o tecnológicas y muy pocos, de los oficios, de la empresa o del comercio.

Asombra la magra presencia de los oficios: no he sabido ver a carpinteros, albañiles, transportistas, camareras, dependientes, cocineros, tintoreras, policías, bomberos, instaladores, reponedores, vendedoras, cajeras, o pintores. La indiferencia política ante los asaltos a los escaparates urbanos y los saqueos de los comercios del centro tiene mucho de gente que nunca ha trabajado en ellos.

Hay deportistas: Núria Picas i Albets, campeona de la Copa del Mundo Ultra Trail World Tour de 2015. O actores: Francesc Ten i Costa, filólogo, es actor profesional, como lo fue la alcaldesa Ada Colau. Nunca entendí por qué tantos estirados criticaban al presidente de los EE UU Ronald Reagan por haber sido actor y sindicalista.

Unos cuantos diputados son médicos o graduados en Biología. Creo que solo hay un físico —el diputado y alcalde de Ripoll, Jordi Munell i Garcia—, una matemática —Eulàlia Reguant Cura— y una química —Sílvia Paneque i Sureda—. Las ciencias duras están pobremente representadas en la Cámara catalana. Habrá media docena de ingenieros de distintas especialidades y otros tantos arquitectos y aparejadores. Y algún empresario.

<Entre los alcaldes de las diez primeras ciudades catalanas por población (Barcelona, L’Hospitalet de Llobregat, Terrassa, Badalona, Sabadell, Lleida, Tarragona, Mataró, Santa Coloma de Gramenet y Reus), los perfiles son parecidos a los de los diputados; hay profesionales muy destacados, como David Bote Paz, de Mataró, doctor en Físicas, y Carles Pellicer i Punyed, de Reus, comerciante. Los alcaldes y alcaldesas lucen por su educación informal, pues suelen ser más cercanos a la gente que los diputados o otros cargos políticos.

Entre los sindicalistas catalanes, Javier Pacheco, de CCOO, trabaja en automoción —en Nissan, desde siempre— y Camil Ros i Duran, de UGT, es administrativo. Ya lo he dicho, la sindical es una tradición más que respetable: Kjell Stefan Löfsen, primer ministro de Suecia, es soldador.

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Los perfiles educativos de los políticos son parecidos en casi todos los países desarrollados. En Estados Unidos, la quinta parte de los congresistas y senadores han trabajado en educación, como yo, y hay casi el doble de abogados que de empresarios y comerciantes. Hay muchos servidores públicos y, desde luego, docenas de alcaldes de pequeñas ciudades, antiguos gobernadores de Estados, agentes y funcionarios.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, es un enarca de libro (École Nationale d’Administration, una escuela de élite creada por De Gaulle en 1945). Macron, al igual que el primer ministro italiano, Mario Draghi, son exalumnos de los jesuitas. En Alemania, la gran Angela Merkel es doctora en Físicas y Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, es médica. Pero Harry Truman, el presidente de Estados Unidos entre 1945 y 1952, que definió la política mundial de dos generaciones, no era graduado universitario. Ni falta que le hizo. Como tampoco al honesto primer ministro británico John Major (1990-1997).

Hay críticos feroces de la meritocracia. Recientemente, el filósofo de Harvard Michael Sandel, en su libro La tiranía de la meritocracia, sostiene que el mérito retroalimenta privilegios de cuna, que es una coartada de los poderosos. Es verdad en buena medida, pero aquí hay una confusión: el mérito no son los títulos, para nada, sino el oficio dominado, 20 años de buen desempeño me valen más que dos grados universitarios, antes una panadera o un conductor de autobús que un sociólogo, o un jurista de entrada: en el horno, compras euro y medio de pan y te dan bien el cambio y de buen humor. Siempre.

Para acercar la educación informal de la clase política a las cálidas maneras de quienes nos atienden cada día, un viejo sueño es limitar la duración de los mandatos políticos, pero bastaría con abrir y desbloquear las listas electorales, que nos dejaran escoger a quiénes nos van a servir. No albergo muchas esperanzas: aprobar una ley electoral que eliminara la circunscripción electoral provincial —el soberanismo catalán adora las cuatro provincias— y que abriera y desbloqueara las listas electorales es una aspiración antigua de muchos reformistas de verdad. Son los cambios de fondo. Pero exigen mucha educación. Insistan.


Pablo Salvador Coderch es catedrático emérito de Derecho Civil de la Universitat Pompeu Fabra.

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