Opinión
i

Esconderse en la luz

Pienso en ese gesto tan habitual y tan violento de presumir tranquilamente de ser un sexista, un racista o un chulo piscinas barato. La admisión pública, lejos de ser un demérito, es un signo de valor

Donald Trump con Jair Bolsonaro en Washington.
Donald Trump con Jair Bolsonaro en Washington.Carlos Barria / Reuters

Antes de ser el creador de Breaking Bad, Vince Gilligan trabajó en una de las series icónicas de los noventa, The X-Files [Expediente X en España], en calidad de productor, guionista i director ocasional. Uno de les mejores episodios que escribió, “Folie à Deux [locura de dos]”, cuenta la historia de Gary Lambert, un teleoperador que se extingue poco a poco en una franquicia de impresión de vinilos, y que ha descubierto que su jefe, el señor Pincus, es en realidad un monstruo insectoide capaz de convertir a los humanos en zombies. Dejando de lado la alegoría evidente (la cultura corporativa norteamericana consume la vida de sus asalariados), lo que me pareció una genialidad de Gilligan es plantear que el monstruo, en palabras de Lambert, “se esconde en la luz” y que, para revelar su naturaleza auténtica, o bien se lo confronta a oscuras o bien uno tiene que “saber donde mirar”. Esta segunda parte (la que confía en la posibilidad de delatar el monstruo) ha envejecido muy mal; la primera, en cambio, me parece vigentísima.

Para los que entramos en la adolescencia en los noventa, la ficción conspiranoia fue una de las estructuras narrativas que tuvieron impactos afectivo-ideológicos más importantes. El planteamiento de The X-Files es, en este sentido, ejemplar: contra versión oficial del FBI (sus casos resueltos, su confianza en la ciencia y la deducción, etc.), Chris Carter opone el montón de archivos que guardan en un sótano y que recogen los casos irresolubles —a menudo, por irrupción de lo paranormal. Sólo hace falta la asignación de un tipo lo suficientemente listo y paranoico (Mulder) para que, de toda esa morralla, surja la evidencia de otro relato, de una realidad secreta, que la oficialidad trabaja activamente (y violentamente) para silenciar. Esta es la dialéctica (relato fuerte hegemónico versus relato fuerte antihegemónico) que servía de motor de la serie entera y que se apoyaba en una de sus confianzas tácitas, muy noventera también: la convicción que exponer el relato secreto (la conspiración alienígena, en este caso, y la existencia de lo paranormal) desbancaria el relato hegemónico y conduciría a algún tipo de revolución o de liberación. Hace tiempo que esta convicción se ha vuelto insostenible.

¿Hay alguien que todavía cree que descubrir una verdad vergonzosa de un poderoso pone en peligro su ejercicio del poder? Me dirán que depende, y tendrán razón, pero sólo en parte. Será que no hemos descubierto verdades vergonzosas, negligencias, tramas de corrupción, malversaciones, mentiras flagrantes, engaños orquestados, abusos escandalosos de poder y deformaciones obtusas de la ley inimaginables incluso para escritores de thrillers de abogados. Incluso hemos descubierto por dónde anda el emérito y, más allá de una ola de indignación tuitera, la cosa parece que se quedará en esto: en rabia de sobremesa virtual. Quizás tenga que ver con estos tiempos nuestros, en los que la mancha moral no se esconde, sino que se saca a pasear. Aznars, Berlusconis, Trumps, Bolsonaros, Abascals: todos ellos exhiben lo que, en otro momento, quizás huberian corrido a esconder. Sloterdijk llamaba a este descaro “el imperio de la razón cínica”, una razón que desactiva la respuesta irónica en la que confían los x-files por ingenua. También podemos llamar-lo, en honor al señor Pincus, “esconderse en la luz”. Pienso en ese gesto tan habitual y tan violento de presumir tranquilamente de ser un sexista, un racista o un chulo piscinas barato. La admisión pública, lejos de ser un demérito, ha pasado a ser un signo de valor, la marca de una honestidad radical. Al menos, dicen algunos, el tipo va de cara. Y puede que sea sincero, pero esta sinceridad lo es respecto de una morralla moral. Esta autoexposición voluntaria, además, desactiva la promesa de la exposición crítica del otro, del resistente. Descubrimos el sexismo, o el interés de clase que se esconde bajo un universal, y el descubierto nos mira y nos responde “Sí, ¿y qué?”. Y todavía hay quien aplaude su coraje. Es verdaderamente deprimente.

En “Folie à Deux”, Gilligan planteaba dos salidas: o bien la violencia (Gary Lambert conseguía un AK-47 y secuestraba la oficina entera para obligar al monstruo a mostrarse delante de todos), cosa que no terminaba de salirle bien; o “aprender a mirar”, lo que en el capítulo de Gilligan tenia que ver con estar dispuesto a ver. Y con la oscuridad, claro. La pregunta que me pesa, y que Gilligan no responde, es qué hacer una vez hemos visto que el monstruo es monstruo: cómo apagar las luces a todos los que las utilizan para blindar su miseria moral, exponiéndola.

Borja Bagunyà es escritor y profesor de la Universidad de Barcelona.