sucesos

Hallan en una vivienda de Salou a una pareja de ancianos que llevaban meses muertos

Apenas se trataban con los vecinos, que solo sospecharon por las bocanadas de hedor que salían del apartamento

El balcón de la casa de las víctimas, en Salou.
El balcón de la casa de las víctimas, en Salou.Josep Lluís Sellart

En una estrecha calle cerca del campo de fútbol de Salou vivían Paco y Lourdes. Él tenía 76 años, cinco menos contaba la mujer. Sus vecinos hacía tiempo que no se los encontraban dando el habitual paseo por el barrio y, ni siquiera, los veían asomarse por la terraza que hay en la entrada de su apartamento. Este jueves por la tarde los bomberos entraron a la fuerza en la vivienda y hallaron dos cadáveres en avanzado estado de descomposición. Llevaban meses muertos pero nadie había alertado de que les echaba en falta. Solo las bocanadas de hedor que salían del apartamento motivaron una llamada de los vecinos al ayuntamiento.

Pablo y su mujer, Ana, viven en Irún y veranean en Salou desde hace más de 30 años. Su terraza está pegada a la de Paco y Lourdes. La cercanía que ahora les embota la nariz de un intenso y desagradable olor, jamás propició una relación vecinal fluida. Apenas intercambiaban un saludo formal si coincidían en la escalera. “Eran muy ermitaños, muy suyos”, dicen. Se veían de año en año y jamás mantuvieron con ellos una llamada telefónica. Paco y Lourdes eran los únicos inquilinos del bloque de apartamentos que vivían ahí todo el año pero ningún vecino los llamaba, ni siquiera para conocer qué daños había provocado en la finca una tormenta o para tratar otros asuntos relacionados con la comunidad. “Es que no tenían telefóno”, cuenta Maite, hermana de Ana, que veranea en la planta baja del mismo edificio.

Ese aislamiento, ya fuera resignado o voluntario, se apunta como la causa de que nadie durante meses echara en falta al matrimonio. A la vuelta de la esquina del apartamento hay una panadería. “Los conocía de verlos andar por la calle, pero aquí no venían a comprar y no les veía relacionarse con nadie”, cuenta la tendera. Paco había trabajado de barrendero y, desde que se jubiló, paseaba con su mujer por las mismas calles que antes se había pateado escoba en mano. Hace unos meses Lourdes sufrió una lesión de cadera y los paseos del matrimonio —se les veía frecuentar la ruta hasta la antigua estación de tren— quedaron interrumpidos.

Eva, una vecina de Lleida que tiene un balcón justo enfrente de donde hallaron al matrimonio fallecido, cuenta: “A él lo vi una o dos semanas antes de que declarasen el estado de alarma”. Recuerda bien la fecha del 14 de marzo porque fue el día que firmó la escritura del apartamento. Antes de formalizar la compra viajó desde Lleida a Salou para dar el último vistazo a la vivienda y disipar dudas. “Lo recuerdo como un señor delgado que estuvo todo el día entrando y saliendo, hablé un poco con él, pero yo no vi a ninguna señora, pensaba que vivía solo”, dice Eva.

La autopsia deberá esclarecer las causas de la muerte pero, de entrada, los Mossos no apreciaron indicios evidentes de criminalidad. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, incluso estaba echada la reja metálica que protege la puerta principal. Los bomberos tuvieron que entrar por una ventana trasera. Dentro, ni rastro de animales domésticos. Habían tenido perros y gatos, recuerdan los vecinos, pero ya no.

Hasta el descubrimiento, este jueves, de los dos cadáveres, las vaharadas de olor pestilente eran ocasionales, pero tras sacar a los dos cuerpos e inspeccionar la vivienda, la policía dejó las ventanas abiertas. “He llamado al Ayuntamiento para preguntar si se van a hacer cargo de desinfectar y limpiar”, cuenta con pocas esperanzas Patricia. Ella, hija de Pablo y Ana, realizó la llamada que posibilitó descubrir las dos muertes. La extrañeza por no tener noticia de la pareja de ancianos y las, entonces ocasionales, ráfagas de olor desagradable, la impulsaron a llamar. “Contacté con los servicios sociales, porque pensé que tal vez podrían estar en una residencia”, dice. Desde que se realizó la llamada hasta la llegada de los bomberos apenas pasó el rato de preparar la comida y sentarse a la mesa. Los hechos se precipitaron.

“Nos vamos ya para casa, esto no se puede aguantar”, manifiesta Pablo. La familia ha acortado más de una semana sus vacaciones en Salou por las inconveniencias olfativas que sufre. “No podemos ni salir a la terraza, y este año ya nos hemos pasado bastante tiempo encerrados”, cuenta. Alude al confinamiento, el encierro doméstico del que Lourdes y Paco jamás salieron.

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