Opinión
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Déjennos guardar el luto en paz

Algunos líderes políticos y sus portavoces utilizan a los fallecidos a causa del virus para ganar puntos en sus objetivos políticos, sea la independencia o el Gobierno del Estado

Entierro en la intimidad de una anciana fallecida por coronavirus en El Prat de Llobregat.
Entierro en la intimidad de una anciana fallecida por coronavirus en El Prat de Llobregat.Albert Garcia

Llevo semanas dando pésames por teléfono o Whatsapp a gente a la que me hubiera gustado abrazar; a los amigos que no pudieron estar junto a sus padres mientras estos morían y que han tenido que enterrarlos o incinerarlos a toda prisa. Sin funeral, sin música preferida, sin flores. Más de 20.000 españoles han muerto ya a causa del virus. Muchos de nuestros mayores han fallecido en residencias y ha sido imposible despedirlos como merecían. Los ancianos que resisten han sabido de la peor manera que son los últimos de la fila en el protocolo hospitalario catalán. A las escenas de abandono y dolor ahora se acompaña el triste espectáculo político del “nosotros lo hubiéramos hecho mejor”. Algunos líderes y sus portavoces utilizan a los muertos para ganar puntos en sus objetivos políticos, sea la independencia o el Gobierno del Estado.

Mientras se moría, consciente de ello, a mi padre le gustaba que me acercara a su cama de hospital para oler mi perfume. También pedía que diera vueltas a su alrededor y, a continuación, tocaba suavemente los tejidos que vestía. Era hijo de un fabricante y vendedor de telas; adoraba el cheviot. Los últimos días que pasamos en paliativos del Oncológico de Bellvitge (gracias, una y otra vez, a las enfermeras y médicos que lo cuidaron), más que hablarme de su vida me la ofrecía maquillada. Nunca fueron tan bonitas las lagunas de Ruidera que en sus recuerdos: era joven y navegaba entre juncos y álamos blancos, buscando patos, apuntando al cielo. Tuvimos tiempo. Pude aceptar sus disculpas, perdonar las ausencias y almacenar los últimos piropos. Hicimos lo que el coronavirus ha impedido a tantos hijos y padres durante este largo confinamiento.

Con el cristianismo, la buena muerte pasó a ser aquella que lleva el alma a su salvación eterna. Esa posibilidad tiene sus símbolos y un rico tratamiento artístico que dio paso a imágenes veneradas. Entre ellas, el Cristo de la Buena Muerte esculpido en 1660, a finales del Siglo de Oro, por el granadino Pedro de Mena y conservado en la iglesia de Santo Domingo hasta mayo de 1931 cuando fue destruido durante la quema de conventos en Málaga. El actual Cristo, el que sale en procesión todos los jueves santos, llevado a hombros por legionarios, es una escultura relativamente nueva, de 1941. Todo lo que rodea a esa imagen, incluso el canto del Novio de la Muerte que le acompaña en procesión, tiene un tufo guerracivilista no merecido, pero que asusta.

El verdadero novio solo quería reencontrarse con la mujer que amaba y acababa de morir: “Por ir a tu lado a verte, mi más leal compañera, me hice novio de la muerte”. La patria no era la prioridad del enamorado soldado; solo quería reunirse con su amada. Con letra original de Fidel Prado —periodista, cupletista y autor de novelas del Oeste—, fue una canción popularizada por Lola Montes. Millán Astray, con buen oído para la música y los idiomas, lo escuchó y se lo llevó a la Legión, aunque tampoco es su himno. Para acabar de arreglarlo, Vox lo ha convertido en best-séller ultra nacional. De los héroes, del arte y de la música se apropian en ocasiones los más fanáticos. La historia se cambia a medida del consumidor.

Desde que el Ejército inició la desinfección de los geriátricos que nadie quería o podía limpiar, comenzó el juego del “yo soy mejor”. “Con la independencia habríamos actuado antes, no tendríamos tantos muertos ni tantos infectados”, asegura Meritxell Budó, portavoz del Govern. ¿Pruebas?, ninguna. Solo 13 días antes del anuncio de confinamiento, la cúpula de Junts per Catalunya, con Puigdemont y Torra a la cabeza, llenaba Perpiñán de fieles.

En Cataluña, donde los partidos nacionalistas e independentistas han gobernado durante unos 33 años, la mayoría de los geriátricos se han privatizado; muchos de ellos son propiedad de compañías y fondos de inversión internacionales que se han beneficiado de ayudas públicas. Durante el confinamiento, esas residencias y los escasos centros públicos han sumado 2.000 fallecimientos. La responsabilidad no es de Madrid; hace décadas que fueron traspasadas las competencias de Sanidad y Asuntos Sociales.

No queremos volver a ver cómo las familias se despiden desde lejos, llorando a gritos, mientras un sacerdote enmascarado pronuncia un rápido e impersonal responso. A los muertos de esta crisis vírica y a sus familias hay que darles un responsum, una respuesta. Déjenlos descansar en paz a ellos y a sus familias, guarden respeto. Señores políticos, por lo menos mientras enterramos a nuestros muertos, mantengan la decencia.

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