Muere Víctor Nubla, músico experimental y escritor inclasificable

El artista barcelonés, responsable del proyecto Macromassa y autor de una veintena de libros, fallece a los 63 años por complicaciones de una hernia

Victor Nubla
Victor NublaCarles Ribas

Con el número 42, aquel que, según su admirado Douglas Adams, lo explicaba todo – el universo y todo lo demás – despedían sus editores a Víctor Nubla, el artista que todo lo creía posible y todo lo hizo posible. Nubla, músico y escritor, pero también, cientos de cosas más, padrino de, se diría, los subterráneos de la ciudad, y no solo la ciudad, murió la tarde del martes por complicaciones de una hernia. Tenía 63 años. El escritor Javier Calvo, poco dado al uso de las redes sociales, no podía evitar despedirlo en una de ellas con un honorífico “Adéu, mestre”.

Figura clave de la música experimental de nuestro país – más admirada fuera que dentro – Nubla fundó el proyecto musical Macromassa en 1976 – “por entonces tenía 20 años, así que llevo 43 en ello, y no pienso dejarlo”, confesaba hace unos días en la última entrevista que concedió – y en todo ese tiempo había escrito además más de una veintena de libros. El último, la divertidísima Metal·lúrgia (Males Herbes), una sátira sobre la explotación laboral en la que una empresa utiliza dragones como mano de obra barata, había llegado a las librerías hacía unos meses.

Su literatura tuvo siempre ese aire fantástico, de una fantasía no adscrita a nada, en la que todo, como en la narrativa de Adams o su también admirado Kurt Vonnegut, y, sobre todo, Terry Pratchett, era posible. Buen ejemplo de ello son El regalo de Gliese (Aristas Martínez), una conspiración intergaláctica protagonizada por un detective aficionado y absurdo, y sobre todo, Les investigacions del cap Pendergast (Males Herbes), una pequeña joya, o quizá la más grande, del noir fantástico catalán.

Vecino del barrio de Gràcia, un centro de operaciones al que estaba tan ligado que no podía entenderse sin él (fundó la asociación Gràcia Territori Sonor), Nubla rehuía cualquier etiqueta porque, en realidad, podía serlo todo y todo a la vez, teórico, ensayista, activista de la experimentación, programador, agitador cultural. Tituló su peculiar y cortísima y pese a ello astronómica historia de la cultura La ciencia a la luz del misterio (Turner), y trató de alcanzar al gran público – si es que algo así existe, tratándose de una literatura que no se detenía ante nada – cuando fichó por Blackie Books, donde publicó Cómo caza un dromedario.

Nacido en Barcelona en 1956, Nubla había publicado más de un centenar de discos, tanto en solitario como con diversos proyectos musicales, entre ellos los grupos Macromassa, DEDO y Això no és pànic, en los que tocaba el clarinete, el sampler y el sintetizador. Durante su carrera colaboró, además, con músicos como Francisco López, Kasper T. Toeplitz, Tim Hodgkinson, Jochen Arbeit, Robin Storey y Clónicos y también compuso música para danza, teatro y cine. Fue además miembro fundador de la Bel Canto Orchestra y de la European Improvisers Orchestra, y era el director del festival internacional de música experimental LEM.

Ilustrador y, también, poeta, fue para muchos, un maestro. "Nos había enseñado mucho, pero nos deja con la sensación de que no habíamos llegado a aprender ni una pequeña parte de su vastísimo conocimiento”, apuntaban los editores de Males Herbes en la carta que remitieron la noche del martes a los medios. “Lo echaremos de menos, a él, a su sentido del humor único y a su genialidad innata”, concluían. A su despedida se sumaron durante la noche, editores, escritores, y amigos.

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Inclasificable y efervescente – su escritura era, para Jordi Puntí, “una forma de transporte espacial y temporal” –, Nubla creía que el arte y la cultura eran cosas distintas, que cuando el arte “no es peligroso, es cultura”. “La música y el arte deben hacerte pensar”, le dijo al también escritor Sebastià Bennasar en esa última entrevista. También que la autogestión durante la Transición permitió que Macromassa llegase tan lejos como llegó, sus cassettes circularon por toda Europa desde el principio, y por eso, decía, la banda, en la que también militaba Juan Crek, tenía una entrada en la historia de la música experimental francesa “y aquí, nada”.

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