LA CRÓNICACrónica
i

Tiempos (de) imprudentes

Saltar de aforismos de Gracián de 1647 a episodios de coronavirus es rayuela de inquietante vigencia

Cola de clientes en la puerta de un supermercado en Terrassa.
Cola de clientes en la puerta de un supermercado en Terrassa.Cristóbal Castro

Las cejas se arquearon, los ojos se hicieron grandes y esquivos tras la mascarilla y dio un incómodo rodeo. La señora del quinto en el portal. Primer y único cruce vecinal tras el día 14 d.c. (después del coronavirus; después del confinamiento). Un poco hiriente, la verdad, máxime cuando teníamos una relación fluida: libros por champagne. Quizá se percató al fin del intercambio desigual. Algo molesto, en cualquier caso: “Tiene gran parte en las cosas el cómo; un bel portarse es la gala del vivir”, recordé de Baltasar Gracián. Comprobado: sentencia 14 del Oráculo manual y arte de prudencia del sabio jesuita.

No debí abrirlo. La golosa edición recién publicada en Guillermo Escolar, en 9x14 centímetros (“Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro, es descrédito lo mucho; estiman algunos los libros por la corpulencia, como si se escribiesen para ejercitar antes los brazos que los ingenios”), invitaba. Las sentencias escritas para salir airoso en esa sociedad también compleja y en crisis de 1647, de aquél como hoy mundo hostil y engañoso, de apariencias frente a virtudes y verdad, de hombres débiles, interesados y maliciosos, siguen con vigencia atroz.

El juego arrancó cuando el azar cayó en el aforismo 289 y se cruzaron los pucheros de una política catalana en rueda de prensa de grave momento coronavírico con ese “Déjanle de tener por divino el día que le ven muy humano”, celestial virtud que el autor de El criticón atribuye como innegociable en sabios y dirigentes. Y la rayuela se dispara. De sentencia a episodio real. Sin fin. “Son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. Alzóse con el mundo la necedad”, aflora como ajustada voz en off de la imagen que se divisa desde el balcón de los jóvenes vecinos del primero, que apretujan en su coche rojo bolsas de comida y el transportín del gato en la nocturnidad de un jueves porque la Generalitat ha teletransmitido el aviso de controles de carretera del día siguiente para evitar una nueva huida de Egipto hacia segundas residencias. Claro: contra paredes, playa o montaña, sin embargo “son muchas las sectas del capricho, y de todas ha de huir el varón cuerdo”. Tentación de vengador de visillo y delatar, si bien “es el mayor saber a veces no saber, o afectar no saber. Háse de vivir con otros, y los ignorantes son los más”.

Quizá Fernando Simón, coordinador de emergencias de Sanidad, ojea el manual estos días; igual antes de pedir disculpas porque se le había practicado privilegiadamente el test del coronavirus por delante de otros mortales. “Saber hacerse a todos: la semejanza concilia benevolencia”, reza el aforismo 77. Vive Dios que lo aplicó. Parece, como otros expertos, hombre sabio (“Valer y saberlo notar es valer dos veces”), pero son tiempos feos para el conocimiento, hoy como en el Barroco: “Está desactivado el filosofar… Vive desautorizada la ciencia de los cuerdos, la ciencia ya es tenida por impertinencia”, alerta Gracián. Y por más que prevenga (“No ser fácil: ni en creer, ni en querer. Es muy ordinario el mentir, sea extraordinario el creer”, ordena), uno no sabe si la razón le asiste a aquél o algún ardoroso epidemiólogo de la cohorte médica de la Generalitat, recordando que “Cualquier exceso de las pasiones causa indisposición de cordura”. Más claro: “Ciencia sin seso, locura doble”.

Siempre es mejor no apasionarse, para que a uno “no acabe de encendérsele la sangre, que todo lo ejecutará sangriento”. Lo cierto es que a la seis de la mañana, ante la radio, (“Vívese lo más de información: es lo menos lo que vemos; vivimos de fe ajena”), la sangre ya hierve. Al menos entre políticos: “Querrían algunos con las manchas de los otros disimular, si no lavar, las suyas; o se consuelan, que es consuelo de los necios”. Trump y Boris Johnson y Bolsonaro, retratados hace ya 373 años: “Es muy ordinario para remendar una necedad cometer otras cuatro”.

Uno se levanta tan temprano porque la vida no alcanza con el teletrabajo: un mito del hipercapitalismo que se hunde a la primera, así en lo tecnológico (redes saturadas; sistemas que no resisten) como en lo humano (jefes por doquier asomando desde móviles, ordenadores, mensajerías internas, horario en bucle y todo aquí y ahora: “Es pasión de necios la prisa”). Dos días, a primera hora, hay que seguir dando las clases universitarias vía telemática, ensayo de aulas como plató y de profes (quizá robots) virtuales. Qué más da el factor humano. El contador de asistentes apenas alcanza la mitad de los alumnos, que se conectan y desconectan espasmódicamente; quizá el pijama, quizá el café con leche, seguro el móvil: “Es dificultoso dar entendimiento a quien no tiene voluntad, y más dar voluntad a quien no tiene entendimiento”.

Es duro leer el oráculo en estos tiempos de cuarentena. “No se vive si no se sabe”. Cierto. Es un test, muchos espejos en las 300 casillas. “La esperanza es gran falsificadora de la verdad”, y quizá se pueda aplicar al autoengaño sobre la evolución del coronavirus… o a la vida de uno. “Lo que no se ve es como si no fuese”, lanza, para poner luego sobre aviso: “No aguardar a ser sol que se pone. Sepa uno hacer triunfo del mismo fenecer”. Luego, invita a calcular: “De siete en siete años dicen que se muda la condición: sea para mejorar y realzar el gusto”, suelta y clasifica las décadas humanas. A los 20, pavón; a los 30, león; a los 40, camello; a los 50, serpiente; a los 60, perro; a los 70, mona; a los 80… ¡nada!. Veamos: debería ser ya ocho veces mejor de lo que fui y es justo al revés y ni con diccionario de símbolos en ristre sé si he de tirar por la capacidad de oler con una lengua bífida o por la de mediador de ocultos procesos de transformación, hipersensible a vibraciones de baja frecuencia, físicas o morales.

“No sea entremetido, y no será desairado. Sea antes avaro que pródigo de sí (…) Nunca venga sino llamado, ni vaya sino embiado”, recomienda Gracián. Pues adiós. Y recuerde, en tiempos imprudentes: “Nunca descomponerse. Gran asunto de la cordura: nunca desbaratarse”. Dejaré el pequeño Gracián en el buzón de la vecina.