De profecías y conspiraciones

Al insistir en llamar a la calma mientras toman medidas preventivas para contener la crisis del coronavirus no pueden evitar que estas, por sí mismas, creen alarma. Bucle inevitable

Compras masivas en un supermercado de Terrassa.
Compras masivas en un supermercado de Terrassa.CRISTÓBAL CASTRO

"En esta tierra hay plagas y víctimas y, en la medida de lo posible, hay que negarse a estar con la plaga”. Es la consigna de estos días. Por supuesto que también lo es de las autoridades sanitarias. Pero al insistir en llamar a la calma mientras toman medidas preventivas no pueden evitar que estas, por sí mismas, creen alarma. Bucle inevitable. La cita literaria es en estos momentos el ideal de la ciudadanía ayudando con un comportamiento sereno y solidario a estar con los afectados para evitar que la Covid-19 siga propagándose cual pandemia como la peste escrita por Albert Camus. En aquella obra de referencia, algunos críticos quisieron leer la denuncia del recorte de libertades que ante la enfermedad van imponiendo las autoridades asimiladas a las dictaduras y que encuentran en la defensa de un bien superior —la salud pública— la excusa para imponer sus criterios sin ser discutidos.

Las lecturas conspirativas del coronavirus, que las hay, quieren interpretar el momento presente como un ajuste de cuentas del dirigismo económico a través de la especulación de la bolsa. Se había ido demasiado lejos, dicen. Y buscando la complicidad de la geopolítica en torno al petróleo, se ha provocado una catarsis global que empezó en China, se ha instalado en Europa, busca condicionar a los Estados Unidos y se sirve del ascendente que Arabia Saudí ejerce sobre la OPEP para presionar a Rusia, que se desmarca porque Putin quiere seguir su camino al margen de los cánones para castigar a sus rivales. Puede que sea cierto porque ya todo es posible pero, en cualquier caso, es demasiado complicado para ser entendido sin manual de instrucciones.

Puestos a dejarse llevar por manos negras, es más entretenido leer Los ojos de la oscuridad, una novela de Dean Koontz publicada en 1981 y que basa su terror en la infección mundial provocada por un virus gestado en unos laboratorios de la ciudad de Wuhan a partir de las instrucciones del Partido Comunista al ejército chino para trasladar la cepa a los Estados Unidos y atacar solo a los humanos a través de una extraña enfermedad que se expandiría durante el año…. ¡2020!

Los testigos de Jehová son más directos. Basándose en el Evangelio de Mateo, recuerdan que todo está escrito: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino y habrá en diversos lugares pestes, hambre, guerras y terremotos”. Efectivamente, si uno quiere adaptarlo a la situación actual, la advertencia de Cristo en el Monte de los Olivos en respuesta a para cuándo estaba prevista la llegada del hijo de Dios y convertida en lectura de Adviento, puede hacerse coincidir con una incisiva mirada de lo que nos sucede. El problema que estaría en la disociación con el tiempo que nos ocupa, ya que estamos en Cuaresma, se resuelve con la interpretación que ambos períodos lo son de preparación para los dos momentos claves del cristianismo: el nacimiento y la resurrección de Jesucristo. Hay que estar preparados, pues, para lo que se avecina y que exige un alto nivel de contrición. Así lo aconseja la pareja de proselitistas que llama a la puerta el domingo por la mañana para predicar su interpretación de la Biblia. “No queremos hurgar en la herida del momento”, concluyen, “pero si nos apartamos de la palabra del Señor habrá llanto y crujir de dientes”. Adaptan así las últimas palabras de uno de los evangelios más amenazantes. Aquel en el que, por cierto, Jesús también advierte: “Mirad, que nadie os engañe”.

Preparándonos, pues, para lo peor y a la espera de algún tipo de redención, el acopio de alimentos se sucede, las comandas a domicilio se multiplican, los viajes se cancelan, las visitas se posponen, las escuelas cierran, las competiciones deportivas se juegan a puerta cerrada, las Fallas se suspenden, los servicios sanitarios se colapsan, los sectores productivos reclaman, las finanzas se alteran, el teletrabajo se impone, los gobiernos temen, las instituciones calculan, las poblaciones se confinan, las efusiones se evitan y los roces se condenan. La hipocondría gana y la histeria domina. Estamos apestados. Todos somos susceptibles de ser contagiados pero nadie que no tenga síntomas quiere asumir que también puede contagiar. Los especialistas no nos lo pueden garantizar porque como el desconocimiento es grande las medidas solo pueden ser tentativas. Sabemos, eso sí, cual es principalmente la población de riesgo pero esto no consuela al resto porque hemos decidido vivir asustados. China nos enseñó el camino.

Es la contrapartida a la exigencia de una seguridad garantizada. Y cuando había sorpresas, lo eran por errores de cálculo de las predicciones humanas o por la furia de la naturaleza cansada de tanta agresión. Hasta que un virus, un simple virus, ha recuperado la peste de Albert Camus: “El hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma”.

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