Vox no quiere migrantes, Extremadura los necesita
Los ultras anuncian la eliminación de un programa educativo que solo se imparte en un pueblo y las organizaciones sociales luchan por afianzar población


En Extremadura hay dos personas con gran inquietud. Porque el acuerdo firmado por el PP y Vox en la región, que puso fin a cuatro meses sin gobierno, incluye la supresión, cuando acabe este curso escolar, del programa para la enseñanza de lengua árabe y cultura marroquí. ¿Cuántos maestros lo imparten en toda la región? Dos. ¿Y quién lo paga? Marruecos. De modo que la Junta no ahorrará ni un duro con ello, pero Yousef Akerrot y Said Babhnin están con el alma en vilo, y también los profesores, los alumnos y las familias, porque estos maestros son de una gran ayuda en los dos centros de primaria de Talayuela (Cáceres). “Es un populismo absurdo”, se queja Alfonso Corrales, director del colegio de infantil y primaria Gonzalo Encabo. También las organizaciones que trabajan para la acogida, integración y empleo de los migrantes esperan con tensión las medidas del nuevo Ejecutivo autonómico, en cuyos planes escritos está la eliminación de las subvenciones que reciben. Viajamos a Extremadura.
La primavera no da tregua de camino a Talayuela, uno de los pueblos españoles con mayor presencia de marroquíes, cerca del 30% de sus 7.439 habitantes, en una región con los porcentajes más bajos de población extranjera, alrededor de un 5%, muy lejos del 14% en España . Al cultivo del tabaco, del pimiento o de los espárragos llegaron hace décadas los primeros migrantes de Marruecos y hoy ya tienen mezquita y una fluida relación con los talayuelanos. Mujeres con velo van llegando a las puertas del colegio para recoger a sus hijos, que suponen el 60% del alumnado en el Gonzalo Encabo. Para el director no hay marroquíes ni españoles, él solo ve niños y niñas y a todos trata por igual. “Cuando entré de director, hace 20 años, me llamaban racista porque no consentía la impuntualidad, a mí el velo me da igual, otra cosa son las gorras y las gafas de sol”, explica Alfonso Corrales. Hoy ve con satisfacción que las madres vienen a ocuparse de los asuntos escolares, cosa que hace 20 años era impensable, las marroquíes no iban solas a esos sitios. En todo ese tiempo, más otros 10 de profesor, Corrales ha visto ya salir de la universidad a sus antiguos alumnos extranjeros: “Ya tenemos abogadas, maestros, y vienen a la escuela a hablar con los niños. Me emociono”, dice. Y es verdad, los ojos se le ponen acuosos por un momento.

En esa convivencia fértil, donde los cristianos van a celebrar el fin del ramadán y los marroquíes salen a la feria de San Marcos, ha vivido Talayuela durante años. ¿Conatos de racismo? Sí. Suspicacias, también. Pero nada que ver con brotes de odio y xenofobia como los registrados en Almería o en Murcia. La tranquilidad completa no existe. Una mecha intencionada, dice el director, puede cualquier día encender el fuego. Tras la firma del acuerdo entre Vox y el PP para la investidura de María Guardiola como presidenta, que incluye un largo apartado contra la migración para una región donde hay decenas de municipios que no han visto un extranjero ni por asomo, y con el telón de fondo de la regularización extraordinaria puesta en marcha por el Gobierno de Pedro Sánchez, en pueblos como Almendralejo se han visto ya pintadas denunciando la “invasión” en la fachada de algunas organizaciones que ayudan a los extranjeros. ¿Qué pasará de aquí en adelante? Nadie lo sabe.

Yousef, de 39 años, y Said, de 46, pasean tranquilos por Talayuela, algunos vecinos les paran y les dedican alguna chirigota. Se ríen y prosiguen su camino. Ambos, profesores en Marruecos, fueron seleccionados allí por sus conocimientos de español para viajar con un contrato de cinco años. Tiemblan al pensar que se les acabará antes de tiempo. Un total de 86 alumnos pasan por sus clases en horario de tarde y aprenden el árabe, que muchos desconocen porque vienen de tierras bereberes. “Nada de política ni de religión, eso nos dijeron en Marruecos, para no tener problemas en España. Yo les enseño música marroquí, gastronomía, fiestas, artesanía, ropa y joyería tradicional”. Y desde luego la lengua con la que volverán a su tierra de vacaciones y podrán comunicarse con sus abuelos. Muchos de esos niños han nacido en Cáceres y van perdiendo a chorros la lengua materna. “Es útil para España”, añade Said, “porque cuando estos chicos sean médicos o policías se entenderán con los marroquíes en su lengua”. Los más jóvenes, en efecto, hacen de traductores para sus padres en no pocas ocasiones. Y también Yousef y Said dedican las mañanas a mediar entre el resto de profesores y las familias cuando se necesita. “Cualquier lengua es un tesoro”, insiste Said, que trabaja en el otro colegio del pueblo, el Juan Güell. También hay un instituto para la Secundaria.

Pasando el comedor escolar, que ya tiene dispuestos los platos transparentes de Duralex haciendo flor, está el despacho del director: “Tener un 60% de marroquíes en el centro es un reto, yo estoy encantado, el colegio es el mundo que debería vivirse fuera, aunque hay que decir que va todo mejor”, dice Corrales, tirando de recuerdos. Cada año reciben entre 60 y 80 alumnos nuevos, muchos de los cuales vienen sin el idioma, y Said y Yousef hacen ahí el mejor trabajo. El Ayuntamiento de Talayuela es ahora también del PP y Vox, “pero todos los partidos han mimado el centro siempre”, explica Corrales. “Yo soy católico practicante, pero en mi casa y en mi tiempo, la escuela es aconfesional, aquí las religiones no pintan nada”, añade. El programa de árabe y cultura marroquí “es importante, los niños deben tener relación con sus señas de identidad y da confianza y ayuda a la integración. Ellos no vienen aquí a occidentalizarse, solo a respetar las normas y esto da confianza”, insiste. “Yo espero que esto de ahora [el acuerdo Vox-PP] sea un brindis al sol, pero no soy optimista”. Otros programas de idiomas, como el portugués, no se han mencionado en el acuerdo político, solo el marroquí.
Lo mismo que ha ocurrido en Aragón, donde ya el año pasado Vox presentó una moción en el Ayuntamiento de Zaragoza para eliminar el programa de árabe en una decena de colegios. Les molestaba la presencia de una “cultura ajena” y el personal enviado “por un país extranjero”, es decir, por Marruecos, porque con otros países no tienen problemas. Reivindicaban los “valores cristianos” y la “moral histórica”, informa Eva Pérez Sorribes. Lo más gracioso era que instaban al Gobierno de Aragón a “retirar la financiación” y “reorientar los recursos” a un programa que, como se ha dicho, no cuesta nada a las arcas españolas. Pero ellos insistían con una “auditoría sobre el gasto”. El discurso, como se ve, va por un lado, y la realidad, por otro.
La eliminación de las ayudas públicas a las organizaciones que se dedican a la acogida, la formación y la inserción laboral de los migrantes es otra de las preocupaciones que estos días tienen en guardia a muchos colectivos en Extremadura. En Accem, una de las más grandes de España, no dependen mucho de las subvenciones autonómicas, pero el trabajo que desempeñan en las ciudades extremeñas da idea de lo que se puede perder si el discurso racista de Vox se concreta en medidas de gobierno. Jesús Alberto Segovia trae el viernes las mejores noticias a la sede de la organización en Cáceres: le han hecho un contrato en un restaurante. Podría haber elegido entre eso y peón de construcción, y se ha quedado con la hostelería en la capital. Llega a las oficinas de Accem, donde le han estado ayudando, para los trámites del contrato. Es venezolano, tiene 30 años y vive en un piso de la organización con su esposa y una hija de 10 años hasta que puedan volar solos. Lo vendieron todo para salir de un país que ahogaba su economía y hoy ven cómo se abren caminos para ellos. A su lado se sienta la responsable territorial de Accem en Extremadura, Mar García Navarro, doctora en Estudios Migratorios, que lo mira atenta y dice: “Es importante que Jesús haya podido elegir entre dos empleos, eso significa que hay trabajo de sobra”, dice. Pero hay que tener papeles en regla, homologación de títulos o del carné de conducir, clásicos obstáculos para ellos.


No hace ni cinco minutos que en esa misma sala donde Jesús celebra su contrato se ha impartido una clase para la búsqueda de empleo a un grupo de malienses. Mamadou Gassama, de 29 años, se presta a traducir para todos. Él ya encontró su sitio: trabaja en una empresa de tratamiento de residuos sanitarios, algo que los españoles miran con desagrado y mucho más en tiempos de pandemia, cuando el joven se hizo con el empleo. Mamadou se dice feliz en Cáceres, tiene amigos, juega el fútbol y vive en un piso con otros dos compañeros, “una habitación para cada uno” que pagan por su cuenta. Contrasta, a su lado, la cara tristona de Adama Bah, de 32 años. Era ganadero en Malí, una tierra atravesada por mil y un conflictos. Ha estado en Ibahernando (Cáceres) por una oferta para trabajar con vacas y ovejas, lo que mejor sabe hacer. Estaba ilusionado, pero nadie le quiso alquilar una casa. Otro clásico.

Extremadura no está para rechazar extranjeros ni españoles. La región pierde habitantes como se escurre la arena de un reloj. Y cuando los gana es gracias a los migrantes que llegan. El último trimestre de 2025, el saldo de población autóctona bajó en 443 personas, mientras que la extranjera subió en 1.013. Los pueblos se mueren. Los bares abren y cierran con el pestañeo de una bombilla que agoniza. Las escuelan peligran. Hay municipios sin niños menores de cuatro años y la media de edad de la región ronda los 45. En el 28% de los pueblos, un tercio de los habitantes ya ha cumplido la edad de jubilación, según un estudio de la consultora Stratego. En la provincia de Cáceres, donde los pueblos son más pequeños, la población está dos años más envejecida que en Badajoz, y cuentan casi 400 personas centenarias. Un municipio destaca por su porcentaje de jóvenes menores de 20 años: Talayuela. La consigna de la ultraderecha del Gran Reemplazo, que elucubra con una conspiración para sustituir a la población autóctona por extranjeros, plantea en Extremadura una elección simple: o abrir la puerta a los extranjeros o cerrar los pueblos. En Casas del Castañar, de donde es originaria la familia del líder extremeño de Vox, Óscar Calle, cuando él nació, en 1975, había algo más de 1.000 habitantes, hoy está en la mitad.




La insistencia de Vox en denunciar una supuesta “invasión” encuentra el rechazo de las organizaciones que trabajan con los migrantes. Ecca Social, con implantación en territorios rurales de la región, escucha estos días las noticias del futuro Gobierno como los pavos las panderetas. Cunde la inquietud. Muestran con orgullo sus tasas de empleo entre los extranjeros, alrededor de un 42%, tras darlos cobertura, formación y asesoramiento, pero reconocen las dificultades de asentar población migrante en los pequeños pueblos. “La Administración tiene que implicarse más, pero la regularización es básica para eso. Sin papeles no les podemos ofrecer empleo”, dice Gema Gallego, delegada de Ecca en Extremadura, en su oficina en Cáceres. La financiación que llega a estas organizaciones a través de la casilla del IRPF que da a elegir entre Iglesia y fines sociales depende ahora de las comunidades autónomas y suprimirlo puede significar un buen golpe para Ecca Social, aunque también cuenta con financiación privada de la Fundación La Caixa o Mapfre.
De todos pende el futuro de cientos de personas que quieren trabajar y vivir en Extremadura, adonde en los últimos tiempos han llegado muchos colombianos. Los cuidados de ancianos dan ocupación a buena parte de esta mano de obra. Gema Gallego, como Mar García Navarro, cuentan que hasta ahora no habían tenido problemas con gobiernos de ningún signo, de hecho mantienen convenios con alcaldías de todos los colores. Están en contacto periódico con las empresas, que reclaman mucha mano de obra, a la espera de que estas personas se regularicen. Qué va a pasar ahora, nadie sabe. Gallego quiere ser optimista sobre el devenir político: “Una cosa es lo que se quiere hacer y otra lo que se puede hacer”. Pero todos cruzan los dedos, porque la región no está para remilgos racistas: o los extranjeros revitalizan los pueblos o esto no lo arregla, que diría Óscar Fernández Calle, ni “el Altísimo”.


























































