El incendio entre Cáceres y Salamanca se propaga a velocidades “extremas”

El fuego, que ha arrasado ya unas 3.000 hectáreas en Extremadura, empeora en la zona limítrofe entre ambas provincias y dificulta las tareas de extinción

El incendio que arrasa la zona limítrofe de las provincias de Cáceres y Salamanca empeora. La evolución del fuego es “muy desfavorable”, según ha informado la Junta de Extremadura y se vuelve “extremadamente virulento”, con velocidades de propagación “muy extremas”, añade la Junta de Castilla y León. La tensión crece como el humo que tiñe de negro los cielos de la frontera entre ambas comunidades. Lo que a principios de la mañana del miércoles era gris se ha oscurecido y desde lejos se ven lenguas naranjas entre pinares verdes. Los frentes se agravan y espera órdenes la comitiva de bomberos desplegada en esta zona de difícil acceso de Las Hurdes (Cáceres), donde el incendio que ha quemado ya unas 3.000 hectáreas en Extremadura (no ha trascendido la cifra de Castilla y León). El plan pasa por crear un cortafuegos controlado que impida que las llamas sigan expandiéndose hacia el norte, azuzadas por el viento sur. Pero ante un incendio, las tácticas arden ante cualquier imprevisto: otro cortafuegos lanzado la noche anterior no ha servido para dominar los frentes. Mientras, las localidades cercanas a la catástrofe esperan, nerviosas, novedades. Hay seis pueblos desalojados más por el peligro del humo que por el de los focos, pero un giro de timón puede obligar a coger las maletas ya preparadas y buscar refugio. El Servicio de Emergencias 112 de Extremadura ha pedido a la ciudadanía que intente evitar andar y recorrer caminos y carreteras para facilitar la labor del operativo de extinción.

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Carabusino, Las Hurdes, 13/07/22. Teodomira Martín (85), de Carabusino, observa la columna de humo desde la acera de su casa a primera hora de la mañana. Al mediodía, el dispositivo de seguridad se había ampliado hacía su pueblo pudiendo ser desalojado si el fuego continúa expandiéndose.
Fotogalería | Fuego en Las Hurdes

Es un día de contrastes. En los montes reina el frenesí, con maquinaria abriendo camino entre la arboleda y las mangueras preparadas para actuar. Allí hay efectivos de Extremadura y Castilla y León, los walkies transmiten nervios y detalles del operativo y los hidroaviones siguen soltando agua desde arriba, como desde el lunes que comenzó el fuego tras unos rayos. La Junta de Extremadura ha informado de unas 3.000 hectáreas arrasadas; Castilla y León aún no ha precisado el terreno afectado. Uno de estos profesionales, bañado en sudor y con ceniza en el uniforme, detalla con cansancio el escenario: “Ha hecho mucho calor por la mañana y han aumentado las llamas, anoche hicimos un cortafuegos, pero no ha bastado y el viento está perjudicando, el frente puede saltar la carretera sin problema”, afirma señalando la vía que serpentea por los bosques y que pronto cortan sus compañeros para evitar disgustos. Otro bombero explica, mirando impotente esas columnas rojas, que pueden tener unos 20 metros de altura. Los pinos, especie no autóctona, son fácilmente inflamables y complican las labores de extinción, como sostienen resignados quienes conocen las características de estos desastres forestales y cómo las sequías y los 40 grados que se están alcanzando los alimentan. Al poco, evacúan a los presentes en este punto elevado: el fuego se acerca.

Las altas pulsaciones se sustituyen por calma tensa y miedo latente según se desciende por la sinuosa calzada y se llega a los núcleos, sin cobertura por el incendio. Allí observa el panorama Teodomira Martín, de 84 años, con sus zapatillas de andar por casa y su mandil. “Me tiemblan las piernas”, comenta, mientras los medios aéreos empapan los pinares. De momento no tienen aviso de desalojo, pero ella ha preparado el macuto y sus medicamentos por si el incendio se asoma. Quienes sí han sido evacuados son los residentes de los cacereños de Ladrillar (185 habitantes) y sus alquerías de Cabezo y Riomalo de Arribas; las pedanías de Aceitunilla y Batuequillas, dependientes de Nuñomoral (1.224 habitantes), y la alquería de Horcajo, dependiente de Pinofranqueado (1.682 habitantes). Una portavoz de la Consejería de Agricultura de Extremadura señala que no hay cifras oficiales de evacuados, aunque se estiman en unos 300, porque en verano estas localidades aumentan su población, pero precisa que se han puesto a disposición de los habitantes varios autobuses para trasladarlos a Montehermoso, Zabal y Pinofranqueado. En el lado castellano y leonés, son unos 400.

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En Nuñomoral, sentados en la parada de autobús echando la mañana, aguardan Delfino Remigio, de 57 años, y su tía, Emilia Panaderos, de 83, de Aceitunilla. El hombre se ha alojado en casa de unos familiares y ha podido regresar a su vivienda, escoltado por la Guardia Civil que custodia los caminos, para recoger propiedades y asearse, aunque no hay línea eléctrica, y eso indigna a Panaderos: “Vamos a perder la comida del frigorífico y del congelador y tampoco puedo regar los tomates de la huerta”. La mujer ha vivido varios fuegos, pero jamás la habían trasladado de su hogar: “Nadie sabe lo que estamos pasando”. La vida sigue con relativa normalidad entre familias como las de Arantxa González y Jonathan Martín, de 30 años, que junto a su hijo Gael han venido desde Murcia al pueblo del padre y se han encontrado con la desgracia. “Llamamos a nuestro hotel para saber si había peligro, pero como llevábamos cinco años sin venir nos hemos animado igualmente”, señala González, quien añade que sus familiares tienen “las maletas en la puerta por si hay que salir”. Esta extraña normalidad se palpa en la plaza Mayor, donde los miércoles se celebra un mercadillo, esta vez diezmado porque muchos comerciantes no se han atrevido a venir. Apenas un puesto de ropa y una charcutería ambulante despachan a la clientela, que según Justi Hernández, de 48 años, no se está animando a comprar. El factor económico preocupa a la tendera local, Vanesa Iglesias, de 41, que teme que el incendio cacereño reste valor natural al paraje y pierda ese turismo para el que ella está preparando unas casas rurales. Lo que más teme es el humo y cómo repercuta el fuego en los bolsillos: “Estamos sin dormir de los nervios, hemos perdido el pulmón de Las Hurdes”.


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Sobre la firma

Juan Navarro

Colaborador de EL PAÍS en Castilla y León, Asturias y Cantabria desde 2019. Aprendió en esRadio, La Moncloa, en comunicación corporativa, buscándose la vida y pisando calle. Graduado en Periodismo en la Universidad de Valladolid, máster en Periodismo Multimedia de la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo EL PAÍS.

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