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El viaje terrible que acaba en Melilla

Amir, uno de los refugiados que saltó la valla el pasado 24 de junio, atravesó África en una odisea de dos años. Trabajó de minero y de albañil, fue desvalijado varias veces e interceptado en alta mar

Amir, el 8 de julio en Melilla.
Amir, el 8 de julio en Melilla.Adriana Thomasa

Amir se encontraba tirado en el suelo de un puesto fronterizo, asfixiado por gases lacrimógenos que lanzaba sin parar la policía marroquí. Tras dos años de viaje desde Sudán, lo único que pensaba era que, ya que iba a morir ahí aplastado, que fuera cuanto antes. Amir, de 23 años, cuenta que no podía respirar ni tenía fuerzas para seguir, pero que al ver cómo decenas de compatriotas alcanzaban la alambrada y lograban saltar al lado español, se levantó. Anestesiado por una mezcla de adrenalina, miedo y euforia, trepó. Logró entrar en Melilla y se puso a correr. Un guardia civil casi le tumbó de un porrazo en la espalda. Pero, por una vez, tuvo suerte: “Se distrajo pegando a otro y escapé”. Huyó a toda velocidad con las lágrimas recorriéndole la cara. “Me emocioné mucho, no tanto por haber entrado en España, sino por estar vivo”. Después pensó en su madre, Khadija.

El pasado 24 de junio en la frontera de Nador con Melilla, cerca de 1.700 personas entraron descontroladamente en el puesto fronterizo. Murieron 23. Amir fue uno de los 133 que lo logró. Y hacerlo se convirtió uno de los momentos más difíciles de una vida en la que nada ha sido fácil.

Desde los cuatro años se acostumbró a esconderse en Sudán de los janjaweed, milicias árabes que, desde 2003, arrasan las aldeas de las tribus subsaharianas a fin de quedarse con sus tierras y con su ganado y violar a sus mujeres . A los 20 años, en un campo de refugiados de Darfur donde una bomba había matado a su hermano menor, cansado de huir, advirtió a su madre de que se iría de ahí. “Le pregunté por qué yo no podía tener una vida como la de todo el mundo. Quería saber qué se sentía al vivir con seguridad”. Se marchó con lo puesto, con 30 euros y un bonito anillo que la madre le había regalado al acabar el instituto. No tenía ningún destino particular. “Solo quería un país para vivir en paz”, añadió.

Amir, con la camiseta rosa, en su paso por el desierto para llegar de Chad a Libia, en el verano de 2020.
Amir, con la camiseta rosa, en su paso por el desierto para llegar de Chad a Libia, en el verano de 2020.

Los primeros cuatros meses alejado de su familia los pasó explotado en una mina de oro clandestina en el norte de Chad. Como muchos otros migrantes en situación irregular que tratan de conseguir el dinero para saltar a Europa. A Amir no le fue muy bien: durante esos cuatro meses apenas reunió cuatro gramos de oro. Las condiciones de vida eran inhumanas. Los guardias que les vigilaban iban armados y no dudaban en pegarles cuando protestaban porque no les pagaban por el trabajo. “También ahí me sentía en peligro. No era lo que buscaba. Había muy poca comida y era complicado conseguir agua, podía estar sin ducharme un mes”, recuerda. Así que tomó sus cuatro pepitas de oro, el anillo de su madre y se pasó a Libia con la ayuda de un traficante. Tampoco entonces tenía un destino claro.

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Los anillos de Amir, el más grande se lo regaló su madre y el otro lo encontró en Libia.
Los anillos de Amir, el más grande se lo regaló su madre y el otro lo encontró en Libia.Adriana Thomasa

Llegó a Trípoli. Trabajó en la construcción, de siete de la mañana a siete de la tarde, por 14 euros al día, sin tiempo apenas para comer. Vivía en una habitación minúscula compartida con otros cuatro hombres. Una vez lo detuvieron y su jefe tuvo que ir a sacarlo de la cárcel. Tampoco era eso lo que se imaginaba cuando soñaba con otra vida en el campo de refugiados de Darfur. Así que decidió arriesgarse a llegar a Europa. Libia es el trampolín para saltar a Italia o Malta y pensó que debía aprovecharse de eso. Ocho meses después de entrar en Libia, pagaba 500 euros por subirse en una barca neumática y cruzar el Mediterráneo junto a otro centenar de personas. Pero la guardia costera libia, financiada por la UE para frenar la inmigración irregular, localizó la embarcación en alta mar y entregó a todos sus ocupantes a una milicia que controlaba un centro de detención. “Estoy seguro de que los traficantes y los guardacostas estaban compinchados”, mantiene.

Amir en el mar, donde se aseó antes de subirse a una embarcación para llegar a Italia, en febrero de 2021.
Amir en el mar, donde se aseó antes de subirse a una embarcación para llegar a Italia, en febrero de 2021.

Su recuerdo del centro de detención es similar al que describen todos los que han pasado por allí: “Nos encierran a un montón de personas en un espacio muy pequeño, apenas te dan de comer y los guardias te dan palizas constantemente. Te graban en un vídeo para enviárselo a tu familia y que pague un rescate por ti, pero yo me negué a darles ningún contacto”. Asegura que llegaron a ponerle una pistola en la sien si no daba un número de teléfono, pero que resistió. “Prefiero que me matéis a que torturéis a mi familia, que no tiene nada”, les replicó. Logró escaparse un mes después, destrozándose el tobillo en la huida. Tras fugarse de la cárcel, debía dejar Libia cuanto antes.

Pasó unos meses trabajando de albañil de nuevo a fin de reunir algo de dinero. Después cruzó la frontera de Argelia. Fue el 21 de julio de 2021. Recuerda las fechas clave del viaje con una sorprendente exactitud. “Las tengo grabadas. Son importantes y muy tristes para mí”, explica. Para salir de Libia necesitó de nuevo acudir a los traficantes de personas porque no podía arriesgarse a cruzar el país solo o a atravesar la frontera sin su ayuda. A los ojos de las autoridades, Amir no era un refugiado, sino un inmigrante sin papeles, sin dinero y sin derechos al que se puede perseguir, extorsionar, apalear o deportar.

En Argelia durmió en las calles de cuatro ciudades distintas hasta diez días después de haber entrado en el país, alcanzó la localidad de Maghnia, el punto caliente y poroso de la frontera con Marruecos, cerrada desde 1994. Le pidieron 200 euros por mostrarle el mejor sitio para cruzar, un trecho con una valla de unos cuatro metros y un foso que sorteó sin dificultad. Llegó a Oujda, donde cientos de sudaneses han pasado en los últimos dos años de camino hacia la frontera española. La ruta constituye una novedad porque la inmensa mayoría de sudaneses llegaba hasta ahora a Europa por Libia. Las razones del cambio no están del todo claras. “El motivo principal es que tememos los encarcelamientos en Libia. Últimamente, se ha convertido en un negocio no solo para los traficantes, sino también para la policía”, explica Amir.

En Oujda pidió cita para solicitar asilo y que Marruecos le reconociese como refugiado. Para ello era necesario esperar tres meses. Durmió muchos días debajo de un puente, pero al final desistió y decidió continuar hacia adelante. “Conocí a otras personas a las que les habían concedido el asilo y habían sido deportadas a Argelia igualmente. No quise quedarme a perder el tiempo”, recuerda.

La etapa final del viaje es aún más frenética y angustiosa. Desde septiembre de 2021 hasta el pasado 24 de junio, el día de la intentona final, Amir trató de colarse en España 12 veces. Primero por Melilla, luego por Ceuta, luego otra vez por Melilla. Solo en una ocasión consiguió pisar suelo ceutí, pero fue devuelto en caliente. Tras cada fracaso, era detenido, por las autoridades marroquíes. La mayoría de las veces lo encerraban en un centro de detención. Antes, le desvalijaban. A lo largo del viaje, a Amir le robaron siempre que le detuvieron. Le quitaban el dinero y todo lo que tuviera de valor. Pero siempre logró ocultar el anillo de su madre a los ojos de los guardianes. Es milagroso que pueda exhibirlo mientras relata su aventura.

Amir en el monte Musa, al norte de Marruecos, donde se preparaba para saltar la valla de Ceuta.
Amir en el monte Musa, al norte de Marruecos, donde se preparaba para saltar la valla de Ceuta.

Del centro de detención lo subían después a un autobús con destino a cualquier parte de Marruecos. Tres veces le expulsaron a Beni Melal, a 600 kilómetros al sur. Otras dos a Chichaoua, a 900 kilómetros al suroeste. También le abandonaron en Fakih Benim Saleh, a 600 kilómetros de la valla de Melilla, o en El Kelaa des Sraghna, a nueve horas de viaje en coche. Las autoridades marroquíes acostumbran a conducir a los migrantes y refugiados a estas ciudades perdidas y pobres a fin de alejarlos de las fronteras españolas, para cansarlos, dispersarlos y obligarlos a abandonar. Pero ellos siempre vuelven. Y Amir también. “No podía echarme atrás, no me quedaba otra que volverlo a intentar. Por mi cabeza nunca ha pasado volver a Sudán”.

Amir muestra el campamento de refugiados donde vivió de 2016 a 2020, en Sortoni, Darfur.
Amir muestra el campamento de refugiados donde vivió de 2016 a 2020, en Sortoni, Darfur.

En estos dos años de viaje en torno al precipicio, Amir ha perdido a muchos amigos en el camino. Asegura no haberse enamorado nunca y se lo explica aludiendo a la vida terrible que ha llevado. Ahora, en Melilla, pedirá asilo y acabará, con mucha probabilidad, en la Península. A él, lo vuelve a repetir, le da igual el sitio, siempre y cuando pueda vivir tranquilo. El día en que se ahogaba por el gas en el paso fronterizo de Nador y llegó a desear la muerte, se convirtió, paradójicamente, en el más afortunado. Cuando cruzó la última frontera se palpó la ropa y pensó que aún contaba con tres cosas necesarias para ganar: su propia vida, un futuro en Europa y el anillo de su madre.

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