Franquismo

“A papá lo buscaron hasta matarlo”: medio siglo de correspondencia entre una madre y su hijo en el exilio

Los miles de cartas dieron paso a cintas de casete que se enviaron por correo cuando María Fernández-Grandizo se quedó prácticamente ciega. Un relato en audio de las vidas rotas que dejó el franquismo

A la izquierda: María Fernández-Grandizo en una imagen sin datar. A la derecha, Manuel Laguna en una librería de Ciudad de México en diciembre de 2019. CEDIDA POR LA FAMILIA / SEILA MONTES
A la izquierda: María Fernández-Grandizo en una imagen sin datar. A la derecha, Manuel Laguna en una librería de Ciudad de México en diciembre de 2019. CEDIDA POR LA FAMILIA / SEILA MONTES

Para María Fernández-Grandizo, los dos años que pasó en la cárcel fueron los más felices de su vida tras la guerra. Se lo confesó no una, sino mil veces a su familia. “Allí estuvo rodeada de gente que también era antifranquista y con la que podía charlar a gusto”, cuenta su hijo Manuel Laguna. Fuera, la represión de la dictadura la fue dejando cada vez más sola: en agosto de 1936 fusilaron a su padre, en noviembre a su marido y cuando ella salió de la prisión, mediados los años cincuenta, Manuel pasó clandestinamente la frontera con Francia y acabó exiliado en México.

“Soy consciente de que la vida de mi madre fue una auténtica tragedia”, señala Manuel Laguna en una entrevista realizada en Ciudad de México. En 1954, Manuel se metió en el maletero de un coche en San Sebastián y no salió de él hasta dejar atrás Irún. A partir de entonces madre e hijo no pararon de escribirse. María le envió, al menos, las 1.547 cartas que este exiliado de 87 años todavía conserva en su casa de San Luis Potosí (a 400 kilómetros al norte de Ciudad de México). Cada semana recibía una y él mandaba otra de vuelta. Así durante más de 30 años, hasta que María se quedó prácticamente ciega.

Las cartas las transformaron entonces en una correspondencia hablada. Cambiaron la tinta por la voz y pasaron a grabarse casetes que luego enviaban por correo. Empezaron a finales de los ochenta y no dejaron de hacerlo hasta 2003, cuando esta farmacéutica extremeña murió a los 101 años en una residencia de ancianos de Madrid, pese a la enorme resistencia que opuso a acabar en un asilo.

La vida de María (1901-2003) estuvo marcada por 1936 y por su profesión. Sus días pasaron tras el mostrador de la farmacia que regentaba en la calle del Príncipe en Madrid y, antes, en la de Llerena (Badajoz), de la que todavía se conservan carteles en los que se ofrecen “análisis gratuitos para enfermos pobres”. Incluso en la cárcel, se vistió la bata blanca y trabajó en la enfermería, lo que también puede explicar que no se le hicieran tan duros los años tras las rejas.

La crueldad de la guerra, la obsesión por evitar ir a la residencia y las historias de aquellas farmacias aparecen recurrentemente en los cientos de cintas que cruzaron el Atlántico. Muchas fueron reutilizadas, pero Manuel guarda intactas 61 horas de grabación, que acaban de ser digitalizadas y en las que María echaba irremediablemente la vista atrás. “De las cosas que he vivido en el último año no encuentro nada que merezca la pena recordar. No queda otra solución que recurrir a historias pasadas”, cuenta en una de ellas, grabada en 1995. Se traslada hasta los últimos recuerdos que conservaba de su padre y su marido y relata con claridad cómo cambió su carácter el 13 de julio de 1936, con el asesinato de José Calvo Sotelo, diputado y ministro de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Como señala María en esta cinta de 1997, conocieron la noticia en Rota (Cádiz), donde veraneaban, y en ese momento supieron que la reconciliación en España era imposible: cinco días después empezó la guerra.

Una grabación de María Fernández-Grandizo de enero de 1997.SAÚL RUIZ

A partir de entonces, la vida de María Fernández-Grandizo poco tuvo que ver con la que había tenido hasta ese momento. Su padre, abogado y alcalde republicano de Llerena, fue fusilado en esta localidad el 16 de agosto, un día después de que los militares le dieran el paseíllo en la plaza aprovechando que todo el municipio se había reunido para celebrar la fiesta de su patrona, la Virgen de la Granada. Meses después, el 7 de noviembre, el disparo a sangre fría de un militar iba dirigido contra su marido, Zacarías Laguna, también abogado y gobernador civil de Badajoz, que murió en Ronda (Málaga). Lo mataron a pesar de que poco antes se había unido a las filas franquistas para redimir su militancia republicana. “Esto lo hago por nuestros hijos”, le dijo en una carta a María.

Una grabación de María Fernández-Grandizo de enero de 1997.SAÚL RUIZ

“De un solo disparo en las sienes cayó a tierra”

Cuarenta y tres años después, el cura que presenció el fusilamiento de Zacarías Laguna recordó el instante en el que recibió “un disparo en las sienes y cayó a tierra”. Se lo contó a Manuel en una carta en 1980 que daba respuesta a la petición que le había hecho este desde México. Aquel 7 de noviembre, recién ordenado sacerdote, acudió a la cárcel para asistir a los detenidos y encontró a Zacarías “muy abatido y ensimismado”. Se subió al camión que trasladó a los presos a la puerta del cementerio de Ronda (Málaga), le prestó a Zacarías una silla y un crucifijo e hicieron la comunión espiritual. Poco después alguien tiró de su brazo para apartarlo y dispararon.

Años antes de aquella carta, el sacerdote le comunicó a María Fernández-Grandizo la muerte de su esposo y los enseres que les había dejado: una maleta con las cartas que durante meses no pudo enviar a su mujer, una pluma estilográfica y un texto “para los peques cuando sepan leer”. Tras conocer la noticia, María fue a verlo a Sevilla empeñada en conocer los detalles de la muerte de su esposo y las horas previas a su asesinato frente a aquella tapia.

A María Fernández-Grandizo le atormentaba no haber encontrado la forma de que su marido escapara. Se preguntaba una y otra vez si no hubieran podido trasladarse a Madrid en los primeros días de la guerra o si su esposo debería no haberse movido de Cádiz donde su amistad con el gobernador civil podría haberle servido de protección. También guardaba intacto en su memoria aquel “no se descuide” que les espetó a ella y a su marido un desconocido cuando paseaban por la calle poco después de comenzar la contienda.

En las grabaciones no deja de darle vueltas a esa frase y a las decisiones que tomaron cuando empezó la guerra, pero al mismo tiempo justifica el camino que tomó su esposo. En su relato, se empeña en preservar la memoria de Zacarías ante Manuel y su otro hijo, Emilio, con quien María vivió casi toda su vida en Madrid. “Vivía confiado y no por inconsciencia y comodidad sino porque probablemente se atenía estrictamente a lo que la vida le fuera ofreciendo”, le dice a su hijo en una grabación de enero de 1997.

Tras la muerte de su padre y su marido, María tuvo que seguir despidiéndose de los suyos. Poco tiempo después del comienzo de la guerra, envió a Manuel y a su hermano gemelo Emilio al internado Ramiro de Maeztu, en Madrid, ante el ambiente de represión y rencor que asfixió Llerena. La vida les dio un respiro a partir de 1945, aunque no por mucho tiempo. Ese año los tres lograron reunirse de nuevo en Madrid, pero siete años después la policía llamó un día a la puerta de su casa. María, Manuel y Emilio fueron detenidos el 7 de diciembre de 1952 y trasladados a la Dirección General de Seguridad (DGS) por dar cobijo y acudir a algunas de las reuniones de su primo Manuel Fernández-Grandizo, Munis, y sus compañeros trotskistas. En la sede de la DGS, en la Puerta del Sol de Madrid, permanecieron semanas incomunicados. “No volví a saber nada ni de mi hermano ni de mi madre hasta el 1 de enero”, cuenta Manuel.

Emilio Laguna quedó en libertad poco después, a María la condenaron a dos años de cárcel y Manuel huyó de España y fue declarado en paradero desconocido. Aprovechó un permiso para escapar y a partir de entonces, además de la muerte, a María la rodeó el exilio.

“Para que los policías de la frontera no se dieran cuenta de que había mucho peso en la cajuela [maletero], hinchamos las llantas [ruedas] de la parte de atrás un poco más de lo normal. Decidimos pasar un domingo porque pensamos que los guardias iban a estar preocupados por el resultado de la Real Sociedad-Atlético de Madrid. Nosotros solo escuchábamos el griterío de los que estaban siguiendo el partido por la radio”, rememora Manuel Laguna.

Así, con 20 años y sin haber podido acabar la carrera de Letras, cruzó la frontera en el maletero de un coche. Pasó una temporada en Francia, otra en Ciudad de México y acabó en una fábrica de ron de Ciudad Valles, una localidad del Estado de San Luis Potosí de la que apenas sabía nada antes de llegar. Ahora, con 87 años, cuatro hijos, seis nietos y dos bisnietos rebobina en su memoria y repite varias veces durante la entrevista: “Realmente no sé si mi historia tiene algo de particular y le va a resultar útil”. Han pasado 67 años desde que tomó un avión de hélices desde Francia para poner un pie en el continente americano y ya no queda casi rastro madrileño o extremeño en su acento. Aunque España quedó muy atrás en el tiempo, todavía es capaz de viajar ocho horas de autobús para asistir al concierto que el pasado diciembre dio Joan Manuel Serrat en Ciudad de México.

El último cumpleaños de Manuel Laguna

El de 1936 fue el tercer y último cumpleaños que celebró Manuel sin volver la vista al pasado. Al día siguiente de esa celebración comenzó la guerra en España y la persecución a su familia. Estuvo mucho tiempo sin ni siquiera festejarlo y no volvió a soplar unas velas hasta que pasaron bastantes años desde su llegada como exiliado a México.

Sorteaba los 9.000 kilómetros que le separaban de su madre gracias a estos casetes que hubieran quedado almacenados en una estantería de no ser por la digitalización de las cintas con las que la hija de Manuel, Alicia Laguna, junto a la compañía Teatro Línea de Sombra, están montando una exposición en Llerena. Desde Ciudad de México preparan una muestra y una pieza escénica para recuperar la memoria y hablar de “la palabra en tránsito y el exilio”, cuenta.

Las grabaciones permiten colarse en la intimidad de una familia y advertir solo por el cambio en el registro de la voz, la evolución de la vejez en María. En ellas, el día a día de una madre y un hijo se mezcla con las historias de represión del franquismo, cuyas consecuencias María sufrió, no solo hasta 1975, sino hasta el final de sus días: la separación de su hijo se alargó durante medio siglo, aunque se vieron varias veces desde que Manuel llegó a México.

Ese sufrimiento de toda una vida queda reflejado en los casetes que María enviaba hasta San Luis Potosí. La tristeza inundó las grabaciones que luego Manuel devolvía rodeadas de anécdotas y vitalidad. Trataba de tirar del hilo de la felicidad. A pesar del exilio, la cárcel y los fusilamientos. A pesar de que, a partir de 1936, María se fue quedando cada vez más sola. Y estas cintas fueron durante más de 15 años el asidero para tratar de sobrellevar el dolor y tomar impulso para mirar de frente al futuro.

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