Atentados en Barcelona y Cambrils

El héroe olvidado de Cambrils

El ‘mosso’ que abatió a cuatro terroristas del 17-A, con secuelas graves, topa con la frialdad de la administración

El juez Alfonso Guevara durante el inicio del juicio por el atentado terrorista de 2017 en Barcelona y Cambrils (Tarragona) celebrado en la Audiencia Nacional.
El juez Alfonso Guevara durante el inicio del juicio por el atentado terrorista de 2017 en Barcelona y Cambrils (Tarragona) celebrado en la Audiencia Nacional.EFE

Se le ha llamado, tal vez con razón, “el héroe de Cambrils”. Se han escrito, a su pesar, crónicas que ensalzan su trayectoria. Algunas son falsas, como que había sido legionario o que era un experto tirador. Incluso parece que inspiró, en parte, a Javier Cercas para su novela Terra Alta. Pero la realidad del mosso d’esquadra que abatió a cuatro de los cinco terroristas que sembraron el caos en el paseo marítimo de Cambrils la madrugada del 17 al 18 de agosto de 2017 es más prosaica. Y más triste. Si es un héroe, es un héroe olvidado y aplastado por la maquinaria de la administración.

El agente, que aún sufre las secuelas de aquella actuación (depresión, estrés postraumático, problemas para dormir), declaró ayer como testigo-víctima en la Audiencia Nacional, en el juicio por los atentados del 17-A. Su aspecto poco tiene que ver con el de un Rambo. Habla con los brazos cruzados, como protegiéndose. Para alguien cuyo mayor temor es ser reconocido —él solo acabó con la mitad de la célula yihadista de Ripoll y teme represalias— ha sido hiriente tener que declarar a la vista de los tres acusados: Mohamed Houli, Driss Oukabir y Said Ben Iazza, acusados por organización terrorista pero no como autores materiales de la matanza. Su abogado había solicitado para él la condición de testigo protegido, pero el presidente del tribunal, Félix Alfonso Guevara, no lo permitió.

El agente, que no ha sido indemnizado, ha tenido que declarar a cara descubierta

Es el último agravio a un policía que ha padecido la frialdad de una burocracia que no entiende de héroes. A diferencia de la agente que le acompañaba esa noche en la rotonda del club náutico, él no ha sido indemnizado ni reconocido como víctima del terrorismo. La Generalitat, pese a que le condecoró, no ha seguido su evolución. Regresó a la calle, y a los pocos días tuvo una actuación con un individuo árabe, una situación que le superó. No ha podido volver a trabajar. Se ha visto obligado a seguir de baja porque la Seguridad Social no le concede, por ahora, la incapacidad total.

Ajeno a esas circunstancias, el agente explicó con sobriedad, en menos de cinco minutos, una actuación que salvó su vida y, quizás también, la de otros ciudadanos que esa noche de verano paseaban tranquilamente por la turística Cambrils. El mosso y su compañera estaban en un control como parte del operativo de seguridad tras el atropello masivo de La Rambla. Pasada la 1.00, un Audi A3 negro ocupado por cinco integrantes de la célula irrumpió en el paseo. “Encaró hacia nosotros y aceleró a fondo para embestirnos. Solo tuve tiempo de gritar ‘cuidado”. La mossa, que también declaró (protegida) fue arrollada frontalmente.

El Audi A3 volcó, y de su interior salieron los terroristas armados con cuchillos y un hacha que habían comprado en un bazar chino. También llevaban “chalecos adosados al cuerpo”, que el mosso interpretó como reales (más tarde se supo que eran simulados). “Uno de ellos viene hacia mí con un hacha en la mano, gritando Allahu Akbar. Solo me dio tiempo a prepararme y, cuando lo tenía a pocos metros, disparé hasta abatirle. Desconozco cuánto disparé”.

El mosso se había quedado sin munición en el subfusil cuando se percató de que otros tres terroristas se le abalanzaban. “Corro a la derecha, me cuelgo el subfusil al cuello y cojo mi arma reglamentaria. Cuando me giro, los tenía encima. No tuve tiempo más que para abrir fuego y abatir a los tres. Acaba todo, me quedo en shock. No comprendo lo que ha sucedido (…) Lo peor de todo es el sentimiento de culpa”. Mientras lo explica, desde la pecera Driss Oukabir hace aspavientos, se pasa la mano ostentosamente por la cintura, como simulando un cinturón de explosivos. Uno de los jóvenes abatidos fue Moussa Oukabir, su hermano pequeño.

“Los tenía encima. No tuve tiempo más que para abrir fuego“, afirma

El mosso vio a su compañera con el rostro ensangrentado. Aún tuvo la sangre fría de pedir a un ciudadano el teléfono móvil para llamar a emergencias. “Fue la primera llamada que recibimos esa noche”, detalló el mando policial que elaboró los informes sobre aquella noche de terror. “Había gente que se había tirado al agua, confinada en restaurantes, otra tirada en el suelo...”

Ana María Suárez estaba tendida sobre la acera, cerca del Audi A3. Aún vivía cuando llegó el mosso 13941. “Estaba mal. Me recordó a un ser querido y le cogí la mano. Le dije que todo iría bien”. Suárez murió y se convirtió en la 16ª y última víctima mortal del 17-A.

La mossa herida, mientras tanto, había podido avisar por emisora: “¡Atentado, atentado!”. Ella también sufre las secuelas (“lo paso mal al sacar a mis hijos a la calle”) y recuerda aún el “silencio aterrador” de esa jornada. Tras el aviso, de inmediato se activaron los refuerzos. A unos 500 metros del club náutico, uno de los agentes que llegó a toda prisa divisó a Omar Hichamy, que esa noche cayó al suelo tres veces por disparos y otras tantas se levantó. En una de esas, retó con los ojos al policía: “Me mira fijamente y se ríe, grita Allahu Akbar. Con la mirada me dice ‘te voy a matar”.

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