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El PP gallego se pasa a la clandestinidad

En busca de los votos moderados, los populares hacen una campaña personalista y omiten sus propias siglas

Carteles electorales del candidato a la presidencia de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo.
Carteles electorales del candidato a la presidencia de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo.OSCAR CORRAL / EL PAÍS

Hay pruebas irrefutables de que los socialistas, los nacionalistas del BNG o las fuerzas izquierdistas de Galicia en Común se presentan a las elecciones autonómicas del 12-J. Lo atestiguan sin lugar a dudas sus carteles, con los logos bien visibles: la rosa del PSdeG, la estrella roja sobre la bandera de Galicia que distingue al Bloque, la policromía en tonos morados de los aliados locales de Pablo Iglesias. Lo corroboran también los coches con megafonía que, a la vieja usanza, aún recorren los pueblos pidiendo el voto para esas opciones políticas. ¿Y el PP? ¿Dónde está el segundo partido de España, el que ha gobernado Galicia durante 33 de los 39 años de autonomía y que, según todos los sondeos, se encuentra en las mejores condiciones para renovar su mandato el próximo domingo?

Colgadas de las farolas en las grandes avenidas de las ciudades o pegadas en los paneles electorales en las plazas de los pueblos, abundan las fotografías de Alberto Núñez Feijóo. Su nombre y su rostro, todavía con un cierto aire juvenil, copan el paisaje. ¿Pero cuál es el partido del presidente de la Xunta y candidato a la reelección? Al parecer —y como él mismo repite a menudo— solo uno: Galicia. Los lemas de su mercadotecnia lo proclaman con estridencia gráfica, incluso por triplicado (Galicia, Galicia, Galicia, como una especie de juramento) o apelando al orgullo autóctono (Galicia é moito, Galicia es mucho). Un poco más y hasta acaba asumiendo el título del libro de cabecera del nacionalismo gallego, el Sempre en Galiza, de Alfonso Daniel Castelao.

Descubrir en sus carteles las siglas por las que se presenta Feijóo es como someterse a una prueba de agudeza visual ante el oftalmólogo. Allá abajo, en una esquina, se distingue una manchita borrosa. Hay que acercarse mucho para descubrir las alas de una gaviota y, al fin, esas siglas que parecían haberse desvanecido: PP. Ni que votar a Feijóo fuese como firmar un contrato con una compañía de seguros: las malas noticias siempre se dejan para la letra pequeña.

Descifrar a los gallegos, ya se sabe, no resulta fácil. Aquí casi nunca nada es lo que parece. Ni siquiera esa imagen de Galicia como impenetrable feudo conservador que se ha fijado desde hace décadas en el imaginario de la opinión pública española. Para perplejidad de los menos atentos, ahí están los datos de las últimas convocatorias electorales, que han situado a Galicia como uno de los territorios de España más escorados a la izquierda. En las generales de noviembre, fue la cuarta comunidad, tras Cataluña, País Vasco y Navarra, donde las fuerzas del centroderecha en su conjunto obtuvieron resultados más modestos. En las anteriores, en abril, los socialistas ganaron por primera vez en la historia. La izquierda gobierna en seis de las siete ciudades gallegas y en tres de sus cuatro diputaciones provinciales.

Y, sin embargo, —hay que insistir: aquí la lógica siempre es sinuosa— las esperanzas del campo progresista para el 12-J son remotas. La crisis sanitaria reforzó a Feijóo, que ha ocupado durante meses todo el espacio mediático y se ha enfrentado a una epidemia más liviana que en el conjunto de España. Por encima, la izquierda se presenta fragmentada y sin liderazgos fuertes. Justo lo contrario que su rival, quien aspira a abarcar desde votantes de Vox hasta las franjas más moderadas del PSOE. Ante este panorama, Feijóo, maestro en el arte del disimulo, ha decidido mandar al PP a pasar una temporada en la clandestinidad.

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