Siete calas del Mediterráneo dignas de culto

De la cartagenera cala de los Déntoles a la mallorquina S’Amarador o La Rijana, a los pies de la Alpujarra granadina. Pequeñas playas que brillan como gemas por el litoral español

Vista de la cala La Granadella, en la localidad alicantina de Jávea.
Vista de la cala La Granadella, en la localidad alicantina de Jávea.getty images

Las calas han estado relegadas durante los dos años de la pandemia en favor de los arenales kilométricos, pero este verano ya están de vuelta estos deliciosos rincones que tienen para los ojos un encanto sensual. Aquí nos centramos en siete modelos mediterráneos. De tal manera rompen los baremos estéticos, tal es la furia viajera que desatan, que para disfrutar de estas calas españolas será inevitable adaptarse a las restricciones de acceso.

La cala de los Déntoles, en Cartagena, Murcia.
La cala de los Déntoles, en Cartagena, Murcia.Ventura Valero

Senderos a la cala dorada

Cala de los Déntoles, Cartagena (Región de Murcia)

Bajar a la cala de los Déntoles —vulgo Cala Dorada— y sentirse náufrago, es todo uno. Pocos lugares en la costa mediterránea peninsular arrojan una sensación tan clara de soledad y arrobamiento como este paraje recóndito del parque regional de Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila. Entre Punta Negra (vale la pena ir luego a su mirador) y Punta Espada, todo cobra un valor inusitado en estos 40 metros de naturaleza salvaje, en la que no son extraordinarias las huellas que imprimen las tortugas en la arena tras el desove, como advierten diversos carteles. Aquí también quedan restos de actividades mineras, y es preciso extremar las precauciones por las corrientes cuando sopla el viento de levante.

Existen dos formas de llegar. Una, la más cómoda, andando 15 minutos desde el aparcamiento de cala Magre, lo que exige observar las habituales limitaciones de acceso a Calblanque, sea en temporada media (las fechas naranjas, días en los que se cierran los aparcamientos en cuanto se llenan) o en temporada alta (fechas azules —del 9 de julio al 28 de agosto—, transporte solo en autobús público desde el aparcamiento situado a la salida de la autovía RM-12. El precio del autobús, ida y vuelta, es de tres euros).

La alternativa desde cala Reona, unos 40 minutos a pie, resulta más amena y con mejores vistas, también de mayor exigencia. La ventaje es que no existen restricciones que nos condicionen gracias a los 1,9 kilómetros de sendero GR-92. Hay que tomar precauciones, eso sí, a la altura de Punta Barriga, en un tramo en el que hay que sujetarse a una maroma (no es accesible para personas con movilidad reducida y hay que tener mucha precaución con los niños). El regreso gana visualmente al poder observar cala Reona desde las alturas y tener como referente Cabo de Palos y su faro.

La jornada puede finalizar degustando unos caballitos (gambas con gabardina) en Al Lío Beach Club de cala Reona.

Vista desde el mar de La Granadella (Alicante).
Vista desde el mar de La Granadella (Alicante).Guillermo Avello (alamy)

Coto a la masificación

La Granadella, Xàbia/Jávea (Alicante)

La desembocadura de dos barrancos al final de una vieja carretera de montaña la convierten en la cala más refrescante y arbolada de Jávea: un gran parque forestal, generosamente regado por las lluvias del pasado invierno y muy recuperado del incendio que lo asoló en 2016.

La Granadella, dotada con los servicios inherentes a la bandera azul, conserva casas de aire rústico y posee aguas profundas color turquesa, además de una acústica que multiplica el rumor sordo y prolongado de las olas arrastrando los cascajos como en una hormigonera.

A las restricciones de acceso debemos que se haya preservado el disfrute de la cala como antaño, junto con el hecho de establecer turnos de uso a las empresas de kayak (digna de mención es Kayak Granadella, que ofrecen rutas estupendas a la isla de Ambolo y al cabo La Nao, adentrándose en cuevas espectaculares).

En la zona está el restaurante Sur, que acaba de cumplir 63 años y fusionando este 2022 sus tradicionales calderetas de pescado de roca con las nuevas tecnologías; no en vano acaba de enrolar a su plantilla un camarero robot.

En cuanto se completan las 110 plazas de aparcamiento en las calles de la cala se cierra la barrera de acceso. Conviene madrugar, sobre todo los fines de semana.

Vista de cala Estreta, una pequeña playa cerca del núcleo urbano de Palamós (Girona).
Vista de cala Estreta, una pequeña playa cerca del núcleo urbano de Palamós (Girona).getty images

Esencias de la Costa Brava

Cala Estreta, Palamós (Girona)

En el espacio natural protegido entre la playa de Castell y el cabo Roig discurre una guirnalda de caletas vírgenes, respaldadas por pinares, que no hace sino liberar torrentes de endorfinas. Como siempre en estos escenarios fastuosos, se recomienda madrugar para así optar a alguna de las 600 plazas del aparcamiento Castell, en el que se aplican tarifas por minuto, con un máximo de 10 euros al día, entre las siete de la mañana y la una de la madrugada.

Caminaremos luego dos kilómetros por campos de labranza hasta enfilar la escalinata entre pinos vallados que conduce a la Estreta, añejo refugio de contrabandistas dotado con barracón de pescadores. Se cuentan aquí tres pequeñas zonas de baño. La primera, con base de arena y resguardada por un proyecto de tómbolo, da nombre al conjunto. Esa mezcla de roca y arena otorga al agua un color entre turquesa y esmeralda, muy demandado por las familias: una piscina con vistas a las islas Formigues, desde donde las sirenas se acercan a tierra firme la noche de San Juan. El regreso lo realizaremos por el camino de ronda costero (unos 40 minutos), hasta dar con el mirador de la Foradada y los restos del poblado ibérico de Castell. Planazo total.

Para ver desde el mar esta costa virgen, qué mejor que reservar plaza en la excursión guiada en kayak entre la playa de Castell y el cabo Roig, que organiza la recomendable Kayaking Costa Brava.

La cala de La Rijana, en Castell de Ferro. Al fondo, la silueta de la torre de La Condenada.
La cala de La Rijana, en Castell de Ferro. Al fondo, la silueta de la torre de La Condenada.Luis Dafos (alamy)

Safari en paddle surf

La Rijana, Castell de Ferro (Granada)

A los pies de las Alpujarras y de la sierra de la Contraviesa se esconde la playa de La Rijana con todo su poderío acantilado. La mirada queda hipnotizada por los islotes pétreos que ayudan a remansar el oleaje en una orilla mayormente de chinos (guijarros), responsable de la transparencia del agua. Horizontalidad que se ve quebrada por el espolón rocoso que sustenta la ruinosa torre de La Condenada, sobre la que gravita la leyenda de una cristiana cautiva que remite a tiempos de las incursiones de piratas, dado el excelente fondeadero que representaba La Rijana en el mar de Alborán.

El acceso no es un paseo precisamente. Se realiza por un túnel sin luz y con surgencias, no es lo que se diga cómodo y familiar para quien lleve los bártulos a la playa. No es gran cosa, pero criba en favor de los jóvenes que desde 1993 acuden a hidratarse al chiringuito de Antonio Legaza. El desnivel de entrada al mar es bastante pronunciado, y no conviene olvidarse de las gafas de buceo y el tubo respirador. Una estupenda opción la brindan las rutas en paddle surf o kayak que guía Alejandro González por este litoral repleto de cuevas, dentro de las cuales se facilitan gafas de buceo para observar, entre otras especies, coral anaranjado y estrellas de mar.

Cuando se llena el aparcamiento (con presencia de gorrillas), hay que aguzar el ingenio para buscar sitio en la carretera en dirección a Calahonda. ¿Y a la hora de pernoctar? Siempre es buena idea ponerse en manos del matrimonio sueco que gestiona la casa rural El Limonero, en Gualchos, uno de los pueblos con encanto de la comarca.

Panorámica de la cala S'Amarador, en la localidad mallorquina de Santanyí.
Panorámica de la cala S'Amarador, en la localidad mallorquina de Santanyí.mauritius images GmbH (alamy)

Natural a la par que turística

S'Amarador, Santanyí (Mallorca)

La proximidad a los núcleos turísticos de Portopetro y Cala d'Or en modo alguno debe disuadir de conocer las calas de Mondragó, que acaban de cumplir 30 años desde su declaración como parque natural. El Mediterráneo se diluye en azules encalmados, restallantes de luz, en una ensenada con figura de trébol compuesta por tres manchas de arena blanca, finísima. A la cala de S'Amarador se accede tomando el desvío señalizado camino del puerto de Cala Figuera. Así llegaremos al aparcamiento (6 euros al día), distante 300 metros del área recreativa y de la propia cala, arenal que se muestra intocado, salvo por los dos escars (varaderos tradicionales con viviendas en la primera planta) incrustados en la roca, dando color etnográfico. Su vasto cordón de dunas es otro de los notables valores de esta playa de 145 metros de longitud y dotada de chiringuito, socorrista, aseos químicos y papeleras.

Para regresar al aparcamiento interesa tomar el itinerario de S'Amarador (número 4), por el humedal ligado al torrente, con bebederos para la fauna y de cuya diversidad biológica dan muestras fochas, pollas de agua y tortugas de tierra. Por la zona boscosa, que sufrió un pequeño incendio recientemente, aún se conservan las antiguas casetas de roter (para los aperos).

Quizá lo mejor aquí sea hacer acto de presencia por las tardes, cuando el turismo extranjero se marcha a cenar, quedándose un puñado de bañistas que, con suerte, podrán ser testigos del vuelo del águila pescadora.

La cala de Es Bot, en la isla de Menorca.
La cala de Es Bot, en la isla de Menorca.Gonzalo Azumendi (age)

Idilio menorquín

Es Bot, Ciudadela (Menorca)

Pocos la conocen, salvo que se especifique al nombrarla que es la playa más apartada de Algaiarens, uno de los paraísos playeros más seguros y protegidos del viento en el norte de Menorca, y en donde los bosques de pinos y encinas casi besan la orilla. Como siempre ocurre en las calas menorquinas de postín, hay que apresurarse para encontrar plaza de aparcamiento. Dicha información sobre el aforo se difunde en los paneles fijados en las carreteras de acceso a Ciudadela.

Del aparcamiento tomaremos un tramo del Camí de Cavalls, para dirigimos a la playa de Es Tancats, tras la cual hay que bordear a pie un pequeño reborde rocoso (los hay que lo sortean a nado) que de alguna manera esconde la intimidad de la cala des Bot: segura, paradisiaca, donde los contrastes que ofrece con el Mediterráneo y la vegetación forman un cuadro subyugante. Además de dunas de gran porte, cuenta con dos casetas de sa vorera (barracas de pescadores). Importante: no hay que olvidarse de las gafas de buceo y tampoco de fotografiar después la pintoresca desembocadura del arroyo de La Vall, rica en comunidades vegetales endémicas.

Bañistas en cala Saona, en la isla de Formentera.
Bañistas en cala Saona, en la isla de Formentera.Franz-Marc Frei (getty images)

Aguas que hacen levitar

Cala Saona (Formentera)

De estructura cerrada y apoyada en la punta Rasa, la Saona es una de las escasas calas del litoral formenterés, y por ende tradicional refugio de pescadores. De ahí el tipismo de los varaderos de llauts (faluchos) y, al lado, las sabinas secas, en cuyas ramas se oreaba tradicionalmente el pescado. Lo que más capta la atención es, sin duda, la policromía: la transparencia de sus aguas —acierta quien lleve gafas de buceo—, antes que la calidad irreprochable, la pulcra y cuidada arena blanca fina que la alfombra. Para colocar la toalla en primera línea hay que llegar de los primeros, bien es cierto que su vasta anchura —140 metros— da cabida a gran número de bañistas, en especial niños seducidos por el reducido calado de sus aguas. Es de notar que, detrás del restaurante Sol, se eleva un pequeño mirador desde el que se domina las numerosas embarcaciones fondeadas y para las cuales existe servicio de dingui (transporte en lancha a la playa). Durante los crepúsculos, muy concurridos, la luz otorga un tono rojizo que lame estos cantiles de baja altura.

El hotel Cala Saona ha ido a más desde su inauguración en 1954. Ostenta una cuarta estrella y un amplio spa con piscina de horizonte infinito, sin contar que este verano su restaurante Sol Post va a elevar su nivel gastronómico de la mano de los chefs Mauro Rivas y Armard Vidal, con amplia trayectoria en restaurantes con estrella Michelin.

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