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¿Va a acabar la pandemia con las oficinas?

Lo sabíamos, pero había que demostrarlo. Hoy está claro que trabajar no es calentar la silla. La covid-19 nos ha puesto en nuestro sitio

Trabajadoras voluntarias inglesas con mascarillas durante la epidemia de gripe de 1969.
Trabajadoras voluntarias inglesas con mascarillas durante la epidemia de gripe de 1969. Getty Images

La oficina ha muerto. Esa forma vetusta de concentrar y organizar el trabajo llevaba languideciendo al menos un par de décadas y la covid-19 le ha dado el golpe de gracia. La han matado las circunstancias, pero estaba a punto de morir de inercia y de aburrimiento. Es lo que defienden intérpretes de la realidad tan visionarios como la periodista británica Catherine Nixey, autora de un artículo en The Economist dedicado a la defunción de este reducto “del sopor y la rutina convertidos en sinónimo de eficiencia”.

El texto de Nixey parte de una carta escrita en 1822 por un tal Charles Lamb, funcionario de la Compañía de las Indias Orientales, a su íntimo amigo, el poeta William Wordsworth. En ella, confiesa que en la oficina se siente “sepultado entre cuatro paredes, consumido por el tedio”, y que solo aspira a retirarse para “disfrutar de un breve paréntesis de vida entre el trabajo y la muerte, que en el fondo vienen a ser lo mismo”. Partiendo del pesimismo existencial de este oficinista, Nixey traza un retrato despiadado de una institución que nació tras la Revolución Industrial, se consolidó en el periodo entre las dos guerras mundiales y se convirtió en hegemónica en torno a la década de 1950.

La decadencia habría empezado a manifestarse a partir de 1990 y la habrían acelerado las sucesivas revoluciones digitales del siglo XXI. Estos días, la covid-19 ha evidenciado la crisis del modelo. Durante el confinamiento, al menos un tercio de los españoles en nómina han realizado jornadas laborales completas desde casa, demostrando que el ritual de reunir a diario a toda la plantilla en un mismo espacio no es imprescindible y tal vez no sea ni siquiera la opción más eficiente. Laszlo Bock, gurú internacional de los recursos humanos, presume estos días de la alta productividad de su empresa, Humu, durante la pandemia global, algo que atribuye a que “hemos consolidado una cultura de la eficiencia perfectamente compatible con el teletrabajo”. Lo dicho: ¿la oficina ha muerto?

“La oficina atraviesa un periodo de transformación profunda que le permitirá adaptarse mejor a las nuevas necesidades del mercado laboral”, José María Peiró

“Los muertos que ustedes matan gozan de muy buena salud”, bromea José María Peiró, catedrático en Psicología del Trabajo e investigador residente en el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas, “la oficina está atravesando más bien un periodo de transformación profunda que le permitirá adaptarse mejor a las nuevas necesidades del mercado laboral”. Peiró traza un futuro de “jornadas flexibles, tanto en espacios como horarios, y equipos que trabajarán por objetivos sustituyendo cada vez más la cultura del control por la de la cooperación, la implicación y la confianza”. En este contexto, es de prever que “seguirá existiendo un espacio físico de reunión y puesta en común de proyectos y objetivos, pero lo que cada vez tiene menos sentido y va camino de desaparecer es el profesional anclado a su escritorio con un horario rígido y sometido a jerarquías abusivas y normas arbitrarias que atentan contra su bienestar, su salud y su productividad”. Es decir, que lo que está en vía de desaparición son “los aspectos más nocivos de la cultura de oficina”, empezando por “los espacios hacinados, poco confortables y no optimizados desde el punto de vista energético”.

Peiró cree que nos asomamos a un mucho más estimulante futuro de “oficinas paisaje (landscape offices), con espacios abiertos, áreas comunes de reunión o relax, confort y gasto energético optimizado”. En ese contexto, trabajo a distancia y periódicas reuniones en esta nueva área común tenderán a coexistir “en el marco de una nueva cultura de la flexibilidad y la confianza en la organización de equipos”.

Ángel Elías, decano de la Facultad de Relaciones Laborales y Trabajo Social de la Universidad del País Vasco, prevé que la existencia o no de futuras pandemias que lleven a nuevos periodos de aislamiento forzoso serán las que determinen el ritmo al que se seguirá generalizando el teletrabajo. “Pero las oficinas seguirán existiendo, al menos, durante una fase intermedia”. Para Elías, el coronavirus ha acelerado un proceso que ya se estaba produciendo, al generalizar “el uso de herramientas y formas organizativas que anteriormente habían sido poco practicadas”.

Sin embargo, en opinión del decano, “también ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad del actual sistema económico basado en las reglas del mercado, donde la deslocalización ha impedido dar respuesta a necesidades urgentes. Además, la aparición de la covid-19 ha demostrado que caben otras formas de organización que permiten superar la situación de emergencia climática en que nos hallamos”.

“Desarrollar un vínculo con una mesa de trabajo y sentir que eso da sentido a tu vida puede ser enfermizo”, Jesús Castells

Pese a todo, considera que España no está preparada para teletrabajar de manera masiva: “Muchísimas empresas no tienen los medios adecuados y, especialmente, muchas personas no cuentan con las condiciones para realizar los trabajos desde sus hogares, tanto por la inexistencia de espacios adecuados en los mismos como por la imposibilidad de concentrarse y atender debidamente el trabajo, al convivir con otras personas”. Elías advierte, además, que “los humanos somos seres sociales y las personas necesitamos sentirnos parte de un equipo, para lo que la coincidencia en el lugar de trabajo es muy importante”.

Jesús Castells, autor de irreverentes ensayos sobre el mercado laboral, la brecha digital y los recursos humanos como Josdeputaaa! Me han echao o Emprender a hostias, se siente un pionero “a su pesar” de la transición de la cultura de oficina a la del teletrabajo: “Soy uno de tantos profesionales mayores de 45 años que se cayeron de la rueda y tuvieron que reinventarse en precario. Ahora ejerzo de analista y de mentor de profesionales que quieren reorientar sus carreras y, además, soy padre y marido a tiempo completo, lo que me llena de orgullo, aunque a veces sienta un vacío en el estómago al consultar mi cuenta corriente”.

Castells extraña la interacción social que le ofrecían las oficinas, pero considera que “el futuro pasa por crear proximidad a distancia, sentirte parte de un equipo aunque sus integrantes estén dispersos y, sobre todo, no perder de vista que tu entorno laboral no es un edificio, sino una serie de gente”. Para Castells, “desarrollar un vínculo con una mesa de trabajo y sentir que eso da sentido a tu vida puede ser enfermizo, compartir proyectos e ideas con otras personas es lo que de verdad da una dimensión humana al trabajo y hace que pueda ser fértil y enriquecedor”. De su etapa de directivo en varias multinacionales, dice, solo añora una cosa: “La nómina”.

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