Columna
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Ángeles

Me abruma que el cretinismo puritano de sacristanes y petardas alcance definitivamente estatura universal

Plácido Domingo, en una imagen de diciembre de 2019.
Plácido Domingo, en una imagen de diciembre de 2019. Mònica Torres

Fueron probablemente sus abogados los que aconsejaron a Plácido Domingo que asumiera sus responsabilidades y lamentase los sufrimientos que su comportamiento en el pasado hubiera podido causar, con el fin de cerrar de una vez el remolino de acusaciones contra él. Mala idea, porque la consecuencia que sacó la mayoría fue que se declaraba por fin culpable. ¿De qué? Según reza el informe de sus fiscales del AGMA, “desde el flirteo hasta proposiciones sexuales, dentro y fuera del ámbito de trabajo”. Graves indecencias, sin duda (sobre todo el flirteo, vicio copiado de las comedias de Doris Day), pero no delitos. El gran tenor se porta mal con las mujeres, le falta comedimiento y puede que humildad. Se considera irresistible y a muchas les resulta inaguantable (no es el primero al que le pasa). Podemos creer hoy en la sinceridad de su arrepentimiento, dada la que le ha caído encima... y su edad, ya apaciguadora.

Invocando esos malos hábitos, el Ministerio de Cultura, que rige el teatro de la Zarzuela y el Real, ha rescindido los compromisos que tenía para próximas actuaciones. Sorpresa: no contrataban a Domingo por su voz, sino también por su moralidad. Quizá para La traviata dudaron entre él y el padre Ángel, que canta algo peor, pero se porta mejor con las chicas. ¡Qué Ministerio más completo, de Cultura, Deportes y Buenas Costumbres! ¿Se centrará su vigilancia solo sobre temas galantes o se extenderá a otras formas de impiedad religiosa, estética o higiénica? ¿Se husmeará también la bragueta de los futbolistas o se ceñirán al género lírico... masculino, claro? Algunos lamentan que acabe así la trayectoria del tenor más genial del último siglo. Lo que a mí me abruma es que el cretinismo puritano de sacristanes y petardas alcance definitivamente estatura universal.

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