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Energética

Que la publicidad apele a sentimientos individualistas como si los seres humanos viviésemos dentro de bolsas fetales herméticamente cerradas no me sorprende

Una mujer compra productos en un supermercado de Brooklyn.
Una mujer compra productos en un supermercado de Brooklyn. EFE

Me encantan los anuncios. Cuando era pequeña, mis programas preferidos eran los anuncios y las novelas de sobremesa. Señoras y señores —para que luego digan que lo del lenguaje inclusivo es nuevo—. Los electroduendes me pillaron precozmente antiintelectual y quizá un poco pedo. Poetas y publicistas comparten el uso de figuras retóricas. Lo malo es cuando quienes escriben poesía se empeñan en hacer publicidad —digo el pecado, y punto—, y las gentes de la publicidad frecuentan la poesía política para vender viento, fuego, aire. Energía. Las y los publicistas venden como si no vendieran: practican activismo y filantropía. Entonces comienzo a calibrar el carácter poco inofensivo —ofensivo— de repeticiones, retórica y músicas pegadizas: “Yo no soy Martín Luther King, yo no inventé el método Montessori, yo no me planté delante de un tanque…”. A los “pecados” por omisión le sigue la declaración orgullosa de que… “pero yo también puedo cambiar el mundo”.

Que la publicidad apele a sentimientos individualistas como si los seres humanos viviésemos dentro de bolsas fetales herméticamente cerradas no me sorprende; tampoco me sorprende que los cambios históricos se asocien a la heroicidad personal. Sin embargo, que yo no sea Martin Luther King me trae a la mente que tampoco voto ni milito en un partido ni en un colectivo feminista, ni me manifiesto ni me autoinculpo ni pago la cuota de un sindicato ni hago huelga y, además me cabreo si la huelga me retrasa, ni intento bloquear un desahucio ni enseño las tetas en una capilla ni escribo con mis vecinas las historias de mi calle ni compongo canciones protesta en forma de rap, trap, reguetón u Orfeón Donostiarra, y además todas las personas que hacen estas cosas me parecen desfasadas y aborregadas. Soy zoon-zoom politikon, animala inquieta, no por mis minutos de silencio ante las víctimas de violencia machista, las indignidades salariales o el desmantelamiento de lo público, soy animala inquieta por mis firmas virtuales y mis opciones de consumo. Detecto un modo más integrado y controlable en esta forma de participación política: comer palitos fabricados con una medusa invasora —yo voy y me lo creo—, comprarse un coche de bajo consumo que cuesta un riñón, beber refrescos “sociales”, vivir en una casa de madera, consumir gas de la impoluta compañía Luz del Día Ave María. Para ser un zoon politikon y una animala inquieta necesito tener la cartera llena de pasta y estar dispuesta a gastar. Respeto los grupos de consumo que se lo curran poniéndose directamente en contacto con cooperativas alimentarias, sacrificando sus horas de ocio, trabajando comunitariamente y activando aquello de “este encontró un huevo, este lo cascó, etcétera”, pero yo ya estoy muy maleada. Interpelo a las personas que, como yo, aún compramos en esas grandes superficies que, en las encuestas de satisfacción, preguntan a su clientela si sus repartidores huelen bien. Interpelo a quienes creen que se politizan por cambiar de compañía de gas. Tal vez la pregunta sea quién se lucra y trapichea con los recursos naturales, a través de qué fórmulas de connivencia gubernamental y por qué nos hacen pagar por lo que no se debería poder vender.

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