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Maltrato digital

Los ancianos que no pueden o no saben o no quieren aprender el nuevo alfabeto y no tienen ni tienen por qué tener quién les enseñe, también existen

Una pareja de ancianos utiliza un cajero automático.
Una pareja de ancianos utiliza un cajero automático.

Mi abuela Gabina gastaba firma digital antes de inventarse. Firmaba con el dedo, vamos. Con el índice de la diestra, concretamente, porque, aunque era zocata perdida, esa era la yema que, entintada y estampada donde fuera preciso, le servía para demostrar que era ella y no otra. Analfabeta por razón de su sexo, su cuna y su tiempo, mi yaya no pudo, o no supo, o no quiso alfabetizarse de adulta. Quizá porque siempre tuvo quien le escribiera las cartas y le leyera los letreros, y se defendiera sola con los números. Así que, cuando iba al banco a cobrar su pensión de viuda, firmaba el recibo a dedo con esa mezcla de vergüenza y amor propio con la que anduvo por la vida. A tal fin, guardaba cual alhaja en cofre una almohadilla de caucho, un pote de tinta y un tampón secante en una funda de ganchillo que había tejido adrede y que llevaba consigo al fin del mundo. Ay, Gabina: te estoy viendo. Cómo te gustaba visar un papelote, aunque no entendieras una sílaba, o igual por eso. Hasta aquí la nostalgia. Salvo a ella, no añoro nada de aquello: describo.

Pienso en Gabina cuando veo a tantos ancianos obligados a entender y pagar Internet y un móvil inteligente para manejar su propio dinero o quedar con su médico. Ciertos bancos lisonjean en sus anuncios a esos mayores digitales sin enfermedades ni limitaciones ni, casi, arrugas en el cutis. Haberlos, haylos. El otro día iba un AVE a Valencia llenito de ellos mirando en Google dónde bailar bachata. Pero los otros, los que no pueden o no saben o no quieren aprender el nuevo alfabeto y no tienen ni tienen por qué tener quien les enseñe, también existen. Mi yaya firmaba con el dedo ante un cajero de carne y hueso. Los nuevos analfabetos, ni eso. Malviven en un sistema que les ignora y les maltrata. Yo que los banqueros pensaba en ellos. Llevan décadas lucrándose con sus cuartos. Les deben servicio y respeto. No esperar a que se mueran.

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