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La política es hoy...

Un hobby; publicidad con dinero público; cinismo; guerra cultural más protocolo; terapia; Pork barreling, o qué hay de lo mío y, sobre todo, es poder

El Congreso de los Diputados, durante la Sesión Constitutiva de la XIV Legislatura.
El Congreso de los Diputados, durante la Sesión Constitutiva de la XIV Legislatura.

Un hobby: Es un consumo de entretenimiento con ínfulas y un consumo de indignación.

El melodrama de la política tiene la profundidad del Mar Menor, pero conserva un halo de respetabilidad. El “hobbismo” político satisface las necesidades emocionales o intelectuales del espectador politizado.

Publicidad con dinero público: Los partidos políticos son consultorías de comunicación y reputación. No hay diferencia entre la estrategia comunicativa de una empresa y un partido político. En la cumbre del clima celebrada en Madrid en noviembre era difícil encontrar diferencias entre la publicidad institucional y la privada.

El emprendedor político contemporáneo construye su marca personal en el espacio público. No solo ha de competir con otros emprendedores políticos sino con otros muchos personajes en una economía de la atención. Su principal competidor no es necesariamente otro político sino Netflix, El Hormiguero y los memes. Su objetivo principal es no perder su presencia.

Cinismo: Las contradicciones se olvidan rápido. Nadie hace caso al factchecking ni a la hemeroteca, solo los periodistas. Y nadie hace caso ya a los periodistas. La rendición de cuentas convencional no funciona. Pedro Sánchez sabe que gana más rechazando preguntas de los periodistas (como tras el anuncio de su pacto de gobierno con Unidas Podemos) que arriesgándose a cometer un desliz. Es posible ganar elecciones ignorando a la prensa. Boris Johnson lo sabe.

Poder: El poder es el principio y el fin de la política. Lo demás es idealismo o policies (políticas públicas), que son el dominio de burócratas y tecnócratas. Las convicciones y la ética de la responsabilidad son cosa de activistas y anuncios de campaña. La política es la búsqueda desnuda y explícita del poder. Con ese poder se pueden hacer muchas cosas, pero eso no es responsabilidad del político sino del burócrata. Para garantizar el poder, hay que extenderlo y delegarlo. Un partido político en el gobierno es también una agencia de colocación: el nepotismo no es corrupción si mi cuñado o mi antiguo asesor son realmente buenos para el puesto. También hay que tener mucha cintura. El poder no atiende a ideologías.

Guerra cultural más protocolo: La política es hoy una mezcla de propaganda e histeria mediática, polarización identitaria y procedimientos institucionales solemnes y a menudo anticuados. El resultado es un cóctel de modernidad y posmodernidad: los actores interpretan papeles de Beckett en el Teatro de la Zarzuela.

Terapia: La política, más allá del parlamentarismo y de la búsqueda del poder, es el instrumento para hacer públicas las pasiones privadas. La politización de lo privado es un tipo de narcisismo aceptado. El narcisista político no busca el poder sino que aspira a construir su identidad en público. Las redes sociales le ayudan.

Pork barreling, o qué hay de lo mío: La política estatal convertida en una suma de chantajes regionales. El mejor ejemplo lo dio el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, que amenazó a Pedro Sánchez así: “Si en 15 días no aparece en el BOE la licitación del tren, no hay voto.”

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