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De premio, humillación

No existe nadie con talento que no haya cometido errores en su oficio

El bioquímico Carlos López Otín, en un hotel de Madrid, en abril.
El bioquímico Carlos López Otín, en un hotel de Madrid, en abril.

Nadie sospecha de los premios cuando los recibe. El halago a la propia vanidad impide una mirada levemente crítica sobre ellos. Hay muchos que consisten en asociar el prestigio de una persona a cierta institución, banco, localidad o marca. Si en Zoquete de Arriba premian a Nelson Mandela, lo que están es premiándose a sí mismos. Por eso, cada vez más, los galardones exigen en la letra pequeña que el ganador acuda a la entrega. La sesión de fotos es imprescindible para el proceso de apropiación consentida. No se podía esperar menos de una sociedad de consumo. Te compras una persona y su prestigio. Todo este prolegómeno sirve para evidenciar el asco que provoca la lectura en profundidad de la noticia por la cual la revista Nature retiraba su premio al científico Carlos López Otín. La distinción concedida en 2017 al bioquímico español lo consagraba como “líder ejemplar del laboratorio” y estaba dotada con la cantidad de 5.000 euros. Poco dinero para la prosopopeya del enunciado, pero la revista reparte certificados de excelencia.

Tras un proceso largo y cuajado de elementos demasiado sospechosos, incluida la muerte de todos los ratones de su bioterio en el laboratorio de la Universidad de Oviedo, 18 de los 97 artículos publicados por López Otín y su equipo y analizados por la revista han resultado tener problemas en las imágenes. El jurado que concedió aquel premio no ha sido reunido de nuevo, sino que la revista ha preferido sacudirse de encima al galardonado, eso sí, dejando por escrito en su decisión que no debe interpretarse como una crítica a las investigaciones del científico. Entonces, ¿cómo debe interpretarse? Tan solo como el proceso inverso a la concesión. ¿Yo atrapo a alguien cuyo prestigio me interesa y lo humillo públicamente cuando asociarme con él puede perjudicarme? En el mundo comercial esa actitud se conoce como la de usar y tirar. En las relaciones humanas se reduce a tratar a las personas como perdices en cacería. Sin analizar en profundidad la esencia profesional del asunto, nos concierne la vertiente humana.

Si de lo que hablamos es de errores y jamás trampas, entonces nos encontramos ante una decisión tan turbia como desgarradora. No existe nadie con talento que no haya cometido errores en su oficio. Una vez, Billy Wilder me confesó que le seguía atormentando una secuencia de El apartamento que consideraba fallida. No corrieron por ello a quitarle el Oscar. Es más, los fracasos son el nutriente de todo acierto mayúsculo. Hay algo repugnante en toda esta historia, porque apunta hacia la destrucción profesional de un investigador objetivamente valioso. Dicen los que conocen el territorio que Juego de tronos es una película de Disney al lado de las cuchilladas y las inquinas criminales que tienen lugar en algunas facultades. Pero si nos dan a elegir entre una revista que sirve de escaparate científico y los avances que se logran a pesar de zancadillas y carencias, no tenemos dudas, nos quedamos con lo segundo. Por puro egoísmo. Dependemos de quien arriesga y se esfuerza, entre ensayos y errores, porque sin ellos no hay avance posible. Los premios, las vanidades, el reconocimiento masivo son accidentes laborales. En todo este baile de pasar de ser honoris causa a persona non grata hay alguien que sale siempre indemne: el que exprimió el limón de los demás para la foto y lo tiró cuando ya no le servía.

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