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Cuando un escritor hipertímido se vuelve personaje de ‘Sálvame’: “Me he convertido en un idiota”

Un periodista de ICON escribe un libro sobre Malú y le reclaman en ‘Pronto’, ‘¡Hola!’, 'Viva la vida', 'Semana', 'Socialité'... Aquí cuenta su periplo por los medios del corazón

salvame
El autor de este reportaje, Miguel Ángel Bargueño, con Lydia Lozano, coloboradora de 'Sálvame'. Para él era la primera vez; ella ha perdido la cuenta.

En una escala del cero al 10, mi nivel de popularidad es de menos uno. Me dedico al periodismo musical, con eso lo digo todo (aunque en los últimos tiempos escribo de lo que me echen). Me conocen mi familia y mis amigos, que son pocos. Y, sin embargo, aquí me tienen: en la sala VIP de Sálvame, el buque insignia televisivo de la información rosa, esperando a que me entrevisten. Dos días antes he salido en ¡Hola! y Semana. Me han hecho un vídeo para Socialité y el sábado siguiente salgo en Cazamariposas y en Viva la vida. El lunes me otorgan tres páginas con foto en Pronto. El motivo: he escrito un libro sobre Malú, personaje codiciado por los medios del corazón. A lo largo de una interminable semana me siento desubicado, histérico, con el ego ciertamente musculado y lo suficientemente crecido como para rechazar entrevistas de medios menos relevantes. O lo que es lo mismo: me he convertido en un idiota.

"A lo largo de una interminable semana me siento desubicado, histérico, con el ego ciertamente musculado y lo suficientemente crecido como para rechazar entrevistas de medios menos relevantes. O lo que es lo mismo: me he convertido en un idiota"

Doy un sorbo a mi café y, cuando lo dejo en la mesa, me tiembla tanto la mano por los nervios que derramo unas gotas en el pantalón. Bravo. Entrevista en Sálvame con lamparones. En la sala VIP me presento a una estilizada jovencita también invitada que se anuncia como “Penélope”. Con disimulo, indago en Google a ver si está aquí por haber salido con Paquirrín o con Antonio Tejado. No tarda en desmontar mi estúpido prejuicio. Resulta que ha venido —con otra modelo, igual de joven e incluso más estilizada— a realizar un desfile de vestidos de novia ante Belén Esteban, que se casa. “Nosotras no tenemos que hablar, ¡menos mal!”, exclama Penélope. “Mierda, yo sí —digo—. ¿Creéis que si me cambio por alguna de vosotras lo notarán?”, pregunto. Absortas en sus móviles, me ignoran.

Me ha traído aquí un dicharachero chófer a bordo de un Audi. He aprovechado para hacerle una pequeña entrevista. Me cuenta que lleva 13 años llevando famosos al programa (debo de ser la excepción), y que su primer servicio fue todo un reto: recoger a Isabel Pantoja y su séquito. “¿Y cómo son los friquis que van al programa?”, le sondeo. “Bah —responde quitándole importancia—. Fuera del estudio dejan su show y son gente normal”. Al término del trayecto estoy a punto de sacar la cartera y preguntar: “¿Qué le debo?”. En vez de eso, y en un gesto que me delata como novato, le doy la mano, las gracias y no le doy un beso porque la distancia lo impide.

Nuestro 'infiltrado' en la prensa rosa junto a Emma García en el programa 'Viva la vida', de Telecinco.
Nuestro 'infiltrado' en la prensa rosa junto a Emma García en el programa 'Viva la vida', de Telecinco.

Estoy hecho un flan, y aterrado, pues temo que los colaboradores (estarán Kiko Hernández, Lydia Lozano, Mila Ximénez y Antonio Tejado, entre otros; ese día el programa lo presenta Carlota Corredera) se me echen encima cual jauría, y cuando les diga que mi libro habla sobre todo de música me espeten: “¡Pues vaya mierda de biografía!”. Convencido de que haré el ridículo, he rogado a mis allegados que no me vean; ruego que, luego sabré, no es atendido. Mi amigo Luismi se ha enterado y me manda mensajes de ánimo. Me tropiezo en un pasillo con Belén Esteban, quien se interesa por mi libro. Cruzamos dos palabras, y pienso en hacerme una foto con ella, pero para entonces ya se ha dado la vuelta, y brincar y perseguirla se me antoja una coreografía innecesaria.

"Doy un sorbo a mi café, y cuando lo dejo en la mesa me tiembla tanto la mano por los nervios que derramo unas gotas en el pantalón. Bravo. Entrevista en 'Sálvame' con lamparones"

Por suerte, un ángel de la guarda me acompaña desde que llego hasta que abandono las instalaciones y lo hace todo mucho más fácil. Perfectamente consciente de mi estado de tensión, Elena, redactora, no deja de tranquilizarme y de asegurarme que solo me van a preguntar por la faceta musical de la cantante (como he exigido) y, a lo sumo, por lo que he podido deducir de su personalidad. La llegada al plató es la culminación de un alambicado maratón de ocho llamadas en 24 horas. A la tercera, Elena ya solo decía: “Soy tu pesadilla”, a lo que yo respondía: “Hola, Elena”. Y no se tomaba del todo mal que la identificara con un mal sueño.

El trajín telefónico se debe a que durante un amplio margen de tiempo la entrevista no está confirmada: desde el departamento comercial de Telecinco deben autorizar que se hable de un libro por cuya aparición la editorial no paga. (De hecho, aclaro, en todo este periplo de turista accidental por la prensa del corazón no veo un duro, pues estoy de promoción).

Me bajan al plató y aguardo en una esquina. En la pausa de publicidad, supongo que la presentadora y los colaboradores, entre bambalinas, me darán la bienvenida, pero en su mayoría solo interactúan entre ellos (y con sus móviles). Lydia Lozano se acerca y me asesta un sorprendente: “¡Hombre, cuánto tiempo!”. No la he visto en mi vida. Al advertir mi confusión, se justifica: “Nos conocimos hace tres años, creo, en la presentación de un libro…”. Estoy seguro de no haberla tratado jamás, aunque me parece de lo más agradable y cordial. Mila Ximénez también me saluda. En vista de que el resto pasa de mí, me lanzo a saludarlos yo, claramente para caerles bien y que no me despedacen.

"Me tropiezo en un pasillo con Belén Esteban, quien se interesa por mi libro. Cruzamos dos palabras, y pienso en hacerme una foto con ella, pero se ha dado la vuelta, y brincar y perseguirla se me antoja una coreografía innecesaria"

Contra pronóstico, la entrevista sale bien. Me sientan entre mi amiga Lydia Lozano y la presentadora. Las preguntas se ciñen a lo pactado, y las bromas y los piques entre ellos sirven para que me relaje. En un momento dado, Kiko Hernández me dice: “Usted escribe en EL PAÍS, ¿no? Seguro que jamás se le había pasado por la cabeza que iba a estar aquí rodeado de gente como nosotros”. Respondo: “Me puedes tutear”. Una vez concluida mi intervención, Elena me conduce a una azafata que a su vez me deposita en el asiento de atrás de otro coche que me lleva a casa.

La mañana de mi comparecencia en Sálvame me llaman de Cazamariposas. La redactora me pregunta 15 veces lo mismo, de formas diferentes (quiere saber cómo puede afectar a la carrera de Malú su relación con Albert Rivera) y yo le doy 15 veces la misma respuesta, lo que convierte la charla en algo parecido a un texto de Mihura. Cada vez que detecta que me desvío, me interrumpe sin miramientos. Como colofón, inquiere: “¿Crees que Malú puede renacer después de esto?”. Irritado, contesto: “No, no puede renacer porque no está muerta”.

Pruebo la medicina de cierto tipo de prensa rosa. En la entrevista grabada para Socialité comento, quizá torpemente: “Puede que Malú no sea la mujer más simpática de mundo, pero es un mecanismo que se ha creado para hacerse respetar en la industria de la música, donde es fácil que a una mujer, que ha empezado además siendo niña, se la intente manipular”. Para manipulación, la de que yo soy objeto. Una vez editado, en el vídeo solo digo: “Puede que Malú no sea la mujer más simpática del mundo”. Quedará para la posteridad que he llamado borde a Malú.

En un hueco entre llamadas de Elena atiendo por teléfono a un redactor de Pronto. Tiene la voz que uno imagina que debe de tener el clásico periodista de Pronto que lleva en la revista desde 1976. Como casi todos, intenta llevarme al huerto del morbo, y me resisto como puedo. Parece más interesado que otros en hacer un buen trabajo. A diferencia de Semana, que ilustra la entrevista con la foto más horrible que me he hecho jamás (¡gracias!), sacada de Internet, el reportero de Pronto me informa de que quieren hacerme una sesión. En efecto, al día siguiente estoy posando en la calle intentando a la vez no guiñar los ojos por el sol y meter barriga. Cuando se publican compruebo que solo he conseguido lo primero.

El periodista de ICON y autor de la biografía no autorizada de Malú durante una entrevista que concedió al programa 'Cazamariposas'.
El periodista de ICON y autor de la biografía no autorizada de Malú durante una entrevista que concedió al programa 'Cazamariposas'.

Culmino la semana loca el sábado en Viva la vida, también en los estudios de Telecinco. Por la mañana me compro una camisa para la ocasión, que incluso me encargo de planchar con primor para quitarle los dobleces. Pero la visita a este programa me convence de lo idílica que ha sido la de Sálvame. Esta vez me sueltan en un camerino de tres por tres en una segunda planta y ahí me dejan una hora, solo. Pasados 20 minutos, me tumbo en el sofá. Apago la luz. Me echo la siesta. De tal modo que cuando aparezco en directo, luzco una camisa nueva más arrugada que si la hubiera estrujado adrede. Respondo siguiendo mi discurso preelaborado las dos preguntas que me dirige Emma García, la presentadora, pero acto seguido los colaboradores (solo conozco a Luis Rollán, Carmen Borrego y el paparazi Diego Arrabal) se enzarzan en una trifulca verbal entre ellos que me deja en un papel de mero espectador. Lo cual, en cierto modo, agradezco.

Mi guasap bulle. Se acumulan mensajes de gente que me da una visión positiva de estos acontecimientos. Una compañera de trabajo me dice que salgo bien en la tele; mi amigo Miguel me transmite que doy estupendamente en cámara; una prima mía emplea la palabra “atractivo”. Empiezo a caminar más erguido por la calle, y a escrutar miradas en el supermercado en busca de fans.

Siempre he detestado la arrogancia. Estoy perdiendo la cabeza. En mitad de la semana, el responsable de una página web de libros me pide una entrevista. ¡Una web de libros! Sopeso su limitada audiencia y me escucho dándole largas. Pero la tontería me dura dos días, el tiempo que tardo en poner de nuevo los pies en la tierra. Le escribo un mail pidiéndole disculpas y poniéndome a su disposición.

Afortunadamente, ha sido una aventura pasajera.

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