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Primarias contra democracia

Si en un Estado democrático los partidos son los sujetos efectivos de la acción política, debe preocupar el ejercicio de la democracia en su interior porque afecta a la democracia en todo el Estado

Pablo Casado junto a su esposa, Isabael Torres, tras ser proclamado presidente del PP, el pasado julio.
Pablo Casado junto a su esposa, Isabael Torres, tras ser proclamado presidente del PP, el pasado julio.

Si en un Estado democrático los partidos son los sujetos efectivos de la acción política, debe preocupar el ejercicio de la democracia en su interior porque afecta sustancialmente a la democracia en todo el Estado. Sin partidos no hay democracia posible, pero sin partidos democráticos tampoco. Ese es el grave problema de nuestras democracias.

Pero este problema no tiene soluciones sencillas y hay que andar con tiento cuando parece que las hemos encontrado. Fue el caso, hace unos años, de las elecciones primarias para designar a los altos cargos de los partidos y los primeros puestos de las candidaturas electorales. Primero empezaron a practicarlas algunos partidos, hoy ya son todos o, al menos, las cuatro principales fuerzas políticas a nivel nacional. ¿Ha mejorado con ello la democracia en los partidos? No, en absoluto, a mi modo de ver ha empeorado debido, precisamente, a las primarias. Veamos la razón.

La democracia presupone elecciones, sin elegir a los cargos, en este caso de un partido, no hay democracia. Eso es evidente. Pero para que pueda hablarse de democracia hay otro elemento sustancial: el control y la rendición de cuentas de los elegidos ante quienes les han designado.

En las primarias se procede a elegir un líder pero, muy difícilmente, este líder rinde cuentas a sus electores. ¿Por qué? Porque la relación se establece entre el líder y quienes le han elegido, sin órganos intermedios que encaucen y filtren esta relación. La estructura de un partido que elija por primarias a su líder es lo más parecido a una dictadura: el líder (caudillo) sólo dice obedecer al mandato que ha recibido de los afiliados (pueblo), pero éstos tienen muy poca capacidad de hacerle llegar su opinión durante su mandato, controlarlo y exigir responsabilidad por sus actos. El líder ya se ha encargado de crear una estructura burocrática a su alrededor, escogida por él, que lo hace inaccesible. Ha sido elegido desde abajo, pero una vez ha llegado arriba no debe dar razón de sus actos hasta una nueva elección. Tiene legitimidad de origen, pero no de ejercicio.

Antes, entre ese líder y los simples afiliados había un conjunto de órganos intermedios en donde, mejor o peor, se discutía el rumbo del partido, sus decisiones y la idoneidad de la dirección. Había lo que podría denominarse una democracia parlamentaria, indirecta, con sus órganos donde se expresaban corrientes diversas y se debatían todo tipo de cuestiones. Ahora, con democracia directa, hay obediencia ciega, no se puede ni chistar: los de abajo no tienen donde discutir, la cúpula decide sin consultarles y, a la vez, arropa al líder supremo. Hemos perdido en democracia interna: ha ganado Rousseau y ha perdido Montesquieu. A la vista está.

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