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DÍA MUNDIAL DE LOS REFUGIADOS

Tras la limpieza étnica, las enfermedades acechan a los rohingya

Epidemias y supersticiones son una amenaza para el millón de personas que se hacina en los campos de Bangladés, afectados también por violencia machista, trata de personas, y tráfico de drogas

Un médico de MSF inspecciona la espalda de un niño con varicela en presencia de su padre. Ver fotogalería
Un médico de MSF inspecciona la espalda de un niño con varicela en presencia de su padre.

Ya hace 10 días que nació la hija de Hasina, pero todavía no tiene nombre. Quizá su familia esté esperando a confirmar que va a seguir con vida para dárselo, porque su situación es crítica. Nació afectada por una restricción del crecimiento intrauterino y todavía pesa solo 1,2 kilos. Los médicos son relativamente optimistas porque ha ganado 200 gramos en los últimos días y, si alcanza el kilo y medio, aseguran que su pronóstico mejorará notablemente. “La dificultad radica en convencerles de que se queden en el centro, porque muchas madres carecen de ayuda y tienen que regresar a sus chabolas para cuidar del resto de la familia”, explica Housna Ana Begum, una de las doctoras del hospital que Médicos Sin Fronteras (MSF) gestiona en Goyalmara, frente a los campos de refugiados para ciudadanos de la etnia rohingya de Bangladés.

Afortunadamente, la tercera hija de Hasina ha acabado en este centro y está en buenas manos. Pero los sanitarios reconocen que incluso aquí la mortalidad de los bebés que llegan con estas dolencias oscila entre el 20% y el 30%. “Nos han llegado prematuros de solo 900 gramos y los hemos conseguido sacar adelante, pero no siempre es posible con los medios que tenemos a nuestra disposición”, reconoce Begum. Y la infraestructura sanitaria es mucho peor dentro de los campos de refugiados, que acogen a casi un millón de personas que escaparon de la limpieza étnica impulsada por el ejército de la vecina Myanmar, como hizo Hasina en agosto de 2017.

Buen ejemplo de ello es el minúsculo y destartalado centro de salud primaria del campo número 13, donde un joven enfermero hace lo que puede para satisfacer las necesidades del torrente de pacientes que le desborda. “Ahora tenemos muchos casos de varicela, algunos de difteria, y la diarrea aguda de siempre —el eufemismo que utilizan para referirse a los brotes de cólera que Bangladés se resiste a reconocer como tales—. Pero nos faltan medicamentos y personal, y en estas condiciones de hacinamiento es imposible tener éxito con los programas de prevención”, se queja el sanitario, Shafiqul Islam.

Los métodos rudimentarios para cocinar provocan humo y agudizan los problemas respiratorios. ver fotogalería
Los métodos rudimentarios para cocinar provocan humo y agudizan los problemas respiratorios.

Es fácil entender por qué las enfermedades se extienden como la pólvora entre los rohingya. Los campos de refugiados son una sucesión infinita de chabolas construidas con bambú, planchas metálicas, y plásticos de todo tipo. El terreno, caracterizado por suaves colinas que apenas dejan superficie llana, hace que unas estén erigidas de forma precaria sobre otras. Los refugiados viven, literalmente, amontonados sobre una tierra que se convierte en lodazal en cuanto caen unas gotas.

“Bangladés ha aceptado a todo el mundo, y eso es loable, pero ofrecer sanidad a una población que se ha duplicado en menos de dos años es un reto gigantesco”, apunta Erwan Cheneval, responsable de MSF en Bangladés. “La gente solo cuenta con el 10% del espacio vital requerido, y, aunque la infraestructura de saneamiento ha mejorado, la falta de higiene también es un problema. Afortunadamente, hemos logrado acabar con las epidemias”, destaca el cooperante.

Según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la varicela está controlada y el principal problema reside ahora en las infecciones respiratorias, que afectan a casi el 59% de quienes requieren asistencia sanitaria. La lista continúa con diferentes tipos de diarrea, algo que no sorprende si se tiene en cuenta que en algunos campos más del 70% de las pruebas realizadas en el agua que utilizan los refugiados han detectado algún tipo de contaminación. Y de los 2.460 tests que la OMS ha realizado en el agua almacenada en las viviendas, solo un 17% está libre de la bacteria fecal E. Coli.

El número de llegadas se ha reducido de forma dramática, pero hay que buscar soluciones para una situación que amenaza con hacerse crónica

Teniendo en cuenta que la crisis humanitaria desatada por la violencia que asoló Myanmar el verano de 2017 no va a encontrar una solución en breve, el reto está en alcanzar un equilibrio que garantice a los refugiados una supervivencia digna. “El número de llegadas se ha reducido de forma dramática, pero hay que buscar soluciones para una situación que amenaza con hacerse crónica. La precaria situación de los campos puede tener consecuencias muy graves entre los niños, que tienen acceso limitado a la educación y cuyo desarrollo físico y mental también está amenazado por los problemas asociados a una dieta escasa”, señala Cheneval.

Precisamente, la falta de una nutrición adecuada se ha convertido en una gran preocupación entre el personal sanitario. Un informe publicado por el Instituto Nacional de Sanidad de Estados Unidos destaca que unos 240.000 niños menores de cinco años requieren suplementos nutricionales. Unicef eleva el número de menores que requieren algún tipo de asistencia hasta el medio millón, y, en su último informe, reconoce que solo llega a 5.589 niños de menos de cinco años con malnutrición severa, muy lejos de los 24.500 que se ha puesto como objetivo. Por su parte, el Programa Mundial de Alimentos subraya que la época de ciclones complica la distribución de ayuda, para cuyo almacenamiento ha preparado 40 refugios teóricamente capaces de resistir las inundaciones y los fuertes vientos que provocan estos devastadores fenómenos meteorológicos que comienzan en junio.

Nur Alam tiene poco más de un mes de vida y su figura evoca la de aquellos niños que conmovieron al mundo durante la brutal hambruna que asoló Somalia en la década de los noventa: un cuerpo diminuto y esquelético que contrasta con una cabeza desproporcionadamente grande en la que dos ojos saltones parecen suplicar ayuda. Pesaba 1,79 kilos cuando cumplió un mes y, ahora, después de recibir tratamiento en el hospital de Goyalmara, ha engordado hasta los 2,07 kilos.

“Su hermano gemelo murió hace unos días y temo que a él le pase lo mismo porque no consigo que beba”, cuenta su madre, Laila, de 35 años. La única forma que hay de que ingiera alimento es con una jeringuilla, y a los médicos les preocupa su hipoglucemia. “Esta es una fase vital en el crecimiento de los niños, que suponen un 55% de los refugiados en los campos. Si no logramos que estén bien nutridos, podríamos crear una generación perdida”, advierte Begum.

Para la doctora, no obstante, el trabajo comienza antes de que hayan nacido esos bebés. Porque la OMS alerta de que solo el 23% de las refugiadas rohingya dan a luz en un centro sanitario, y que muchas del 77% restante lo hacen sin ningún tipo de asistencia médica. “Escasean las matronas, pero, además, muchos rohingya no asumen la necesidad de llevar a cabo chequeos prenatales periódicos para confirmar la salud del bebé y determinar los peligros que pueden acechar a la madre”, explica Begum mientras realiza una ecografía a una embarazada de siete meses.

El sangrado abundante durante el parto es común, y la carencia de un banco de sangre convierte un problema que raramente reviste gravedad en condiciones normales en una amenaza de muerte. “Tenemos que buscar donantes para cada caso, y no es fácil debido a las creencias supersticiosas que imperan. Así que hemos tenido que crear una lista de gente dispuesta a donar a la que llamamos en caso de necesidad. Pero, aunque nos demos prisa, es difícil tener todo listo antes de dos horas. Y eso puede ser demasiado tiempo”, reconoce la doctora de MSF.

Lógicamente, la mortalidad materna en los campos es elevada. No obstante, Begum sonríe con orgullo cuando informa de que, en su centro, todavía no ha fallecido ninguna madre: “La mayoría de los casos no resultarían fatales si recibiesen asistencia a tiempo. Pero luchamos no solo contra la enfermedad, sino también contra las tradiciones que retrasan la petición de ayuda de las mujeres. A veces incluso esperan 24 horas antes de requerir asistencia después de un parto problemático en el que, a menudo, el bebé nace muerto y la vida de la madre se pone en peligro”.

Estrictas reglas islámicas

"La culpa de ello es de los hombres". Lo afirma Samjida Begum, una de las refugiadas rohingya que han recibido cierta formación para trabajar como asesoras sanitarias en la comunidad en la que residen. El patriarcado y las estrictas creencias islámicas que rigen entre los rohingya pueden llegar a ser un peligro para la salud, afirma. Y Begum apuntala sus palabras con su experiencia personal. Aunque sus tareas consisten únicamente en recorrer el campo para alertar sobre problemas sanitarios, hacer un seguimiento de los que se han detectado, controlar que se respete la cuarentena en casos de enfermedades infecciosas, e informar a las familias sobre programas de prevención a su alcance, no le resulta fácil desempeñarlas.

“En mi caso, por ejemplo, los imanes querían impedirme que trabajase fuera de casa. Ese confinamiento de la mujer, sumado a los mitos que predominan en cuestiones como las vacunas o la salud reproductiva, es una amenaza para nuestro bienestar”, afirma Begum, en cuya choza encontramos colgado un calendario de ARSA, el grupo guerrillero rohingya que combate al ejército birmano y cuyas acciones armadas desencadenaron la crisis de agosto de 2017.

Ese confinamiento de la mujer, sumado a los mitos que predominan en cuestiones como las vacunas o la salud reproductiva, es una amenaza para nuestro bienestar

Begum también reconoce que las mujeres tienen miedo a moverse por la noche, porque la violencia machista se ha convertido en una lacra demasiado habitual. Por si fuese poco, el tráfico de droga y de personas también son problemas acuciantes que desembocan a menudo en letales brotes de violencia. Por todo ello, las organizaciones que trabajan en los campos prohíben que sus empleados se queden allí durante la noche, pero los refugiados no tienen alternativa.

El trauma de quienes escaparon de la limpieza étnica, sumado e este clima de hacinamiento y de violencia, tiene también una repercusión notable en la salud mental de los refugiados. Prodyut Roy, supervisor del centro de salud mental que MSF opera dentro del campo de Unchiprang, explica que, en un principio, abundaban los casos de estrés postraumático y depresión. Ahora, sin embargo, se han disparado los de psicosis. Roy recibe una media de 60 pacientes a la semana, pero, como le sucede a Begum con los suyos, tratarlos no es fácil.

“Los problemas de salud mental se asocian directamente con la locura y, tradicionalmente, se tratan de ocultar. Por eso, denominamos centro de paz a estas instalaciones y tratamos de restar importancia a los diagnósticos, para evitar así que las familias encierren a quienes pierden la noción de la realidad o sufren alucinaciones”, comenta. “Como siempre, las mujeres son las más perjudicadas. Si ya son discriminadas por el hecho de serlo, cuando sufren algún tipo de enfermedad mental la estigmatización se triplica”, añade. Para complicar aún más las cosas, el personal sanitario tiene que sortear también el escollo que supone la proliferación de santones, que ofrecen remedios caseros que no son dañinos solo por su falta de efectividad sino porque retrasan la búsqueda de servicios sanitarios cualificados.

Aunque el gobierno de Bangladesh, las ONG, y las agencias de Naciones Unidas ponen parches aquí y allá, no parece que la situación vaya a mejorar sustancialmente a corto plazo. Los rohingya componen una de las minorías étnicas más perseguidas del planeta, y las negociaciones para su repatriación a Myanmar no han producido ningún resultado. Además, siempre que se les pregunta, los refugiados dejan claro que solo regresarán si se aceptan demandas que el gobierno de Naypidó rechaza de plano.

Entre ellas destacan la devolución de las propiedades confiscadas, la concesión de la nacionalidad birmana, y el reconocimiento de los rohingya como la etnia número 135 del país. “No quiero quedarme en Bangladesh, pero regresar sin que se cumplan esos requisitos sería suicida. Porque la violencia volvería a estallar”, vaticina Shofike Alom, que escapó de Myanmar en septiembre de 2017 y que ahora aspira solo a que le concedan el estatus oficial de refugiado en Bangladesh. “Los soldados decapitaron a uno de mis mejores amigos, y con mis propios ojos vi cómo sacaban a un niño de una casa y lo mataban. Yo sobreviví porque me hice el muerto”, recuerda este hombre que sufre una parálisis parcial. “Aquí no hay forma de ganarse la vida, la comida escasea, y hay muchas enfermedades. Pero, por lo menos, no nos matan”, apostilla.

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