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Virar el transatlántico

Las elecciones al Parlamento Europeo son quizá el mejor ejemplo de la desconexión entre anhelos democráticos y realidades complejas

Papeletas y urnas preparadas para las elecciones del 26 de mayo.
Papeletas y urnas preparadas para las elecciones del 26 de mayo. EFE

Uno de los problemas de los sistemas políticos de nuestro tiempo es la desconexión entre nuestra democrática aspiración a cambiar las políticas con el voto y la limitada influencia que los resultados de unas elecciones acaban teniendo en el orden político y económico en el que vivimos. No es en absoluto irrelevante quién gana y quién pierde en las urnas, pero muchas de las políticas que aspiramos a cambiar son demasiado complejas como para que una elección concreta les dé la vuelta por completo. Y cuanto mayores son los retos colectivos (las nuevas desigualdades, la emergencia climática, la respuesta a la globalización y la robotización), más frustrados nos sentimos al ver que los resultados cambian poco de una legislatura a la siguiente. Queremos creer que cuando votamos elegimos entre modelos de sociedad completamente diferentes, pero más bien lo que hacemos es hacia dónde viramos unos pocos grados el transatlántico en el que se ha convertido el gobierno de nuestra complejidad. Para cambiar las sociedades no basta con ganar una elección. Hace falta también poner de acuerdo a varios niveles de gobierno, construir amplias coaliciones de actores públicos y privados, y sostener políticas durante largos periodos de tiempo. La democracia exige paciencia.

Las elecciones al Parlamento Europeo son quizá el mejor ejemplo de esta desconexión entre anhelos democráticos y realidades complejas. En ellas aspiramos a cambiar el mundo, pero en la noche electoral nunca sabemos si lo vamos a lograr o no. A diferencia de otras contiendas, en estas elecciones no castigamos ni premiamos Gobiernos, y las políticas europeas cambiarán poco, pues seguirán siendo el resultado de un complicado encaje de bolillos entre instituciones comunitarias y Gobiernos nacionales.

Así pues, el lunes el transatlántico estará seguramente en el mismo sitio. Pero no se engañen: nuestro futuro dependerá de hacia dónde empecemos a virar el timón en las elecciones del domingo: ¿avanzaremos hacia una integración fiscal que permita a Europa responder de manera más eficaz y justa a las futuras crisis? ¿Cuánto de ambiciosos vamos a ser en la necesaria lucha contra el cambio climático? ¿Se empequeñecerá y empobrecerá el continente ante la ola xenófoba y nacionalpopulista que la sacude? El transatlántico se mueve poco, pero en función de la dirección que tome, llegaremos a destinos muy diferentes.

Muevan el timón. Voten el próximo domingo.

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