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Debate de bloques sin Vox pero con Vox

El tablero en la campaña está definido, como esos gráficos que publican los analistas de ajedrez para analizar posiciones conflictivas y posibles desenlaces

Irene Montero, de Unidas Podemos, y María Jesús Montero, del PSOE, poco antes del inicio del debate electora celebrado el martes 16 en TVE. En vídeo, los momentos más comentados del debate.

En un debate hay muchos debates. En el formato a seis, estaba el debate de los bloques, que la derecha quiso enfatizar con la ventaja de no tener allí al aliado incómodo de la foto de Colón; el debate entre las propias derechas, en el que Ciudadanos parece asumir ya definitivamente una posición subsidiaria, como en Andalucía; el debate de la izquierda, donde Podemos ha perdido el factor sorpresa de años atrás, sin una agenda con la que hacer mella en el discurso socialista; y el debate territorial, entre el pragmatismo del PNV y la retórica indepe de ERC con la pólvora muy mojada. Después del primer debate a cara de perro, hay conclusiones claras: se acentúa la batalla de bloques; el PP asume el liderazgo de la derecha sin complejos y sin temor a ocupar el espacio de Vox; el PSOE va a rehuir la campaña y las preguntas incómodas, persuadido de que va a ganar en ese espacio de moderación; y el nacionalismo sabe que “la república no existe, idiota” de modo que hay que operar en la lógica de bloques.

Aunque no era un debate de líderes, el perfil de los contendientes delataba la estrategia de cada partido que se verá en el debate a cuatro: Cayetana Álvarez de Toledo, notable polemista, buscó un cara a cara imposible y acabó atacando a todos con cierto perfil dóberman que al final –y qué extraño mal minuto final– le pasó factura; la brillante Inés Arrimadas de los vídeos del Parlament casi nunca apareció, como si estuviera programada unidireccionalmente, y sólo se elevó en el minuto final; María Jesús Montero, una buena parlamentaria de tribuna pareció rehuir el cuerpo a cuerpo, aunque siempre se podrá dudar si flaqueaba o sólo mantenía la consigna ivanredondista de resistir sin golpear para dar la imagen institucional de moderación; e Irene Montero demostró que contra Rajoy se vivía mejor, pero en la lógica de bloques su rol es complementario con el PSOE por más que levante la tapa de las cloacas con indignación pasionaria. A todo esto, Rufián tampoco pareció Rufián, salvo al referirse a “los chavales de Alsasua”, evidenciando que ERC está entre el frente indepe y el frente de izquierda; y Aitor Esteban sí mantuvo el empaque del PNV.

El tablero en la campaña está definido, como esos gráficos que publican los analistas de ajedrez para analizar posiciones conflictivas y posibles desenlaces. Hasta el 28-A se admiten hipótesis. Sin embargo, aunque Podemos y los indepes actúen contra la sombra del pacto PSOE-Cs, esto parece cada vez más inverosímil salvo milagros de la aritmética. Se diría que ese pacto sólo fue un guiño hábil del PSOE para descolocar a los demás y asentarse en el centro con un discurso moderado. De hecho, se imponen los bloques y además con máxima beligerancia. En la derecha, tras unos días de retorno demasiado artificial a ETA, vuelven a Cataluña como leitmotiv y el ataque a destajo contra Sánchez: traidor, cobarde, peligro para España, indecente… Hipotecan su plan a eso y la unidad de España bajo la invocación del 155. Ciertamente los socios de la moción son el flanco débil del PSOE, y por eso sus líderes, también Montero en el debate, marcan distancia con ellos y con el referéndum. Entretanto, la economía pierde fuelle frente a ese debate con mucho de mítico. Aunque Arrimadas tratara de asustar con la amenaza de las recetas comunistas, su problema es que la gente ya ha visto a Podemos en las instituciones y el lobo no es lo que era. Asustar con ¡que vienen los comunistas! ha perdido la vieja potencia legendaria, para desgracia también del propio Podemos. Probablemente una mayoría de PSOE, Podemos y PNV en las encuestas ya no se vea como una amenaza, sino incluso como una solución razonable.

La incógnita al analizar el tablero es Vox, ausente en los debates –ayer, ya puestos, hubiera sido interesante ver a Ortega Smith en ese barrizal– y sin buenos asideros demoscópicos para prever su resultado en las urnas. Será mejor de lo previsto. Seguramente los indepes han hecho un favor a la derecha al sacar a Vox del debate a cinco –para PP y Cs, sobre todo para los segundos, es incómoda esa foto que deseaba Sánchez– pero sobre todo benefician a Vox, con más que perder que ganar allí. Abascal parece más de consignas y dogmas que de argumentos y dialéctica. A Vox le conviene el victimismo de su exclusión del debate a cinco, que podrán explotar en su territorio natural de las redes, rentabilizando ese protagonismo ausente. Por demás, a pesar de su ausencia, Vox está y estará muy presente. El PSOE se ha quedado sin la imagen de las tres derechas pero en el minuto final dejó claro que el 28-A son ellos o la foto de Colón, que quizá Sánchez exhiba ante las cámaras como un gráfico de paro. Esto va de bloques y marcos mentales.

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