Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Unicornios

La fábula del Brexit les debería servir a los partidos españoles en mitad de una campaña electoral en la que los incentivos para prometer lo imposible son altos

La primera ministra británica, Theresa May, a su llegada al consejo europeo en Bruselas.
La primera ministra británica, Theresa May, a su llegada al consejo europeo en Bruselas. Getty Images

Les habían prometido un unicornio. Y ellos, lógicamente, querían ese unicornio. Porque irse de la Unión Europea sin perder acceso a sus mercados pero poniendo reglas propias para la circulación de personas era eso: un unicornio. Ellos, los votantes brexiters, lo compraron alegremente. Ahora, quienes hicieron la oferta inicial son obviamente incapaces de cazar y entregarles al ser mitológico.

La democracia no solo sirve para que nuestras preferencias queden reflejadas en la decisión de un Gobierno, sino también para que esta se atenga a los límites de lo posible, viable y no desastroso. No solo queremos políticos que sean aguerridos, sino también razonables.

Pero en ocasiones emerge una tensión entre ambas dimensiones, y la audacia de las propuestas se topa con la imposibilidad de llevarlas a cabo. El Brexit es justamente eso. Durante la campaña del referéndum no se hicieron explícitos los costes, las dificultades y los dilemas a los que obligaba la salida de la UE. Al crear unas expectativas irreales sobre lo que se podía hacer, estos representantes estaban tendiéndose una trampa a sí mismos, tejiendo la tensión entre cumplir con lo que prometieron y evitar que el Reino Unido se hunda en una crisis económica, social y política. Es más: ya aplazada la primera fecha límite de la salida definitiva, esos mismos representantes se aferran a su fracaso original. Antes que confrontar a su electorado y explicarles lo que hay, un puñado de euroescépticos extremos se mantienen en la caza del unicornio.

La fábula del Brexit les debería servir a los partidos españoles en mitad de una campaña electoral en la que los incentivos para prometer lo imposible son altos. Lo son por la lógica de competición dentro de dos bloques ideológicos. Cuando la batalla se da por buscar el centro, la dimensión de la gestión razonable suele ganar protagonismo. Ahora que el debate es marcadamente ideológico tenemos la suerte de sentir nuestras ideas más y mejor representadas, pero el riesgo de que alguien nos intente colar un unicornio aumenta exponencialmente.

Lo grave, en el Reino Unido o en España, no es que nos vendan imposibles. Lo realmente preocupante es que algunos de nosotros los compremos. Al fin y al cabo, la responsabilidad última en democracia reside en los votantes. Así que acostumbrémonos a evaluar las propuestas con un “¿es posible?”, y no solamente con un “me gusta”. @jorgegalindo

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >