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Votar contento

Por cada torero que ficha la derecha, la izquierda fabrica un partido

Dos votantes escogen sus papeletas en una cabina durante las elecciones en Cataluña de 2017.
Dos votantes escogen sus papeletas en una cabina durante las elecciones en Cataluña de 2017.

Una de las características más notables de muchos votantes de izquierdas es que no les gusta votar nada con lo que no están de acuerdo, y por eso los partidos de izquierda se han ido subdividiendo hasta ofrecer, mediante una aplicación móvil, un partido político hecho a medida para cada ciudadano, una especie de colección primavera/verano con la que todo el mundo vaya elegante y sin trascendencia, como en un cóctel. Lo que ocurre es que se quiere votar ya no sin pinza, como es habitual, sino siquiera sin guantes, algo insólito en una democracia, definida canónicamente como lo menos malo. De ahí que en cuestión de semanas se pase de cabalgar contradicciones a exigir un grado de pureza tal que en lugar de candidatos habría que presentar diamantes. Y bajo esa explicación teórica (la práctica es más prosaica: cargos, puestos, nombres), cualquier victoria exige una hazaña.

Esta práctica caníbal se ha ido sofisticando con el tiempo hasta conseguir plantar cara al adversario: por cada torero que ficha la derecha, la izquierda fabrica un partido. La imagen es menos frívola de lo que se cree. Toreros y periodistas, antaño reunidos en partidos de fútbol contra la droga, han encontrado un nuevo punto de reunión en las listas del Partido Popular, donde dan color y folclore; no solo tienen en común ser rostros populares y nombres reconocidos, sino que son figuras entrenadas en platós y plazas de toros, los dos lugares en los que mejor se entrena la cultura del zasca, predominante hoy en día en política. Eso lo ha entendido Casado, a quien le tira todo ya de un pie de tal forma que no sería de extrañar que empezase a remontar en las encuestas. Si lo hace, que al menos deje que sea Suárez Illana (otro torero, este de capeas) el que negocie los sillones con la ultraderecha española, aunque solo sea por ver la reacción de los guardianes de las esencias de su padre, ese al que perseguían e insultaban al grito de traidor los padres ideológicos de Vox.

La respuesta de la izquierda más allá del PSOE ha sido más bases, más primarias, más escisiones y más siglas. La respuesta del abaratamiento político de la derecha, directa y al grano, tirando de fama, ha sido un encarecimiento imposible para cualquier votante de izquierdas que quiera llegar el 28-A a las urnas sin que le explote la cabeza. Problemas que los más pragmáticos suelen resolver históricamente, para aliviar el dolor de cabeza, votando al PSOE mediante una lección fundamental: no hace falta compartir posición en todos los puntos del universo ideológico, ni convertir en político lo personal al punto de no votar a quien no le guste las mismas cosas que a ti; se vota, a izquierda y a derecha, contra quien crees capaz de acabar con esas cosas. Y contra esto, que toda la vida se ha dado en llamar voto útil, tendrán que pelear esos partidos de izquierda; pelear para hacer parecer útiles unos votos que, en circunstancias normales, ya tendrían que serlo de por sí. Y tragar con que el PSOE, alcanzada esa ventaja puesta en bandeja por sus futuros socios, haga y deshaga a su antojo, en programa y listas, porque oponerse a ello sería, según la endiablada estrategia, hacerle el juego ya no a la derecha sino a los ultras; como para protestarles algo.

Nada nuevo: todo viejo, viejísimo. Pero multiplicada la gravedad porque la experiencia habitualmente es para aprender, no para reincidir.

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