Columna
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El misterio de Hanói

A pesar del tono conciliatorio con el que ambas partes quisieron amortiguar el brusco final de la cumbre, las posibilidades de reanudación de las negociaciones son casi nulas

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong Un, caminan tras su encuentro en el hotel Sofitel Legend Metropole Hanói.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong Un, caminan tras su encuentro en el hotel Sofitel Legend Metropole Hanói. EVAN VUCCI (AP)

La cumbre terminó bruscamente. Sin comunicado final. Sin acuerdos. Estados Unidos y Corea del Norte todavía siguen formalmente en guerra, puesto que no hay acuerdo de paz ni restablecimiento de relaciones bilaterales. Este era el fruto mínimo que Donald Trump pensaba cosechar con sus zalamerías para Kim Jong-un. Fue un rotundo fracaso, pero muchos aliados asiáticos de Washington respiraron aliviados como si hubiera sido todo un éxito. Una gran sordina se ha instalado sobre el desenlace imprevisto de la segunda reunión entre el presidente de EE UU y el joven dictador norcoreano. La principal conclusión es que todavía hay algún adulto en la Casa Blanca que impidió el jueves pasado el desastre de un pésimo y peligroso acuerdo, que hubiera regalado al régimen norcoreano el reconocimiento diplomático y el levantamiento progresivo de las sanciones a cambio del desmantelamiento de una única y probablemente obsoleta instalación nuclear.

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Trump parecía preparado para hacer estas concesiones, seguro de sus virtudes negociadoras y animado por la necesidad de rápidos y brillantes éxitos que compensaran su desastrosa presidencia y el calvario que le espera en cuanto se estreche el asedio en los tribunales y en el Congreso. También estimulado por su mezquina idea de las alianzas internacionales. Está harto de que su país gaste dinero en la OTAN o en las maniobras militares conjuntas con Corea del Sur, hasta el punto de que ha cancelado las dos de grandes dimensiones que suelen celebrarse cada primavera, y así ha mandado de paso y gratis un mensaje amistoso a Pyongyang, a pesar del fracaso de la cumbre.

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La respuesta norcoreana no se ha hecho esperar. El mismo martes en que entraba en la estación de Pyongyang el tren especial que conducía a Kim de regreso a casa, el régimen daba a conocer la reconstrucción de las instalaciones parcialmente desmanteladas donde se experimentan los misiles intercontinentales. También se conocía, gracias a McAfee, una compañía dedicada a la ciberseguridad, que los servicios secretos norcoreanos siguieron atacando en los mismos días de la cumbre a empresas europeas y estadounidenses, entre las que se hallan bancos, servicios, petróleo y gas, tal como han venido haciendo durante el último año y medio de deshielo entre Washington y Pyongyang.

A pesar del tono conciliatorio con el que ambas partes quisieron amortiguar el brusco final de la cumbre, las posibilidades de reanudación de las negociaciones son casi nulas. Todo desde la primera cumbre de Singapur, en junio de 2018, ha sido un enorme espejismo, un engaño, fruto de la habilidad trumpista a la hora de crear realidades alternativas. No se conocen cumbres que no lleguen precedidas de acuerdos firmemente trabajados y ligados por sus exploradores y Trump no iba a ser el primero en descubrirse como presidente taumaturgo, que consigue acuerdos sin preparación previa, solo gracias a las virtudes negociadoras desarrolladas en el sector inmobiliario de Nueva York.

Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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