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EL NO YA LO TIENES COLUMNA i

¡Taxi!

A mí no me engaña con melindres, seguro que ahora haciéndose el despistado empieza a transitar por caminos inverosímiles

Un taxi estacionado en la estación de Sants en Barcelona.
Un taxi estacionado en la estación de Sants en Barcelona.

¡Obligado he tenido que coger este taxi (llegó silencioso y sin echar humo)! No era mi primera opción, claro está. ¿Quién quiere tratar con un taxista? Son hoscos, tienen dificultad para comunicarse, evitan mirar a los ojos cuando se habla con ellos, experimentan cambios bruscos en el estado de ánimo, etcétera. Mi primo Juanfran me contó que una vez fue a pagar una carrera con 50 euros y el taxista le preguntó que si no tenía algo más pequeño. Ante la negativa, se le pusieron los ojos en blanco, empezó a echar espuma por la boca e incluso se le giró la cabeza 180 grados. Me he arrellanado en el asiento, por lo tanto, sin saludar, serio como alguien que lo que desea es llegar a su destino y nada más.

Él me ha dicho: “Buenas tardes”, muy educadamente y, después de indicarle la dirección, ha rematado con un “gracias”. Pero a mí no me engaña con melindres, me han advertido bien, seguro que ahora haciéndose el despistado o apelando a no sé que obras, atascos y demás contingencias, empieza a transitar por caminos inverosímiles. A mi primo Juanfran, en otra ocasión, para llevarle al Parque del Retiro dieron una vuelta que pasaron por el parador de Sigüenza. A mí no me la vas a meter doblá, me digo a mí mismo: soy manchego. En mi dispositivo móvil trazo por geolocalizador el trayecto más corto y me río íntimamente por lo audaz que soy: Ja, ja, ja (risas sardónica) voy a desenmascarar a este malandrín... ¡Vaya por Dios! Resulta que va exactamente por el mismo sendero.

Bueno, pues ya que he sacado el móvil voy a atender un asunto prioritario: ayudar a la ranita magenta a cruzar la carretera sin que le atropellen, se precipite al río o la aprese un águila gigante. No lo consigo y me muerdo el labio. La verdad es que no sé por qué juego a esto si me pongo tan nervioso.

“¿Es usted el famoso cómico Joaquín Reyes?”, interrumpe el taxista, “pues quiero que sepa que me encantan sus monólogos y que me alegra la vida. Más personas como usted hacen falta en este país, mejor nos iría si nos riésemos más”. Debo decir que he llegado puntual y que, además, el taxista ha vuelto rápidamente porque me había dejado el móvil tirado en el asiento de atrás.

Cuando lo veo alejarse me parece que el taxi se eleva y se mezcla con las nubes.

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