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Gracias, orquestas

Otra vez ese escalofrío agradable. Esas sonrisas, ese ritmo llevado involuntariamente por un pie rebelde, tímido al principio, confiado después. Ese director convertido en maestro de un público más que receptivo, ávido de un poco de Strauss, de pizzicatos y de polcas, entregado en un crescendo continuo llamado a desembocar en las palmas de acompañamiento de la Marcha Radetzky. Gracias, orquestas, por instruirnos, por divertirnos con vuestros conciertos.

Daniel Alberte. Santiago de Compostela

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