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En defensa de la normalidad

Celebrar un Consejo de Ministros en Barcelona no solo debería ser normal, sino más frecuente

El presidente Pedro Sánchez, con la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo.
El presidente Pedro Sánchez, con la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo. Europa Press

A qué extraña situación política hemos llegado que lo que en muchos países sería considerado plenamente normal y deseable, aquí sea visto como una anomalía. Que defender la normalidad institucional parezca hoy un esfuerzo de titanes destinado a la melancolía, porque son más los que están interesados en impedirla que en protegerla. Pero habrá que insistir y repetirlo: es normal que un Gobierno quiera celebrar su Consejo de Ministros en Barcelona, es normal que los presidentes de dos Gobiernos legítimos conversen y es normal que cada uno defienda sus posiciones. En una democracia, cuando hay un conflicto, lo normal es dialogar.

En un país tan diverso como el nuestro, esta forma de aproximar la política a la ciudadanía debería ser no solo normal, sino frecuente. Como debería serlo también hacer un análisis de cada territorio, ver sus carencias y necesidades y adoptar las medidas que se crean oportunas. Eso es gobernar. Lo anormal es ir a Cataluña, como hizo Rajoy, hacer grandes anuncios de inversiones con fines electorales y que luego no se ejecuten. Hemos llegado a tal grado de distorsión que cualquier inversión que decida Pedro Sánchez será presentada por la oposición como una concesión espuria.

También en Cataluña debería ser visto como algo deseable que el Gobierno de un país que tiene un conflicto territorial haga gestos para rebajar la tensión y buscar una solución política. Es inaceptable que la primera reacción del Gobierno catalán fuera considerar esa decisión como una provocación, como si Cataluña no fuera ya parte de España o como si el Gobierno central no tuviera jurisdicción sobre Cataluña. Lo anormal no es hacer el gesto, lo anormal es interpretarlo como una provocación.

En una democracia es legítimo que los ciudadanos ejerzan su derecho a manifestarse coincidiendo con un acontecimiento político. Una manifestación, por masiva que sea, no puede interpretarse como un ataque al Estado o a la convivencia. Aquí la línea divisoria entre normalidad y anormalidad está clara: el ejercicio de la violencia. Precisamente porque es una respuesta anómala, los cuerpos de seguridad están legitimados para impedirla. Pero también hay que tener claro qué es violencia, pues ya están preparados los argumentarios para utilizar cualquier incidente como un motivo para intervenir la autonomía.

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