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Amaia (‘OT’): hay una mujer en España que lo hace todo bien y solo tiene 19 años

Cada paso que da la pamplonica (ya sea musical o estético -como que no le da la gana depilarse-), triunfa. Mientras todos ansían su primer disco, ella pide calma. Y, todo, con una naturalidad impropia de alguien tan joven

Amaia Romero corretea por el césped del Santiago Bernabéu en abril de 2018. En el vídeo, la cantante inaugurando un festival este verano en Pamplona.

Amaia Romero (Pamplona, 1999) parece lo único en lo que este país se pone de acuerdo. El lanzamiento de su primera canción post-OT, una colaboración con el grupo indie madrileño Carolina Durante, desafía ese tópico (que tantos disgustos le ha dado a Penélope Cruz) de que la sociedad española lleva regular el éxito ajeno: el single ha sido recibido con tanto entusiasmo como todo lo que Amaia ha dicho, cantado o dejado de depilarse en los últimos 13 meses.

Perdona (ahora sí que sí) es como se llama la canción que ha hecho con Carolina Durante y ha causado sensación tanto entre los seguidores de Operación Triunfo (OT) como en los melómanos que llevan 17 años acusando al programa de destruir la música tal y como la conocíamos. No es fácil reconciliar al público con su propio prejuicio, pero si alguien puede conseguirlo esa es Amaia. Básicamente porque a ella le dan igual tus prejuicios. A ella, de hecho, le da igual todo.

No es fácil reconciliar al público con su propio prejuicio, pero si alguien puede conseguirlo esa es Amaia. Básicamente porque a ella le dan igual tus prejuicios. A ella, de hecho, le da igual todo

“Antes de entrar al concurso, le dije a mi familia que yo creía que OT no era un lugar reservado para perfiles tipo triunfito, que también se podría mostrar algo nuevo y cambiar las cosas”, explicaba la cantante pamplonica en una de las pocas entrevistas que ha concedido. Y con esta naturalidad a la hora de sacudir el sistema, Amaia representa a su generación gracias al poco interés que tiene en hacerlo.

Su feminismo no se queda en discurso (en la Academia decidió dejar de depilarse y hace unos días apareció en los Premios Cosmopolitan con vello en las piernas, posando sonriente delante de un photocall patrocinado por un fabricante de depiladoras), se cuestiona a sí misma (“yo me maquillo siempre porque me veo más guapa, pero ese es el problema: ¿por qué me veo mejor así?”), nunca deja de ser espontánea (“jo, gracias por comprar las entradas del concierto porque están carísimas”) y demuestra tener gustos musicales de alguien que ha nacido con acceso a toda la cultura del planeta y no solo ha escuchado, como le ocurrió a las tres generaciones anteriores, lo que las radios querían que escuchase.

Sus versiones a piano dentro de la Academia ya llamaron la atención de gente que ni siquiera seguía OT. El Kanka, Serrat, M-Clan, Txarango, Él Mató a un Policía Motorizado, Antonio Vega, Louis Armstrong o Arcade Fire son influencias que sugieren que el disco de Amaia podría, en un fenómeno de alineación de los astros, acercar a la crítica y al público. A todos los públicos. Y la buena noticia es que le están dejando componerlo en sus propios términos.

Javier Romero, su hermano y mánager, se aseguró de que el contrato de Amaia con la multinacional discografía Universal (que también firmaron los otros 15 concursantes del programa) incluyese una cláusula que garantizase libertad creativa total y ninguna presión de fechas. Y mientras su compañera Aitana tampoco ha sacado disco largo (sí algunas canciones, como Teléfono) pero sí un perfume, un libro (acusado de plagio) y promociones de chicles en Instagram, Amaia se ha dedicado a actuar por sorpresa en conciertos de Love Of Lesbian, Russian Red o Rozalén. Ha dado un puñado de conciertos de versiones con la Free Fall Band en el Teatro Real de Madrid, en el Gayarre de Pamplona, en el Primavera Sound y en la gala contra el sida. Se la ha visto charlar con la cantante Rosalía, con la diseñadora Paloma Wool y con la pintora Carla Fuentes. Ha asistido a un concierto del cantaor Arcángel y apareció en el espectáculo de sus antiguas compañeras del estudio de flamenco de Sara Gallardo. Y nada de eso parece deberse a una campaña de marketing sino al sencillo motivo de que le apetecía.

La colaboración entre el grupo 'indie' Carolina Durante y Amaia.

Amaia ha publicado 21 fotos en Instagram en un año, lleva sin tuitear desde el 22 de agosto y, a diferencia de otros concursantes de su edición, no ha abierto la boca respecto a su relación (o al final de ella) con Alfred. Está demasiado ocupada finalizando sus asignaturas de piano en el Liceu de Barcelona y componiendo su disco, producido por Raúl Fernández Refree, seguramente el profesional más admirado por el sector indie: se ha ocupado de los discos de Christina Rosenvinge, Rosalía, Josele Santiago, Silvia Pérez Cruz, Kiko Veneno...

Por otro lado, es probable que la razón por la que Amaia apenas da declaraciones es porque sabe que no tiene nada que contar. Ella recurre a la misma lógica aplastante que utilizó para negarse a llevar tacones (“es que a mí me gusta mi estatura”): lo normal, en realidad, es tardar un año o más en preparar un álbum.

Esta mezcla de madurez (retranca sarcástica) e inocencia (poca vergüenza), ninguna de las dos impostada, consigue que resulte imposible enfadarse con ella

Amaia es un símbolo generacional involuntario y perfecto, precisamente, gracias a sus imperfecciones. “Me arrepiento de todo lo que digo a lo largo del día” es una confesión con la que cualquiera puede identificarse y que parece volverla inmune a críticas o polémicas. Otra: “Los haters me llaman pringada y tienen toda la razón”.

Cuando les preguntaron a ella y a Alfred si se llevaban algún amuleto a Eurovisión, él respondió que un pin de David Bowie, ella que España de mierda, libro de Albert Pla, días después de que medio Twitter (ese medio Twitter) ardiera por el regalo supuestamente antipatriótico de Alfred a su novia. Esta mezcla de madurez (retranca sarcástica) e inocencia (poca vergüenza), ninguna de las dos impostada, consigue que resulte imposible enfadarse con ella, demuestra que los jóvenes son hoy más autoconscientes que sus mayores y, a la vez, son orgánicas con su tejido musical: de una mujer que escucha a los Beatles, a Marisol y a C. Tangana cabe esperar una obra intergeneracional.

Amaia cantando el inmortal tema de Antonio Vega 'El sitio de mi recreo'.

Amaia representa un movimiento cultural actual (en el que el mundo empieza a aceptar que los artistas audaces pueden surgir de OT, de YouTube o de Spotify) al que España ha llegado tarde. Pero ha llegado, y todo apunta a que con su disco se erigirá como el zeitgeist nacional de esta nueva cultura: la artista destinada a acercar la subversión a las masas. Y sin alardear sobre ello. Aparecer en OT le asignó un estigma de condescendencia, pero también hizo que el mundo no la descubriese en una canción grabada, en un videoclip o en un story de Instagram: la primera vez que todos hemos visto a Amaia ha sido encima de un escenario. Y ahí nadie puede cuestionarla.

Gran parte de la repercusión que ha tenido en los últimos meses (más allá de noticias efímeras como que se ha cortado el flequillo este martes) ha sido por su música. Por eso el reportaje de Lecturas en el que ella y Alfred discuten en la calle como si fuese una fotonovela, parece una explotación de su intimidad sacada de otra época. Si ella ha conseguido derribar los prejuicios tanto contra OT como contra toda la juventud española ha sido, principalmente, mediante la música y eso la ha convertido en la concursante de OT que mejor y más rápido ha dignificado el concurso no ya solo como fábrica de éxitos sino como cantera artística legítima.

Nadie duda de que su disco será una propuesta estimulante, emocionante y revolucionaria. No es fácil estar a la altura de esas expectativas, pero si alguien puede hacerlo esa es Amaia. Y si no lo consigue, pues probablemente le dará igual.

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