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Carmen Alborch OPINIÓN i

La alegría de vivir

Ella, la que supo hacer del feminismo un arma no de guerra sino de conquistas pacíficas y democráticas

Alborch con Alberti en la celebración de su 93 cumpleaños en El Puerto de Santa María (Cádiz), el 17 de diciembre de 1995.
Alborch con Alberti en la celebración de su 93 cumpleaños en El Puerto de Santa María (Cádiz), el 17 de diciembre de 1995.

Siempre que me preguntan sobre lo que el feminismo aporta a mi vida insisto en la alegría. La alegría de tener las ventanas siempre abiertas, la alegría de reconocer mi vulnerabilidad, la alegría de aprender sin descanso de tantas maestras, la alegría al fin de descubrir la importancia del orden amoroso de la vida. En el aprendizaje de esa actitud vital, que es también una forma de compromiso —ya saben, lo personal es político—, han sido y son esenciales las mujeres que he tenido la suerte de ir encontrando por el camino. Han sido ellas las que me han regalado una lima con la que ir poco a poco desgastando los barrotes de la jaula de mi virilidad. Como si fueran una especie de diosas de carne y hueso capaces de hacer que este descreído se deje interpelar por las luces del feminismo, como quien se agarra un tronco capaz de salvarle del naufragio. La lucha titánica de alguien que hace tiempo se olvidó de rezar.

Una de esas diosas, a la que yo siempre soñé como si fuera una actriz italiana que hubiera escapado de una de mis pantallas adolescentes, fue Carmen, la Alborch, la que bien mereció calificarse así, con el artículo y su apellido único, como las grandes divas de la ópera o de los escenarios. La catedrática que fue capaz de liberarse de las reglas de los mercados y aliarse con el fuego siempre en combustión del arte. La mujer que supo como nadie ejercer poder y ganarse autoridad, romper con los azules oscuros casi negros y convertir la política en un territorio de oportunidades. La que bien nos enseñó la urgente necesidad de usar otros métodos y palabras en lo público, la que no se amedrentó en los salones en las que ellas eran minoría, la que supo hacer del feminismo un arma no de guerra sino de conquistas pacíficas y democráticas.

Como si fuera un personaje que bien podría haber imaginado Virginia Woolf, una especie de Mrs. Dalloway en búsqueda de flores, o un Orlando travestido de arcoíris o, por qué no, la Vita arrolladora que tanto amó la autora de Las olas, Carmen se hizo presente en la vida pública con la fuerza que solo tienen las mujeres que han roto el espejo en el que, gracias a ellas, nosotros nos veíamos más grandes. La Alborch fue una de esas mujeres con poderío, liberadas al fin de sus eternos cautiverios que diría Marcela Lagarde, y que consiguió que la cultura, esa hermana pobre a la que los políticos suelen usar como escaparate, se convirtiera en una especie de terraza luminosa desde la que era posible imaginar las utopías. No las que parecen condenadas a paralizarnos, sino las que, como si fueran un virus dulce, nos contagian de energía transformadora y nos hacen cómplices de enredaderas que abrazan. Ese es justamente el principio esperanza que, a lo Bloch, uno era capaz de adivinar en la sonrisa siempre glotona de la valenciana.

Esa señora que yo tanto había soñado entre mis fotogramas saltó un día de la pantalla e hizo posible que mi vida, fragmentos de mi vida, ya casi al final de sus días, estuvieran llenos de esos destellos que ella dejaba a su paso, como el hada que en vez de varita mágica hace bailar ideas y emociones en cada uno de sus suspiros. Anoté en mis cuadernos de aprendiz toda la sabiduría que tuve tiempo de ir atesorando cuando la escuchaba siempre optimista, radicalmente feminista, entusiasta hasta en medio de las tormentas. Nunca fui tan feliz como cuando dejé que ella, tan amante de las historias, se apropiara de la mía y presentara en su Valencia mi Autorretrato de un macho disidente. Aquella tarde fría de hace tan solo unos meses, Carmen, la Alborch, volvió a enseñarme que incluso desde el dolor es posible brindar por la vida. Nunca olvidaré cómo su pelo rojo, su abrigo rojo, su alma roja y violeta hicieron que yo me sintiera el hombre más feliz del mundo, tan felizmente pequeño ante una señora tan grande. Gracias a ella entendí que esa es la tarea que justo ahora nos corresponde a los hombres: mirarnos en mujeres poderosas para reducir el tamaño excesivo que el patriarcado nos regaló nada más nacer.

La tarde de octubre que noté un hueco profundo dentro de mí, y que vi cómo se rasgaban varias hojas de mi cuaderno, yo la pasé en el cine, viendo a una de esas mujeres a la que sin duda Carmen Alborch admiraba. La honda y sabia mirada de Glenn Close hizo que durante dos horas no pudiera olvidarme de la clásica y moderna que tuve la suerte de abrazar. La que siempre, incluso cuando ya el aliento parecía no llegar a sus pendientes de colores, me enseñó la alegría de vivir. Esa a la que hoy, pese a tanta tristeza, me agarro sabiendo que nos queda una larga tarea hasta conseguir que el feminismo sea declarado patrimonio inmaterial de la humanidad. Hoy más que nunca sé que debemos hacerlo por ella y por todas las mujeres que parecían habitar en sus grandes bolsillos de estrella.

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