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Un frente europeo contra la xenofobia

Es peligroso que el discurso de temor y odio se extienda a las fuerzas conservadoras tradicionales

Viktor Orbán en el Parlamento europeo.
Viktor Orbán en el Parlamento europeo. REUTERS

Ahora sabemos que la extrema derecha quiere transformar las próximas elecciones europeas en un referéndum contra la inmigración. Hacer frente a esta pretensión es vital para sostener un proyecto europeo civilizado, es decir, urge abrir el debate y definir claramente los objetivos. Pues en un contexto en el cual los problemas sociales generados por la crisis de 2008 aun no se han solucionado, la retórica esquemática, basada en los prejuicios y la desafección respecto a los políticos, podría ensuciar prolongadamente la convivencia ciudadana en Europa. Los peligros más obvios son que este discurso de temor y odio se extienda a las fuerzas conservadoras tradicionales mientras que las progresistas se limiten sólo a una postura defensiva. Es imprescindible que, desde las fuerzas social-demócratas y de izquierdas, se afirme un núcleo básico de valores en torno de la defensa de derechos humanos solidarios, la humanización de la cuestión migratoria frente a la guerra de identidades incentivada por la extrema derecha y la reforma del estatuto de refugiado tomando en cuenta los desplazados medioambientales. Y, por fin, que la UE se movilice realmente frente al reto planteado por la articulación nueva e histórica entre crecimiento demográfico y demanda migratoria procedente del Sur. Este bloque de tareas debería constituir un objetivo esencial de las corrientes social-demócratas y de las izquierdas europeas.

La segunda dimensión es estratégica: buscar convergencias con las fuerzas conservadoras y liberales arraigadas en la defensa de los valores europeos de solidaridad y tolerancia. Es decir, construir, pacientemente, alianzas para aislar el populismo identitario, castigar los comportamientos delictivos contra los valores europeos y evitar que parte de los sectores conservadores sucumba ante las sirenas electoralistas neofascistas en Europa. Este objetivo se debe conseguir sobre la base de un lema sencillo: no se puede vencer a los partidos de extrema derecha apropiándose de su discurso. Hay que combatirlo frontalmente, para que no contamine la identidad europea democrática. Pues el programa del populismo xenófobo utiliza el temor a la inmigración para clavar una estaca -modo Klu Klux Klan- en el corazón de Europa. Es su principal objetivo tal y como se ha demostrado manifiestamente en Francia, Italia, Austria y Hungría. Estas fuerzas del temor, que ahora unen a algunos gobiernos a la extrema derecha tradicional, constituyen la amenaza más letal, desde la segunda guerra mundial, contra la Unión Europea. Nunca desde aquella época han tenido tanta potencia como hoy.

Ante este peligro, la propuesta avalada el 17 de septiembre por los partidos progresistas, conservadores y liberales en el parlamento europeo de poner en marcha el mecanismo sancionador contra Hungría es un giro histórico y una señal de esperanza para la Europa de los derechos humanos. Pero las sanciones estatutarias no bastan, habría que erigir un verdadero e infranqueable dique de solidaridad europea contra la xenofobia, pues la guerra ideológica abierta por los partidarios de la regresión antieuropea, el odio y el nacionalismo rancio no se detendrá ni rápida ni fácilmente.

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