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Fatiga civilizatoria

¿Crisis de Occidente? Más bien fatiga, cansancio de tanto onanismo identitario. Hace un siglo se proclamó nuestro declive, y aquí seguimos. Eso sí, infinitamente más ricos que entonces. Y más viejos, lo cual no es del todo malo

Fatiga civilizatoria

Este mes de octubre se cumplirá un siglo de la aparición del primer volumen de La decadencia de Occidente de Oswald Spengler. A mi juicio, hay pocas cosas recuperables de este fárrago de filosofía de la historia. Con una salvedad, su insistencia en el desconcierto de las élites ante la sociedad de masas, el tema orteguiano. En eso, y en su diagnóstico de que estaríamos ante una cesura que anticipa un cambio de ciclo en la titularidad de la hegemonía mundial, el libro sigue teniendo su actualidad. ¿Acaso no estamos hoy ante esa misma percepción? Pero no se lo recomiendo para leer en verano, no pasarían de las veinte primeras páginas.

Si aun así necesitan refocilarse en el vértigo que produce el saberse a las puertas de un derrumbe civilizatorio, mi consejo es que vuelvan a La montaña mágica de Thomas Mann, redactado más o menos en las mismas fechas que el de Spengler, después de la I Guerra Mundial, ese periodo que comenzamos a ver como el reflejo especular de lo que ahora acontece. Además, la buena literatura suele expresar con mayor lucidez y profundidad lo que los filósofos o los teóricos sociales siempre tardan en vislumbrar. Quizá por esa capacidad suya para traducir fenómenos sociales objetivos en vivencias subjetivas de personajes sobre los que nos proyectamos con facilidad.

El tema no puede ser más actual, la descripción de la decadencia de una sociedad en clave simbólica. Recuerden que toda la trama del libro tiene lugar en un hospital suizo para tuberculosos. La mancha húmeda en el pulmón como símbolo de la enfermedad de toda una civilización desorientada. El cambio de códigos al que obliga el internamiento, la proximidad de la muerte y la omnipresente enfermedad, se convierte en un majestuoso contrafáctico que permite repensarlo todo. No puedo entrar en detalles, me limitaré a elevar una pregunta: ¿Qué podríamos recuperar de esa narración que nos fuera útil para describir lo que ahora nos atenaza? Porque nadie ignora que hoy sentimos esa misma desazón ante la pérdida de vigencia de logros civilizatorios que otrora considerábamos plenamente asentados. Hemos vuelto a detectar esa mancha húmeda en el pulmón y anhelamos acceder a nuevos puntos de orientación, a la recomposición del orden perdido.

Ante el vértigo de un derrumbe, vuelvan a La montaña mágica’ de Thomas Mann

A estos efectos, y a pesar de su relevancia histórica, me parecen secundarios los síntomas que apuntan al fin de la hegemonía occidental; no así el fraccionamiento de su unidad cultural y valorativa. Quizá sea precisamente aquí, en la verificación de la pérdida de nuestra identidad común, de donde surge esta congoja. Esta era también la tesis de Mann, la convicción de que el proceso de la civilización —humanista, racionalista, esteticista— había entrado en colisión con los ingredientes de la cultura profunda, el mundo en el que se fragua nuestra identidad primigenia; pero también el del disciplinamiento, la jerarquía, las fuentes de la autoridad y del yo.

Este choque de trenes entre dos dimensiones que hasta entonces se habían imaginado como compatibles se plasma en los profusos y entretenidos diálogos entre los personajes de Settembrini y Naphta. El primero es el tipo ideal del racionalismo ilustrado y la idea de progreso tecnológico; es cosmopolita, democrático, republicano, individualista; cree en un Estado universal y laico y en el control de la naturaleza mediante la ciencia, y tiene plena confianza en que la educación adecuada desbrozará el camino hacia una nueva humanidad. Naphta es el epítome del autoritarismo y del irracionalismo político; se opone a todo: al mercado, al capitalismo, al sujeto independiente; es a la vez representante de la reacción y de la revolución proletaria, religioso y revolucionario marxista y, por tanto, dogmático por partida doble. Por eso mismo aspira a la anulación de la individualidad en nombre de impulsos milenaristas y de otros más “profundos”, de las pasiones más insondables. Y es nacional-estatalista. Lean esta perla que Mann pone en sus labios: “El ser instintivo se halla absolutamente al lado de lo que es nacional, y Dios mismo ha dotado a los hombres del instinto natural que les ha incitado a separarse unos de los otros en Estados diferentes”.

La historia posterior nos mostró que en este juego de antagonismos, los Naphtas al principio acabarían venciendo en algunos lugares. Como pretendía su personaje, se acabó imponiendo “la comunidad mítica mediante el terror y la violencia”, tanto la nazi como la estalinista. Después de la devastación tocó el triunfo de los Settembrinis. Aunque, como ya temía Mann, al final cayó víctima de su “superficialidad”: su dimensión comercial pudo sobre la cívico-republicana; no triunfó el universalismo de los derechos humanos, ni la democracia, sino el capitalismo, lo único, junto con el Estado-nación, que hemos globalizado con éxito. La racionalidad instrumental asociada al progreso tecnológico dejó de ser también exclusiva de Occidente y se combinó a la banalidad de un consumismo de masas que se extendió por doquier.

Tenemos un espantoso miedo al futuro y recurrimos a soluciones salvíficas del pasado

Hoy, Occidente vuelve a tener su alma escindida. De nuevo estamos bajo la misma dialéctica, aunque ahora adopte nombres más acordes a la liviandad de nuestro espacio público. Los Anywheres contra los Somewheres de los que habla David Goodhart, por ejemplo —los “de todas partes”, los cosmopolitas, frente a los “de alguna parte”, los comunitaristas/nacionalistas—. O la distinción entre defensores de la democracia liberal frente al nacional-populismo; o los de la razón y la búsqueda de la verdad frente a los de la prioridad del sentimiento, del pathos; o privilegiadas élites sonámbulas frente a masivos enjambres inquietos. De vez en cuando asoma algún Settembrini simpático, como Macron, u Obama en su día. Aunque yo, al modo de aquel niño de la película El sexto sentido, veo Naphtas. Por todas partes. Y el más siniestro de todos, su mejor encarnación contemporánea, es Steve Bannon, que se ha autoerigido en guía espiritual para llevar al nacional-populismo al triunfo en las próximas elecciones europeas.

¿Crisis de Occidente? No, yo creo que es más bien fatiga, cansancio civilizatorio de tanto onanismo identitario. Hace un siglo que, como hemos visto, se proclamó nuestro declive, y aquí seguimos. Eso sí, infinitamente más ricos que entonces. Y más viejos, lo cual no es del todo malo. Por razones obvias, nuestra provecta edad media no nos inclina naturalmente a la violencia. Pero sí nos hace más conservadores. Si les interesa mi opinión, yo creo que lo que nos pasa es que, como muestra este artículo, no podemos dejar de mirar al pasado. Tenemos un espantoso miedo al futuro. En vez de afrontar de cara los retos del porvenir y potenciar todo aquello que nos ha hecho grandes, recurrimos de nuevo a soluciones pretéritas pretendidamente salvíficas. Y todos sabemos adónde nos condujeron. Qué les voy a decir, si me veo obligado a tomar partido entre esos dos extremos, yo prefiero la ligereza y “superficialidad” de un Settembrini a todo el peso místico-religioso-revolucionario de un Naphta. Al libre sujeto individual que a las comunidades de destino. Y eso ni me hace menos emocional ni me convierte en un apátrida.

Fernando Vallespín es catedrático de Ciencia Política de la UAM.

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