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BLOGS Por ANA ALFAGEME

Solidaridad en Grecia: los perros y los gatos, primero

Una maravillosa ola de generosidad con los animales recorre la zona cero del incendio en tierras helenas

Un hombre sujeta a un perro y empuja una barca hinchable en Mati, durante los desalojos por los incendios.
Un hombre sujeta a un perro y empuja una barca hinchable en Mati, durante los desalojos por los incendios. REUTERS

Las primeras imágenes en redes sociales de la huida del incendio que el 23 de julio causó decenas de muertos en Mati (Grecia) muestran a cientos de vecinos metidos en el mar con el agua hasta el pecho. Algunos sostenían sobre sus cabezas transportines en los que llevaban a sus perros o gatos. Un testimonio espeluznante es el vídeo, conocido días después, de un hombre que intenta salvar a uno de sus gatos (de los tres que tenía, logró rescatar a dos) en el patio de su casa, ajeno al paso del fuego por la misma puerta. Pero otros muchos peludos no tuvieron tanta suerte y, privados para siempre de sus dueños –el incendio ha causado más de 90 muertos- o aterrorizados por la visión de las llamas, escaparon sin rumbo. Decenas de ellos han sobrevivido con las almohadillas de las patas quemadas, o el pelaje chamuscado, y gracias a una increíble ola de solidaridad están recibiendo asistencia en clínicas veterinarias.

La acción de decenas de voluntarios, coordinados gracias a varias iniciativas online, ha permitido recuperar muchas mascotas, y sobre todo informar de su localización y estado, por si sus dueños han sobrevivido y, cómo no, los están buscando. Algunos incluso se han hecho famosos, como Fire (fuego), la gatita parda que llegó quemada a la clínica Vets 4 Life y fue adoptada por los veterinarios. Los voluntarios encontraron también a este chucho en Mati, la zona cero del incendio. Pensaron que estaba muerto pero se acercaron y vieron que respiraba con dificultad. El can fue evacuado a una clínica de Atenas, donde se recupera satisfactoriamente a la espera de dar con sus dueños… o con alguien que le adopte. Ese es también el propósito de veterinarios y voluntarios: darles una segunda oportunidad si sus humanos han perdido la vida en la tragedia.

Una vez extinguido el fuego, los voluntarios recorrieron Mati casa por casa –o lo que queda de ellas, no más que escombros en muchos casos- dejando a la puerta cuencos con agua y pienso por si allí vivían mascotas. Christina, voluntaria ataviada con un chaleco naranja de la asociación con la que colabora, acarreaba sacos de pienso y bidones de agua. “Pensarán que estamos locos, ocupándonos de animales cuando ha habido tantos muertos… Pero no son sólo animales, son miembros de la familia, además de seres vivos que sienten y padecen. A los griegos, además, nos gustan especialmente los gatos y los perros, no podíamos dejar a estos abandonados a su suerte, los que han sobrevivido a las llamas…”. El impacto psicológico ha sido tan grande para los animales que algunos, como este perro de lanas hallado en una casa en ruinas, necesitaron hasta dos horas y media de atención y cuidados por parte de los voluntarios para tranquilizarse.

Algo parecido le pasó al gato de Maria Athanasiadou, que abandonó a la carrera su chalé en Mati junto con sus padres y el felino, envuelto, casi amortajado, en una toalla para evitar que escapara. Cercados por las llamas que descendían hasta el agua, los cuatro miembros de la familia aguardaron a la orilla del mar durante cuatro horas hasta ser rescatados por un barco, con el minino en brazos, pegado muy fuerte al pecho. El suyo fue un final feliz, aunque “desde que llegamos a nuestra casa de Atenas el gato no se mueve más que lo imprescindible, al arenero y poco más. Sigue paralizado, aterrorizado por lo que vivió, ni siquiera maúlla. Pero por fortuna está con nosotros, no puedo imaginar que le hubiera pasado algo”.

Los que lo pasaron algo peor fueron los dueños de Lukumá (buñuelito), un gatazo blanco y gris que el jueves, tres días después del incendio, seguía refugiado en la copa de un altísimo árbol. Sus débiles maullidos atrajeron la atención del periodista de La Ser Álvaro Zamarreño –confeso gatuno-, que oyó en ese momento cómo los dueños de Lukumá le buscaban, llamándole por su nombre, desde una finca vecina. El periodista les informó de la presencia de un gato subido al árbol, y entonces se produjo el maravilloso reconocimiento: los dueños a lágrima viva por encontrarle, y el gato con unos maullidos rabiosos, desesperados, de amor peludo y de vida.