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Toque a Macron

Las mociones de censura presentadas en el Parlamento francés muestran el hartazgo de la oposición por el estilo de gobernar del presidente

El presidente francés Emmanuel Macron durante una rueda de prensa.
El presidente francés Emmanuel Macron durante una rueda de prensa. REUTERS

El Gobierno francés superó el martes sin mayor problema las dos mociones de censura que presentaron tanto la derecha como la izquierda por la mala gestión que hizo de los excesos violentos de Alexandre Benalla, el exjefe de seguridad del presidente. El asunto tenía la apariencia de ser un tema menor. Benalla acudió como observador a las movilizaciones del 1 de mayo, pero terminó golpeando a varios manifestantes protegido por un casco de policía. El Elíseo reaccionó tarde, tres meses después, cuando la prensa informó del caso. Lo que se esconde detrás de esta iniciativa de la oposición no es, sin embargo, intrascendente. Recoge su hartazgo por el estilo de gobernar de Macron, que va mucho más lejos del ya marcado presidencialismo del sistema político francés.

La doble moción le sirvió al presidente para confirmar que mantiene intacta su sólida mayoría en el Parlamento —la de la derecha obtuvo 143 votos y 74, la de la izquierda, cuando necesitaban 289 para triunfar— y para reivindicar que contra Benalla actuó al final con diligencia. Un paso más para un Gobierno que ve cuestionada muchas de sus iniciativas: la reforma laboral fue dura, controvertidos los cambios en la SNCF —la compañía pública de los ferrocarriles—, difícil sacar la ley migratoria que se aprobó ayer.

La Constitución francesa establece que el presidente solo responde ante el pueblo. Macron reivindicó airado esa atribución cuando se pronunció tras un largo silencio después de que estallara el escándalo Benalla. Esa manera, un tanto sobrada, a la que recurre con frecuencia empieza a traducirse, según la oposición, en iniciativas legislativas orientadas a reforzar su poder, como su propuesta de reforma constitucional que pretende reducir el número de diputados y senadores y limitar sus mandatos. En un momento de liderazgos fuertes, estos debieran saber que su tiempo inexorablemente caducará, pero serán los consensos fraguados los que permanecerán.

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