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De cómo Tom Cruise niega su edad jugándose la vida en cada escena

El actor se resiste a firmar la jubilación anticipada y se ha autoerigido como una franquicia en sí mismo

tom cruise
Un jovencísimo Tom Cruise, en una escena de 'Risky Business' (1983), justo al principio de su carrera. A pesar de lo que se castiga en los rodajes, tampoco ha cambiado tanto en estos casi 40 años. Getty

En Días de trueno, Tom Cruise (EE.UU., 1962) explicaba que preferiría estar muerto a ser un don nadie. Casi tres décadas después, aquel mantra define su carrera profesional o, lo que es lo mismo, su existencia. Ahora que el Hollywood que Cruise ayudó a construir ha decidido que las franquicias, las sagas y los universos expandidos son las nuevas estrellas, él se resiste a firmar la jubilación anticipada. Adaptarse a este nuevo ecosistema no le está resultando fácil: el fracaso de La momia el año pasado –donde, por primera vez desde 1981, su cara y su nombre no aparecían en el póster– demostró que la única reliquia en esa película era él. ¿La solución? Autoerigirse como una franquicia en sí mismo. Cada “película de Tom Cruise”, ya un subgénero del cine de acción, basa su campaña promocional exclusivamente en vídeos que muestran hasta qué punto el actor se ha jugado la vida durante el rodaje. Su cuerpo, de 56 años, es un efecto especial. Su nombre es una propiedad intelectual. Y él es su propio doble de acción: el director de Misión imposible: Fallout ha aclarado que incluso en los planos detalle del pedal de la moto es el pie de Tom lo que vemos. Pero en esta huida despavorida hacia adelante, Cruise ha tenido que sacrificar al actor de carácter en el que estuvo a punto de convertirse en 1999 gracias a Paul Thomas Anderson (Magnolia) y Stanley Kubrick (Eyes wide shut).

Su única religión es el cariño de su público. Dos generaciones de espectadores han crecido con Cruise como la mayor estrella del planeta y él, que aprendió por las malas que no puede controlar la imagen pública de su persona, se ha dado cuenta de que lo que sí depende de él es su integridad física, aunque le vaya la vida en ello, literalmente. En Misión imposible se descolgaba del techo, en la secuela escalaba el cañón del Colorado, en la tercera le pasaba un camión cisterna por encima, en la cuarta trepaba por las ventanas del Burj Khalifa de Dubái (el edificio más alto del planeta) y en la quinta se agarraba a la puerta de un avión despegando como si ese avión fuese Hollywood. En la nueva entrega, se cuelga de un helicóptero, atropella a una motorista y se rompió un tobillo saltando entre azoteas. Para la séptima no le quedará más remedio que volar al espacio. Quizá allí arriba, rodeado de otras estrellas, sienta por fin que puede dejar de correr.

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