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“Lo que hago ahora es básicamente el fruto de haber pasado años encerrado en mi cuarto”

Jon Hopkins es productor de música electrónica, colaborador de Brian Eno o “coloreador” de Coldplay. En noviembre viene a La Riviera de Madrid y será una de las estrellas del BIME de Bilbao.

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Jon Hopkins, posando en exclusiva para ICON.

“Esto es cosa tuya”, dice Jon Hopkins señalándome con el dedo. Acabamos de sentarnos con una cerveza en el bar del Hotel Puerta de América para empezar la entrevista. “¿No?”, pregunta al darse cuenta de que no tengo ni puñetera idea de lo que está hablando. Mueve el dedo hacia arriba y señala un altavoz sobre nosotros. Lo que suena es su anterior disco, Immunity, entero. “Joder, pues es la primera vez en mi vida que me pasa. No puede ser una coincidencia”.

"De la misma forma que es posible lograr alterar la conciencia a través de la meditación, la música puede ser también parte de ese puzzle. Por eso es bonito cuando me cuentan que mi música encaja en esas experiencias"

A ver, así en principio, tampoco parece tan raro. Immunity hizo muy popular a este músico londinense. Era 2013, y aunque tenía un carrerón detrás, era conocido sobre todo por trabajos ajenos. Hopkins era el protegido de Brian Eno. El músico electrónico que había firmado un disco a medias con King Creosote candidato al Mercury Prize en 2011. El colaborador de Coldplay que influyó tanto en ¡Viva la vida! que en los créditos aparecía como “coloreador”. “Fue idea de Brian Eno presentarnos. Resultó curioso porque no compartimos público. Pero Coldplay son gente muy abierta. Lo más raro fue ser su telonero. Es difícil saber cuánta gente conectaba conmigo, porque gran parte de la audiencia parecía totalmente extrañada. Pero cada noche vendíamos unos 100 discos y eso está muy bien. Especialmente si das 30 conciertos”.

Llevaba editando música por su cuenta desde 2001. Un álbum cada tres o cuatro años. Techno orgánico que parece reproducir de forma sonora el bienestar embriagador del MDMA. Aquel Immunity pretendía narrar una noche de fiesta. Su nuevo disco, Singularity, podría ser la banda sonora de una experiencia psicodélica. “Mi idea es hacer música para bailar y abrir la mente. Lo que ocurre es que eso se puede provocar de manera natural, usando la meditación, o de forma química, mediante drogas. ¿Has probado el DMT?”, dice abiertamente.

Aunque parezca mentira es bastante raro que un músico hable de drogas. Y más todavía que reconozca consumirlas. El DMT es el compuesto activo de la ayahuasca que se puede encontrar sintetizado. Cuentan que sus efectos son potentísimos. “Lo son, pero también muy breves. Apenas duran unos minutos. Pero es un viaje astral bastante alucinante”, explica con absoluta naturalidad. En la portada de Singularity, la foto de una noche estrellada, unas líneas marcan una constelación que tiene la forma de una molécula de DMT.

“Yo no diría que quiero que la gente lo pruebe. En realidad es tu cabeza la que crea ese efecto, no la molécula que tomas. Ella solo desencadena el cambio y la conectividad en el cerebro, pero eres tú quien está produciendo esa respuesta. De la misma forma que es posible lograr alterar la conciencia a través de la meditación, la música puede ser también parte de ese puzzle. Por eso es bonito cuando me cuentan que mi música encaja en esas experiencias. Porque las mías son solo mías y no sé si son útiles para otros. Espero estar haciendo música que tenga sentido en cualquier estado de ánimo, pero en este álbum hay más de un guiño pensado para mejorar la experiencia psicodélica”.

No crea que Hopkins es un descerebrado politoxicómano, ni siquiera fuma. Es culto, educado, tiene aspecto de no haber roto un plato en su vida y el día de la entrevista parece recién salido del gimnasio, aunque ayer pinchó en Barcelona hasta bien entrada la madrugada. “Ya tengo 38 años, así que tengo que cuidarme un poco quiera o no. Tengo mis rutinas antes de cada sesión. Me gusta meditar. Intento no beber demasiado, pero no quedarme corto. Se trata de estar cómodo y divertirse”.

Esa pretensión le hizo cambiar de tercio de adolescente. Su primera conexión con la música no fue la electrónica. “De niño estudié piano clásico e incluso me planteé brevemente ser concertista. Pero cuando tenía 16 di un gran concierto y no me gustó. Fue aterrador. La música clásica es preciosa, mágica, pero odiaba lo que la rodeaba. El chaqué, la pajarita, ese público tan estirado… Me gustaba tocarla, pero en mi habitación. Lo que me hacía disfrutar era componer con mi ordenador Amiga 500. Aprender a crear beats solo, explorando la electrónica. Lo que hago ahora es básicamente el fruto de haber pasado años encerrado en mi cuarto”.

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