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Amor sin frenesí

De esta manera se acaba con el principal mecanismo de control de los políticos: la amenaza de ser castigado en las urnas

El candidato a la presidencia del PP, Pablo Casado (d), saluda a simpatizantes durante una reunión con militantes en Logroño.
El candidato a la presidencia del PP, Pablo Casado (d), saluda a simpatizantes durante una reunión con militantes en Logroño. RAQUEL MANZANARES / EFE

Las democracias se sostienen sobre una pasión comedida. Sobre el amor con mesura. Sobre el temperamento circunspecto de la senectud. Me refiero a los afectos y lealtades que profesan los ciudadanos hacia los partidos políticos que les representan. Dicha simpatía no debe perderse en el desapego y la desafección ni tampoco entregarse a una lealtad sin fisuras. Así, la democracia se mantiene sobre el equilibrio del áurea mediocritas: el justo medio, la virtud alejada de los extremos.

Frente a este ideal, se puede contraponer la realidad de nuestros sistemas políticos tras la crisis económica. Una trayectoria pendular que oscila entre dos extremos: el de la desafección hacia los partidos fruto de la crisis de representación y el de la polarización política que aflora con el canto identitario del discurso populista. Ninguno de estos extremos conviene a la democracia.

A los partidos políticos no hay que quererlos muy poco ni tampoco demasiado, pues en cualquiera de estas formas las imperfecciones de la democracia se acentúan. Si se les quiere tan poco que cunde la desafección y el desapego, también lo hará el número de votantes huérfanos. Éstos, descolgados de sus antiguas lealtades partidistas, se entregarán a la promiscuidad electoral. Y ello paralizará a los partidos: sin electorados firmes evitarán embarcarse en proyectos de largo plazo.

Al contrario, cuando se les quiere demasiado, el amor hacia el partido puede acabar subvirtiendo el funcionamiento de la democracia. Donde la polarización intensifica la división entre el “nosotros” y “ellos”, que gobierne la oposición se convierte en un riesgo inasumible y abandonar a “los tuyos” en una traición. De esta manera se acaba con el principal mecanismo de control de los políticos: la amenaza de ser castigado en las urnas. Son lealtades que matan al sistema porque persisten ante el abuso de poder y la corrupción y anulan la alternancia.

Las democracias se sustentan sobre un amor sin frenesí hacia los partidos: lo suficientemente fuerte para generar capital político; lo suficientemente indiferente para que el castigo nunca deje de ser una opción. @sandraleon_

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