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Sánchez, ‘hispanibundo’

Este Gobierno se merece una ciudadanía con sus mismos estándares de rigor y madurez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una rueda de prensa en La Moncloa.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una rueda de prensa en La Moncloa. REUTERS

Noto el país poseído por una intensa hispanibundia, que es el neologismo inventado por Mauricio Wiesenthal en su último libro, del mismo título, y que vendría a ser algo así como la fuerza o la fiebre que define a los españoles cuando se empeñan en algo, ya sea resistir al invasor francés, conquistar continentes a golpe de machete o lanzarse a la carga contra gigantes que son molinos. Dice Wiesenthal que “el ímpetu de la hispanibundia nos llevó [a los españoles] a dar más importancia a la acción que al pensamiento”. Hispanibundia es una palabra perfecta para definir tanto lo de Pedro Sánchez como los aplausos y entusiasmos que está despertando y que ni Màxim Huerta ha conseguido enfriar.

Este idilio entre el Gobierno y el pueblo no puede durar mucho. Confío en que el escepticismo y la desconfianza apaguen pronto este amor hispanibundo. Ahora que tenemos un Gobierno que al fin parece propio de un país avanzado y sólido, no deberíamos estropearlo con unos arrebatos pasionales más propios de sociedades populistas y políticamente subdesarrolladas que de una compleja, abierta y libre, como la española. Este Gobierno se merece una ciudadanía con sus mismos estándares de rigor y madurez. Una ciudadanía que no caiga en el providencialismo y que no espere milagros de la acción política, por muy audaz y prometedora que esta se presente. Si logramos calmar la hispanibundia y nos negamos a usar palabras como ilusión o decepción, tan caras a la izquierda de la socialdemocracia, aún tendremos una oportunidad de salvar los muebles y la vajilla del Estado social que todavía no se han llevado a la casa de empeños.

Será difícil, porque el sentimentalismo es el sino político de los tiempos. No solo Podemos ahogó su proyecto en un barril de cursilería, sino que Cataluña está al borde de la ruptura violenta por la manía de unos cuantos de arrojarse los sentimientos a la cara. Las dos famosas fotos de la señora que celebraba con gritos de alegría la independencia de Cataluña en la primera y se mostraba completamente hundida en la segunda, cuando Puigdemont suspendió la declaración cuarenta segundos después, son el icono de estos tiempos bipolares en los que se pasa de la euforia a la depresión cada día.

Pedro Sánchez y sus ministros tienen la oportunidad ahora de devolver a la vida pública española cierta dignidad y cierto temple. En principio, lo tienen fácil, porque es muy improbable que se alcancen los niveles de indolencia y chulería del Gobierno anterior, pero la presión es muy grande: en una Europa profundamente cínica y agrietada por nacionalistas y neofascistas, son uno de los últimos bastiones del patriotismo constitucional. Nada más alejado de la hispanibundia.

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