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Pesimismo, ilusión y las maletas sin hacer

Que una Europa culturalmente dispersa caiga en la trampa de los lobbies multinacionales es lamentable

Concierto de Joan Manuel Serrat en Pamplona.
Concierto de Joan Manuel Serrat en Pamplona. EFE

Que los españoles tenemos algo de catastrofistas es algo sabido a estas alturas de la película. Por ello, ante cualquier situación de cambio, ante cualquier novedad que se nos presente o incertidumbre en el horizonte, suelen escucharse más las voces que previenen de los males por venir que aquellas que saludan a la oportunidad de construir un escenario mejor. Es la eterna lucha entre el pesimismo y la ilusión, siendo el primero el padre de todos nuestros fracasos y la segunda, la madre de los logros alcanzados, que no son pocos en nuestra historia, por mucho que nos empeñemos en ignorarlos y hasta devaluarlos.

Permítaseme, sin más preámbulos, abordar esta casuística desde el ámbito que me ocupa, que no es otro que el de los derechos de autor, la gestión colectiva de los mismos y el desarrollo cultural en general como activo de una sociedad con vocación de universalidad. Y para hacerlo no voy a referirme al pasado, ni siquiera al más reciente, sino al presente y a un futuro esperanzador que requiere, desde un diagnóstico riguroso, eso sí, una serie de elementos, de actitudes y de sinergias que permitan alcanzarlo. Veamos, pues, dónde estamos y hacia dónde queremos ir.

Es inevitable referirnos a la Directiva 2014/26/UE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 26 de febrero de 2014, y la Directiva (UE) 2017/1564 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 13 de septiembre de 2017, así como a su transposición a nuestro ordenamiento jurídico a través del Real Decreto ­ley 2/2018, de 13 de abril, por el que se modifica el texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, aprobado por el Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril. Digamos, en primer lugar, que si bien en la directiva europea asoma ya un tufillo sospechoso respecto de su intencionalidad y su visión de un entorno cultural globalizado, podría decirse que hasta uniformado, en el que los creadores están llamados a la irrelevancia en el modelo de negocio impuesto por el mercado e inducido por intereses muy concretos, en su transposición española este tufillo es ya casi asfixiante.

Resulta esperanzador releer hoy el programa cultural con el que el PSOE se presentó en las pasadas elecciones

Que una Europa culturalmente dispersa caiga en la trampa de los lobbies multinacionales es lamentable. Más aún cuando con ello favorece intereses ajenos, cuya presencia en nuestra realidad cultural ha conseguido que generaciones de europeos estuvieran más interesadas en cómo se vive en Beverly Hills que en cómo se muere en Venecia.

Pero que España, cuya lengua comparte con una comunidad latinoamericana cada día más emergente y cuya raíz cultural determina su pertenencia a una familia iberoamericana que reúne a más de setecientos millones de personas, sea incapaz de poner en valor esta circunstancia es verdaderamente un despropósito monumental, producto de una cortedad de miras más que notable. Ello nos lleva a la paradoja de ser un país culturalmente importador, con un déficit de balanza difícil de explicar desde nuestra riqueza y diversidad cultural. Si analizamos las listas del Top 50 en la radio española veremos que el 99% del repertorio emitido pertenece a las tres grandes multinacionales discográficas y, de este, casi un 80% es repertorio anglosajón. Algo muy diferente de lo que ocurre en las listas británicas, por ejemplo, donde, salvo rarísimas excepciones, no encontramos un título español ni siquiera en el Top 100. Y si analizamos las cifras de lo que desde España pagamos en derechos de autor a Reino Unido y lo que ellos nos pagan a nosotros, la relación es de diez a uno a su favor, lo que demuestra que nuestro interés por sus contenidos no es recíproco, ni mucho menos.

Es cierto que desde el ámbito privado tenemos una responsabilidad en ello. Tenemos, por ejemplo, muchos millones de turistas europeos y de todo el mundo que nos visitan cada año y que deberían llenar nuestros teatros, nuestros cines y salas de conciertos, como ocurre en Broadway o en el West End londinense y no hemos sabido conquistarlos más allá de los tópicos conocidos, a menudo más cercanos a la caricatura que a nuestra realidad sociocultural. Pero no es menos cierto que existe una responsabilidad pública por parte de nuestros gobernantes, incapaces de desarrollar una política de Estado en lo que a la cultura se refiere. Una política que proteja y estimule la creación, incentive la inversión cultural y eduque a los ciudadanos en el respeto y la exigencia.

El futuro de nuestra identidad cultural depende de que seamos capaces de converger con nuestro ámbito natural y fomentar la realidad de un mercado cultural iberoamericano

Por todo ello resulta esperanzador releer hoy el programa cultural con el que el PSOE se presentó en las pasadas elecciones, que definía la cultura en su preámbulo como aquello que nos define, configura nuestro imaginario y se convierte en factor de cohesión social”. Y añadía: La cultura es una de nuestras fortalezas como país. Tiene una importancia económica decisiva, es una oportunidad para el bienestar de la ciudadanía y es un sector estratégico para nuestra proyección en el exterior”.

El futuro de nuestra identidad cultural y nuestra relevancia en un mundo globalizado depende de que seamos capaces de converger con nuestro ámbito natural y fomentar la realidad de un mercado cultural iberoamericano, consolidando nuestra posición como puerta europea de esa realidad. Un proyecto que no nace contra nadie, ni excluye a nadie, pero que emerge de la vocación de situar en el lugar que le corresponde a una realidad cultural iberoamericana, de origen mediterráneo, que no puede diluirse, y menos en la mediocridad de un fast food cultural de usar y tirar.

Un viaje para el que tenemos aún las maletas sin hacer.

José Miguel Fernández Sastrón es presidente de la SGAE.

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